Quemé mi barco

Llegué a la isla sin saber nada de lo que podía haber allí. No sabía si tendría suficiente alimento para sobrevivir una eternidad. Desconocía si encontraría otros seres humanos o si lograría aplicar técnicas de supervivencia para adaptarme y existir sin pasar grandes complicaciones.

Lo que sí sabía es que no iba a regresarme. Así que quemé el barco con el que había pasado tan larga travesía para llegar allí. Usé el boleto de ida a aquel destino y rompí el boleto de vuelta. Sabía que mi viaje había terminado. Porque ahora el resto de mis días los pasaría en aquella misteriosa isla.

La búsqueda había terminado. Me encontraba con el mar de lo que pasó detrás de mí, pisando la arena de mi nuevo y eterno hogar, y frente a mí se divisaba un asombroso futuro lleno de aventuras. Sabía que iba a enfrentar todos los retos por venir, con valentía. Comencé a caminar y entré en la selva, escuchaba grillos, monos aulladores, aves, alguno que otro mapache. Estaba descubriendo una gran variedad de seres vivientes en aquel sitio.

Cuando recorrí una hora de camino, llegué al pie de un volcán. Lo comencé a subir y justo cuando comenzaba la caída del sol en el horizonte, me encontraba sentado en la cima contemplándolo. En ese momento, mientras me maravillaba con aquel cielo anaranjado, el susurro del viento me habló y me dijo:

«Hola, no me conoces, pero yo sí a ti. Te he estado acompañando cada día sin separarme de ti. Tú no has sentido más que brisas que mueven tus cabellos. Pero he sido yo que cada tanto te acaricio para consolarte y darte mi ternura. Eres mi niño, al que más quiero y me he propuesto cuidarte en cada paso que das. Creerás que fuiste tú quien decidió venir a esta isla. Pero he sido yo quien con dulzura te he ido invitando a venir.  El hecho de que hayas podido venir, quiere decir que ya estás en la etapa final de tu preparación. Estás listo para activar tu Sistema de Sabiduría Absoluta. Ya se acabó la lucha. Ahora déjame llevarte de aquí en adelante. Yo soy tu Madre y tú eres mi pequeño retoño de primavera».

Breves momentos después, caí en un profundo sueño. Cuando desperté, era de noche, yo acostado sobre aquella suave tierra viendo el cielo estrellado, la luna llena y una frescura encantadora. Me quedé allí acostado un buen rato, me dormí nuevamente hasta que me levanté justo cuando el sol comenzaba a asomarse en el horizonte. Me levanté y me dije:

«Allá voy. Gracias Madre por traerme hasta aquí, mi respuesta a tu invitación y amor, es el abandono en tus tiernos brazos y la aceptación de tus designios para mí. No sé lo que me espera, pero sé que tú me acompañas y me sostendrás siempre que lo necesite».

Aquella mañana bajé de aquella cima y comencé la Gran Aventura en la Isla de la Verdad.

Avatar de Desconocido

Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

Deja un comentario