
Confía en la naturaleza de ese cordero. Por primera vez sale del corral y está andando con un poco de incertidumbre ya que durante los años que tiene de vida, solo se ha movido en el pequeño y limitado entorno en el que creció.
Sus pasos estuvieron definidos por la presión del tumulto de corderos que había junto a él. No tenía manera de decidir hacia dónde girar o mirar porque el grupo en ese pequeño corral lo apretaba y empujaban en cualquier dirección.
Ahora era diferente, estaba en el campo abierto, sin nadie a su alrededor. Simplemente había un Pastor, su dueño, quien se había sentado en una roca y mirando al pequeño y asustado cordero, le dijo que ahora era libre. El Pastor le aseguró que cuidaría de él y lo protegería ante cualquier amenaza, pero que hiciera lo que quisiera confiando en su naturaleza de cordero. El Pastor le afirmó que confiaba en él puesto que lo había formado y sabía que haría las cosas bien. Pero aquel Pastor necesitaba que el cordero viviera desde su total libertad, sin miedos, sin condicionamientos ni acciones impuestas.
En ese momento el cordero entendió que era importante que hiciera uso de su libertad, que confiara en el flujo de sus criterios y su conciencia formada por aquel Pastor que con mucho amor había guiado cada paso de su crecimiento. Aquel corderito comenzó a saltar y correr mientras la fresca brisa acariciaba su rostro. Se sintió finalmente libre de opresiones, fue verdaderamente feliz y anduvo por todo aquel amplio y basto campo. Se acercó a un río y bebió del agua fresca, después anduvo por un terreno con grama fresca y verde radiante, comenzó a comer. Después de muchas horas regresó donde su Pastor y se recostó en su regazo. El Pastor lo acarició hasta que el corderito se durmió complacido y satisfecho de tener a alguien que cuidaba de él.
