Esto sonará vanidoso u orgulloso, pero tengo un gran potencial interior. No solo yo, tú también lo tienes.
El quid del asunto es: «¿cómo canalizar esos talentos latentes dentro de mí?».
En la medida que pasa el tiempo, durante mis espacios nocturnos del rezo del rosario, voy meditando sobre mi vida. Me he dado cuenta que el tiempo que tomo en rezar los veinte misterios cada noche me permite entrar en mí de manera significativa e ir escudriñando mi identidad y razón de ser.
Cada vez que veo más dentro de mí, me doy cuenta de lo especial que hay en mí; ¡Ojo! Que hablo de mí, pero también me refiero a ti. Tú también eres sumamente especial por si no lo sabías.
La clave de ir conociéndome es que en esa medida, podré ir aprendiendo a manejar y encauzar mis dones de manera que logre dar los frutos que Dios espera de mí.
Dice la Palabra: «por sus frutos los conoceréis». Espero ser conocido por dar buenos frutos.
Espero que tu y yo podamos aprender a encauzar nuestras aguas para ser verdaderamente portadores de vida al cien por cien.
Me considero un hombre muy soñador, con gran ilusión por la vida, lo cual me hace vivirla con entusiasmo.
Una de las cosas que me suele pasar debido a esta forma de ser, son las ensoñaciones. Sueño mucho despierto, creando de forma inconsciente, escenas o sucesos que no han ocurrido, los cuales generan en mí reacciones emocionales como si fueran reales.
Estoy escribiendo esto al mismo tiempo que lo estoy descubriendo. ¿No te ha pasado? ¿Que escribiendo vas encontrando respuestas sobre ti?
Las ensoñaciones, a lo largo de mi vida, me han hecho meterme en compromisos y situaciones de las cuales después me he arrepentido. Pero como dice aquel dicho popular del filosofo: «conócete a ti mismo».
Definitivamente que la única manera de tomar las mejores decisiones en la vida es conociéndose a uno mismo; de manera que pueda uno saber qué le conviene y qué no, qué realmente le da plenitud y qué le absorbe la vitalidad.
Hoy me comprometo a vigilar más mis momentos de ensoñación para no confundir la realidad con la fantasía.
Me pongo a pensar en el villano de las historietas de Superman, Lex Luthor. El autor del cómic ha creado a Lex como un eterno archienemigo de Clark Kent, mejor conocido como Superman. Es decir, que si el autor lo etiquetó así, nadie que tenga los derechos sobre estos personajes, puede alterar la esencia de su creador.
Como Lex es un personaje creado con tal fin de maldad absoluta, se queda etiquetado de tal manera que no se podría volver un héroe a fin de cuentas.
Esto pasa con las historietas y ficción; pero pasa también en la vida real muchas veces. Por largos años yo me auto etiquetaba como un perdedor, bueno para nada, el bufón que estaba para entretener y ser objeto de burlas por parte de los «amigos». Fue un arduo proceso entender que ese personaje que me pintaba sobre mí mismo, no era más que una etiqueta qué podía quitarme si quería.
Mi experiencia de vida me ha permitido ver que no estoy condicionado a ser de una u otra forma en particular; he descubierto que soy un ser cambiante que puede mejorar con el pasar del tiempo.
Lex Luthor no puede volverse bueno, porque fue un personaje creado con el fin de ser malo. Pero tú sí puedes elegir cómo quieres ser, tú no eres un personaje con etiqueta; eres un ser humano creado por Dios, con la libertad para trazar tu propio camino.
A través de ti busco reconciliarme con todas esas personas a las que lastimé sin consideración alguna. No espero que me perdones, solamente si está dentro de tus posibilidades.
Te hago saber que me arrepiento de todo el daño que te hice. No me enorgullezco para nada de mis comportamientos. No existe justificación alguna para mis acciones egoístas.
Te pido perdón por mis actos, y a través de ti extiendo esa petición a todas las que te precedieron. Lo lamento, todo fue producto de la ignorancia y el egocentrismo.
Te prometo que de ahora en adelante te respetaré y cuidaré tu dignidad. Enalteceré tus virtudes y seré prudente en mis acciones.
Perdón nuevamente y gracias por permitirme este espacio para expresarte lo que siento.
