
Cuando la única opción es seguir hacia adelante, sin mirar atrás; con la mirada puesta en la meta, todo el ser se llena de una determinación de acero inoxidable, que no se vence ni se deteriora. Porque solo hay un objetivo, y este es caminar paso tras paso hacia el frente. No hay duda, no hay miedo; tal vez un poco de incertidumbre e inquietud. Pero el alma está serena porque confía en la solidez del proceso que está llevando a cabo.
Un corazón decidido, seguro de que está en el camino correcto, y con una paz que respalda su convicción, no tiene quien lo detenga. Sobre todo cuando esa vida deposita su confianza en la Providencia Divina, de aquel Padre que lo ha creado y que lo tiene en la palma de su Mano; está claro que tiene todas las de ganar si se deja llevar por el Espíritu Divino. Su fuerza amorosa lo mueve por el sendero del Propósito para el cual fue creado.
Cuando necesita consejos, su hermano mayor, Jesucristo, lo acompaña y le da las palabras que necesita escuchar para aprender a discernir correctamente entre lo esencial y lo secundario. Nunca se siente sólo, porque su hermano Jesús se manifiesta y lo guía a través de sus padres, amigos y todos sus seres queridos. Jesús es un verdadero amigo y nunca se deja ganar en generosidad, es por eso que este ser con determinación no pierde la serenidad; porque siempre percibe la compañía de quienes lo aman.
En los momentos que quiere recibir ternura y cariño, la Madre María se apresura a recostarlo en su regazo, para que pueda sentirse acogido, abrazado y consentido. La Virgen María se manifiesta a través de personas que lo acompañan y le saben llenar el corazón de un amor duradero y consistente. La Madre es especialista en consentir y apapachar. Es por eso que este ser nunca se siente falto de amor.
En fin, este individuo está muy bien acompañado, orientado, consolado, aconsejado y encaminado hacia la gran meta que está por alcanzar.
