Prueba de fuego

El día llegó. Comenzó con la proximidad aún no alcanzada del crepúsculo del amanecer. Todavía había oscuridad, pero era cuestión de minutos para que amaneciera.

El fuego comenzó a tomar fuerza frente a mis ojos. Yo estaba de frente a este, con serenidad, confiado en las palabras de mi Maestro que una y otra vez me decía: «Confía».

En la medida que amaneció y fue transcurriendo el día, con el calor del sol que brillaba con todo su esplendor en aquel cielo celeste sin nubes, el fuego se volvía más intenso. Pero esto no causaba ningún poco de miedo en mí.

Llegó la noche y con una fuerte brisa de un frente frío, el fuego se fue extinguiendo hasta que quedaron únicamente las frías cenizas. Desde un principio supe que no había nada que temer, porque mi seguridad estaba depositada en mi Maestro que desde lo secreto velaba por mi bienestar.

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Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

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