
Los deseos de mi niño interior han despertado, buscan aquella estrella fugaz con la vista, para pedir aquello que anhela y ver cumplidos todos los deseos de su corazón. Aquel pequeño ha salido de la habitación en la que estaba encerrado y ahora, solo quiere dejarse llevar por los instintos que le empujan a cumplir con la lista de aspiraciones que siempre tuvo en el bolsillo.
Pasiones, sueños, idealizaciones, todo se reúne en este momento para proyectarse en el ser humano que los contiene. De aquí surge la incógnita sobre, ¿qué tan necesario es llegar a lograr todos los objetivos que habitan en la mente?
Ya tiene una meta por la cual se ha comprometido a perseverar incansablemente con optimismo, fe y esperanza. Pero surgen en el camino, aquellos otros anhelos superficiales que, si lo piensa bien, se dará cuenta que no son necesarios. No contribuyen a nada provechoso. Es por eso que, ante la muchedumbre de deseos que nacen, ha de practicar la templanza, prudencia y moderación para no perder de vista el verdadero sueño a alcanzar.
Todo aquello que es ajeno a la meta principal, son distracciones que, de ser seguidas, desviarían al ser del camino que debe recorrer. Hay una clara decisión: «Seguir adelante, paso a paso, firme en la fe y con la mirada puesta hacia la meta, sin dejarse llevar por los impulsos de las distracciones y deseos efímeros del corazón».
El auténtico camino es largo, pero recto, sin atajos ni desviaciones, una sola ruta para llegar a una sola meta: «La plenitud del ser».