Me siento dentro de una aventura en la cual se está entrenando mi capacidad de confiar. Tengo una sensación mixta entre adrenalina y miedo; es como si emprendiera un viaje en moto con nada más que lo esencial en mi mochila, por una ruta desértica hacia lo desconocido.
No sé cuando encontraré una estación de gasolina o un hotel donde hospedarme; lo que sí sé es que estoy armado de valor para hacer este recorrido con un destino incierto. Algo me mueve a conducir sin mirar atrás, ¿será el Espíritu Santo?
Dicen que las virtudes se consiguen ejercitándolas. Eso es lo que estoy haciendo, ejercitándome emocional y espiritualmente.
Resuenan en mi cabeza dos frases bíblicas:
«Todo lo puedo en aquel que me fortalece» (Filipenses 4, 13).
«Todo obra para bien de los que aman a Dios» (Romanos 8, 28).
La primera me invita a no tener miedo ante el sendero que recorro; que ponga la confianza en Dios, quien tiene contado hasta el último de mis cabellos. Así mismo, tengo una certeza ciega en que Él me respalda llevándome de la mano. Sé que no me va a soltar y que puedo sentirme seguro con Él.
La segunda es un llamado a saber que nada es casualidad. Dios permite cada suceso en mi vida para sacar un bien mayor. Soy libre de decidir en mi cotidianidad; y con la confianza puesta en Dios, pensando siempre en hacer su voluntad, me acompaña la seguridad de que Él está obrando silenciosamente a través de cada acontecimiento que surge en mi día a día.
En fin, en este viaje motorizado surgen incertidumbres como estas:
¿Será que el combustible me va a rendir lo suficiente hasta encontrar un lugar seguro?
¿Será que ninguna pieza de la moto me dará problema antes de llegar al destino?
Sea como sea me lanzó a esta aventura y miro hacia adelante con esta confianza y entusiasmo que Dios pone en mi corazón.
Dicen que en los momentos difíciles es cuando sale a relucir nuestra verdadera esencia; y en el interior puede haber negatividad y malintención o verdadera bondad y benevolencia.
Por otro lado, ese núcleo de la persona es difícil de descubrir cuando todo marcha bien, cuando la vida parece fácil. Recuerdo aquel pasaje bíblico en el que Jesús dice: «Lo que entra por la boca no hace impura a la persona, pero sí mancha a la persona lo que sale de su boca.» (Mateo 15, 11). En otros textos habla de lo que sale del corazón.
Me llama la atención eso porque realmente hay una intención auténtica detrás de cada cosa que uno hace. Por ejemplo, cuando hago una obra a favor de alguien que necesita ayuda, lo que me define no es la acción en sí, sino con qué propósito lo hago; ¿lo hago para ser visto como alguien bueno o lo hago porque verdaderamente quiero ayudar a esa persona sin buscar ningún reconocimiento ni tan siquiera ser visto?
Allí está la clave de mis acciones y comportamientos, en lo que sale del corazón; procurar hacer el bien de forma anónima si es posible, «que la mano derecha no sepa lo que hace la izquierda», como dice la Palabra. Hagamos el bien y no miremos a quién, pero tampoco busquemos que nos miren por ello. Esa es mi opinión.
Por otra parte, cerrando la primera idea, cuando las cosas parecen ir en contra mía, me entra la ansiedad, comienzo a dudar, me cuesta levantarme de la cama; surge un instinto de supervivencia que podría llevarse por delante la buena educación y el corazón se acelera levemente; hay dolor de cabeza; se siente más calor de lo normal, pareciera que las personas la tienen contra uno. En fin, la vida parece ser un caos desde la perspectiva propia.
Pero es en ese momento en el que hace falta hacer un alto para reflexionar en el silencio, orar a Dios con calma y ver el panorama completo de lo que está sucediendo. Quitando entonces aquel instinto de supervivencia primitivo, entra a trabajar el uso de la razón. Entonces los valores salen a flote, permitiendo que aún en medio de la crisis, se opte por cuidar el corazón de uno y de los demás, poniendo al amor por encima de todo. Amor a Dios y al prójimo como a sí mismo.
