
Hay incertidumbre, expectativas, ir y venir del pensamiento. Existe casi de todo en estos momentos. Sin embargo, hay algo que no está, que ni siquiera se asoma por alguna parte; me refiero al miedo. Hay de todo, menos temor. Las emociones han hecho una reunión y no han invitado al miedo.
Sin miedo, la mirada se fija directamente hacia adelante, sin titubear, sin dudar ni parpadear. Los ojos están observando detenidamente la meta que, aún lejana, se ve alcanzable. Sí, en esta ocasión, por primera vez, podemos alcanzar el sueño tan anhelado.
Nadie dijo que sería fácil. Seguramente me encontraré con muchos terrenos pedregosos, escarpados, empinados y de difícil tránsito. Pero, aún así, mi corazón late encendido con el fuego de la confianza y la certeza de que lo lograré. No hay miedo, no hay duda. Hay fe y esperanza, hay ganas de seguir adelante, paso a paso, sin prisas, pero con firmeza y determinación.
Aquí estoy yo, en medio de la madrugada, escribiendo estas palabras, dejando que mi mente termine de plasmar los últimos pensamientos de esta noche, para que después tome el merecido descanso. Mañana será otro día, otra jornada a vivir con ánimo y valentía.
El valor de la vida se aviva en mi pensamiento y todo adquiere sentido para mí. Se acabaron las dudas, me olvidé del pesimismo y despedí al susto y la ansiedad. Abrí las puertas al deseo innato de vivir lleno de plenitud y con sentido de vida.
Mi alma, mi mente, mi cuerpo y mi corazón solo me dicen y repiten una sola palabra: ¡VIVIR!
