
Por fin María se dio cuenta de la libertad de pensamiento que poseía. Había impuesto inconscientemente para ella misma, la obligación de pensar de manera fuera de su gusto. Sus conceptos sobre la realidad eran una adaptación a lo que al entorno parecía agradarle. Ella había encontrado una sola vía en su actuar, la de complacer al mundo sin considerar su querer.
Después de tantos años de inconsciencia de sí misma, estuvo al borde de la insatisfacción existencial, no encontraba el sentido de los amaneceres y se sentía muy asueñada en sus anocheceres. Hasta que despertó del letargo en el que tantos años se había encontrado y dio un salto de la inconformidad, hacia la plenitud de sus convicciones.
María era una joven que pensaba siempre en los demás, sin considerar mucho lo que ella necesitaba o quería. Estaba claro que hacía un gran bien, pero cuando necesitaba el espacio para satisfacer su escasez, se quedaba corta, porque todo el tiempo de calidad lo había entregado en las manos ajenas. Se encontró un día con un administrador de vida, quien le enseñó a distribuir sus espacios de manera equitativa; y fue así, como aprendió a dar a los demás conservando sus propios momentos para ella. Así fue como María descubrió que en medio de su caridad, podía proveer felicidad para sí misma.
Al fin María lo descubrió, se dio cuenta que su amor alcanzaba para ella y los demás si lo sabía utilizar de manera ordenada. Aprendió a ver la vida desde su propia mirada y nunca más se impuso criterios y pensamientos que no nacieran de sus propios principios y de su convicción existencial.