Creí que había metido la pata, que me había desviado del camino; y resulta ser que voy por la ruta correcta. ¿Cuál es el indicativo de que así es? porque tengo paz en la conciencia. Lo que parecía una alerta, no fue más que un simple susto por el miedo a algo que no existe.
Lo decía anteriormente: «después de la tormenta viene la calma». En ocasiones mi interior se vuelve un desastre natural con grandes olas, huracanes, relámpagos y perturbación a gran escala. Pero la persistencia es lo que permite descubrir qué hay al final del sendero; es lo que ayuda a ver la realidad.
La doctora Marian Rojas Estapé ha hablado sobre el «estado de alerta», que se activa en el ser humano cuando identifica un peligro (real o imaginario); y que este genera una serie de cambios bioquímicos en el organismo, como la generación de cortisol en el cerebro, lo cual crea tensión porque te prepara para la batalla o huida. Básicamente, un miedo que te active el estado de alerta, aunque sea imaginario, genera una reacción equivalente a encontrarte con un león.
Bueno, eso me ha pasado muchas veces a lo largo de mi vida. No sé si lo sabes, pero yo soy una persona que suele ser impulsiva, algo ansiosa y a veces pienso demasiado, lo cual en ocasiones me hace crearme ilusiones y consecuentemente me genera reacciones biológicas como lo descrito por la doctora. Marian.
Algo que practico actualmente para no dejarme llevar por falsas alertas, es simplemente esperar, seguir mi vida y dejar que el miedo y la angustia pasen sin ponerles barreras; cuando es falsa alarma, así como vienen se van. Entonces me he dado cuenta que la clave es ser paciente y permanecer cumpliendo con mis compromisos diarios, sin interrumpir la fluidez de mi vida cotidiana, aunque el terror me carcoma por dentro. Es fácil decirlo, pero no hacerlo. Aún así, es posible porque yo lo he logrado vencer.
La vida es muy hermosa siempre y cuando no le quite partes. No puedo quitarle a la vida lo negativo y quedarme solo con lo que me gusta de mí y de la realidad. Creo que la vida se disfruta plenamente cuando se vive de forma integral tanto el momento de amplias matices de colores, como el momento de tonalidades grises de la vida.
Es curioso, mi oración constante es: «Señor, que se haga tu voluntad». Junto con esa oración he definido, desde mi perspectiva, lo que ha de ser en mi vida. He determinado mi estado de vida en todas sus dimensiones y me he sentado en un sillón de confort seguro; mi afirmación a partir de ahí ha sido: «este es mi sitio, aquí pertenezco».
Pero, ¿qué sucedió?, me levanté del sofá, decidí salir de la casa y caminar a tomar aire libre y contemplar el paisaje. Cuando me di cuenta y miré hacia atrás, ya no veía la casa adonde estaba viviendo tan cómodamente. Pensé en que ahora no tenía el sillón para acomodarme nuevamente. Bueno, empezaron las dudas y con el pasar de las horas me decidí en seguir adelante.
Que ¿cómo me siento? Me siento como si caminara sobre arenas movedizas, con el peligro de hundirme y perderme. Pero veo hacia adelante y logro divisar una gran carpa con un bello jardín, fuentes de agua, árboles frutales, sembradíos amplios; al parecer, hay de todo allí para vivir en una nueva zona de confort, una más rica en recursos para alimentar el cuerpo, la mente y el espíritu.
Solamente espero seguir dando paso tras paso, avanzando en este camino que me genera dudas por ser algo nuevo para mí. Esa oración constante de la que hablaba, la llevo recitando desde hace varios años. Confío en que se sigue cumpliendo tu Voluntad, Padre. Me ocuparé en seguir caminando, poniendo un pies delante del otro y esperando aquel porvenir sin prisas, enfocado en el momento presente y mirando el sendero para no tropezar.
Estoy navegando en medio de una tormenta en completo sentido de la palabra, es una ¡tormenta perfecta! Dicen que justo después de la parte más oscura de la noche, viene el amanecer; después de una gran tormenta, viene la calma.
Aquí estoy yo, en medio del mar. Hace mucho tiempo zarpé hacia un horizonte desconocido, con la confianza puesta en Aquel que me creó. No sé adónde llegaré, no sé si encontraré una isla, un continente o simplemente seguiré vislumbrando mar. Lo único que sé, es que seguiré navegando hacia adelante con fe y esperanza. ¿Que si voy por la ruta correcta? No lo sé, pero es adónde me lleva el viento; yo alcé la vela y dejé que este se encargará de ponerme en la dirección de su naturaleza.
