
Un día de esos de verano, el EGO se encontró con una multitud que estaba expectante a su llegada, esperando para ver qué les traía de bueno. Esto fue un alimento para el orgullo del EGO, quien decidió que haría una presentación, según él, la más solemne que jamás se hubiera visto. Comenzó el EGO a danzar y a tirar pasos según se lo iba permitiendo su capacidad de improvisación y mientras bailaba, en su mente se reafirmaba como el mejor bailarín. Decía para sus adentros: «Seguramente estas personas están maravilladas de lo que estoy haciendo, porque yo soy grandioso y deslumbro con mi gran talento».
El EGO estuvo una hora y media bailando sin parar, mientras las personas seguían allí frente a él, viendo aquel espectáculo que incansablemente brindaba el susodicho. De pronto el EGO terminó su prolongada presentación y el público, la parecer, satisfecho se retiró. Una vez que estuvo solo, el EGO se mantuvo por unos breves minutos con la frente en alto, y con un sentido de satisfacción y orgullo por lo que había hecho. Él estaba seguro que había realizado un gran acto y lo mejor de todo es que había demostrado ser una gran persona porque lo hizo gratuitamente, sin esperar nada a cambio, más que con la simple intención de alegrar al público.
Lo que el EGO no sabía, puesto que su ego no se lo permitía ver, es que él en el fondo tan solo se quería complacer a sí mismo. Su mayor satisfacción no fue la de satisfacer a los demás, sino la de contemplarse a sí mismo como alguien importante, talentoso y admirado por todos. La presentación no la hizo para la multitud, la hizo para él.
Cuando entrevistaron al público que estuvo presente, la mayoría coincidía en que había sido una presentación como cualquier otra, no había habido nada extraordinario, y que simplemente fue una entretención más para pasar el tiempo.
Cuando el EGO escuchó estas respuestas de los espectadores, se enojó mucho y los tildó de ignorantes y desconocedores del verdadero arte y talento. Estaba herido porque le dieron en su punto débil, el orgullo. El EGO se sentó a solas y descubrió que tenía una enorme dependencia del qué dirán. Se dio cuenta que no se estaba amando verdaderamente, puesto que la medida de su felicidad la había puesto en el prestigio que él mismo se daba con base en la mirada de otros.
Ese día el EGO aprendió que el orgullo no era un buen aliado. Comprendió que debía cerrarle la puerta a ese inquilino y darle paso a la humildad. La humildad le permitiría reconocerse como un ser humano tal como los demás, sin sentirse superior y respetando la dignidad de todos. No era él el protagonista en el mundo, la humanidad no giraba en torno a él. Él era un miembro más de este mundo, y había venido con el fin de ser feliz amándose y aceptándose tal cual era y a partir de allí, amando sinceramente al prójimo como a sí mismo.
De ahí en adelante dejó de llamarse EGO y adoptó un nuevo nombre: NOSOTROS.