He encontrado ballenas, aves, sirenas, tiburones y delfines a lo largo de mi recorrido. Además, he vislumbrado un paisaje paradisiaco con el cielo estrellado durante las noches pasadas. Pero esta vez es diferente. El cielo se ha cubierto por densas nubes grises, el mar se ha puesto agitado y picado; caen relámpagos a pocos metros de mi barca. A veces pareciera que mi embarcación se va a volcar. Esta tormenta está muy agitada, el día parece noche y la noche, penumbra.
En medio de este caos natural, miro hacia atrás y pienso: «¿será que no debí zarpar?, ¿será que debí quedarme en el puerto para salvaguardar mi vida?». Pero surge en mí otro cuestionamiento. Pienso sobre qué hubiera pasado si me quedaba en mi zona segura. Tal vez no llegaría a experimentar lo que estoy viviendo hoy en medio de este caos. Pero también me habría perdido la oportunidad de encontrar nuevas tierras, nuevos horizontes para ampliar mis experiencias, conocimientos y crecer espiritual y emocionalmente.
Nada que valga la pena es fácil. Todo lo que verdaderamente trae frutos requiere de esfuerzo, perseverancia y sobre todo, que de un paso hacia adelante. No me quiero quedar estancado en una isla para mantenerme seguro y perdiendo la oportunidad de desarrollar mis capacidades en lo que respecta a mi humanidad.
Lo sé, puede que me esté equivocando, pero prefiero dar el paso que quedarme quieto. Lo que haya que enmendar se corregirá en el camino, en lo que se vaya acertando se irá reforzando. La vida es una suma de muchas acciones, estas acciones son las que definen quién soy. No tengo miedo a vivir y equivocarme, porque para eso he de vivir, para aprender de los aciertos y desaciertos.
Seguir adelante es mi meta, la persistencia mi bandera y la confianza puesta en el Autor de la vida, mi combustible. Confío en Ti, Señor.
Durante mucho tiempo, desde que comencé mi compromiso serio sirviendo en la iglesia, se fue sembrando en mí una semilla de miedo y represión, pensando que tenía que cuidar muy cautelosamente mis acciones, de manera que no cayera en pecado. Esto me generó una tensión constante y también me fue robando la alegría de vivir, pues no veía mi existencia como una oportunidad para ser feliz, sino como una serie de reglamentos a los cuales me tenía que mantener extremadamente apegado, porque si me salía de ellos, perdería la paz.
Con el pasar de los años y a veces de un momento a otro en breves periodos, mi perspectiva ha ido cambiando. Hoy en día no me llevo muy bien con esa mentalidad estricta de: «pequé o no pequé», de determinar que me voy a condenar o que si me paso de la raya estaré literalmente MAL.
Ojo, no estoy diciendo que será una opción para mí, ser desordenado moralmente y hacer cosas que destruyan mi dignidad o la de otros, no me refiero a que voy a practicar antivalores de ahora en adelante. Una cosa no tiene que ver con la otra; está claro que me gusta ser fiel a mi conciencia, vivir bajo lo que ella dicta y procurar hacer el bien siempre que pueda. Me satisface ir formando esta conciencia a través de la escucha de nuestros misioneros claretianos en catequesis, homilías y de más.
Lo que pienso es que no puedo limitar mi forma de pensar a determinar en cada instante si estoy pecando o no. Creo que la vida es más profunda que eso, mi eje y base en la vida, se centra en amar todo lo que hago y a las personas con las que convivo. Si mi preocupación estuviera en si hice mal o no, mi libertad se vería coartada puesto que no tendría espacio en mi mente para pensar otra cosa más que eso.
Te digo la verdad, no me importa si peco o no peco, aunque suene fuerte. No me interesa saber si estoy bien o mal; lo único que me interesa es ser un ser de luz para todos los que me rodean, lo único que es importante para mí, es ser libre en amar profundamente a todos, como lo hizo Jesús; y dibujar sonrisas en cada rostro que vea. Eso me da verdadera libertad y me llena de valor para vivir en plenitud.