Apego a la persona

Recuerdo un período en tiempo de pandemia, cuando trabajaba haciendo carreras de uber. Además de mi jornada regular, hacía acuerdos con amistades que necesitaban diariamente transporte hacia sus trabajos. Entre ellos había una chica con la que hice el acuerdo de recogerla todas las mañanas de la semana para llevarla, y en la tarde ir a recogerla para regresarla a su casa. Yo estaba soltero y ella me parecía atractiva, además de que nos conocíamos un poco, ya que coincidimos en una comunidad de la parroquia a la que aún hoy en día, suelo ir.

Me acuerdo que yo era muy soñador y me hacía grandes ilusiones en mi cabeza, suponiendo cosas que no eran reales. Entre ellas, veía como algo casi seguro que podría llegar a tener una relación con esa chica. Me propuse todas las mañanas, cuando la recogía, decirle que se veía hermosa. Al principio ella me agradecía, pero después, creo que de tanto hacerlo, se hastió, jajaja.

Recuerdo que un día le lleve un ramo de flores amarillas, con mi ilusión por las nubes, hasta que llegó el día en que claramente admitió que no tenía ningún deseo de entablar una relación conmigo, más que una simple amistad.

Cuando escuché eso, se me vino el mundo entero abajo, me desilusioné, no podía creer que lo que había imaginado como algo tan real, era una mentira. Recuerdo que eso me lo dijo uno de los últimos días que me correspondía llevarla.

Una cosa que he descubierto en mí, es que a veces me hago un mundo irreal en mi cabeza tan vívido, que requiere un esfuerzo aterrizar y darme cuenta que no es verdadero. La experiencia me ha servido para ser más diestro en eso y tomar conciencia con mayor rapidez.

Pero lo que quiero destacar es que aunado a esa ilusión que me he hecho en diversas ocasiones con diferentes personas, se genera en mí un apego emocional y psicológico que también he ido aprendiendo a manejar, a no dejarme llevar por él. Es un entrenamiento arduo ya que toda mi niñez y adolescencia, incluyendo gran parte de mi adultez, he sido así. Fácilmente me apego a las personas.

La práctica del desapego me permite disfrutar mayormente de las relaciones de amistad, sobre todo porque considero que el amor para que sea auténtico, ha de ser libre y sin condicionamientos, sin presiones ni imposiciones. Es una práctica que se ha vuelto un gran reto para mí, pero disfruto del proceso y cada vez voy manejando mejor en el asunto.

Transparente como el agua

Era la segunda mitad del año 2011, iniciaba un curso que tenía como base las enseñanzas contenidas en los libros de Dale Carnegie. Mi novia en ese entonces, me había recomendado tomar dichos talleres. Recuerdo que ella ya los había tomado y, al ser tan sociable y carismática, la gente había quedado queriéndola mucho. Al ver eso, yo no me veía capaz de generar un impacto positivo como ella, me sentía inferior e inseguro, con falta de autoestima.

Curiosamente comencé el curso y en el proceso fui evidenciando que sí estaba generando un impacto positivo en el grupo, incluso en el mismo instructor. En una de aquellas charlas que me tocó dar, se generó una reacción tan positiva de la gente, que fue fácil leer la conmoción en sus rostros. El instructor al final dio muy buenos comentarios al respecto.

El último día de aquellos talleres se hizo una votación para elegir a la persona que causó un mayor impacto en todos, el que más se apegó a las reglas y que aplicó la teoría de la manera más eficaz. En fin, entre todos ibamos a decidir quién había influido de mejor manera sobre las personas. ¿Quién creen que fue elegido por la mayoría? Resulta ser que fui yo. Me gané un libro titulado: «Lincoln el desconocido», del cual me desprendí apenas lo recibí, porque teniéndolo en mis manos, anuncié que quería regalarlo a otra persona del grupo que admiraba mucho; se lo regalé a uno de los chicos, no recuerdo su nombre, pero sí que se puso muy contento.

El instructor se acercó a mí en ese momento y dijo que ese era un gran ejemplo de desprendimiento; después añadió: «¿qué podríamos decir de Enoc?, ¿podríamos decir tal vez que es un hombre transparente?, ¿que no esconde nada?, ¿que podemos ver a través de sus ojos, la verdad de su alma?». Y terminó dándome este consejo: «Enoc, puedes perder muchas cosas, pero algo que siempre tendrás es tu voluntad para decidir cómo responder a la vida».

Hoy en día me hace recordar la frase de Viktor Frankl en su libro «El hombre en busca de sentido» que se me parece mucho: «Al ser humano le puede quitar todo, pero algo que nadie le puede quitar es la actitud con la que decide responder a las circunstancias de su vida»

Ese taller de Dale Carnegie me dejó una gran enseñanza con respecto a la percepción que tenía de mí mismo. Pudiera describir un antes y un después referente a ello:

Antes: Tenía miedo y me sentía incapaz de agradar a otros; tenía una falsa seguridad en que no tenía talento alguno y que era una persona aburrida.

Después: Los hechos me demostraron que, en efecto, tenía un carisma muy especial y ello era del agrado de los que me rodeaban. No tenía nada que envidiar a nadie. Mi sola personalidad me hacía único.

Esa percepción del después podría sonar algo vanidosa, pero como defensa, complemento con que cada persona es única en lo que respecta a su personalidad y características propias. El asunto está en que podamos descubrir esa esencia tan especial que cada uno de nosotros poseemos. Con esos talleres, pude vislumbrar un poco de esa gracia en mí; digo «un poco», porque todavía seguía teniendo inseguridades y a mi autoestima le faltaba mucho.

Algo que me ha ido ayudando a través de mi proceso de crecimiento personal y espiritual, ha sido la confianza en que Dios nunca abandona y nunca defrauda. Eso fue lo que en los momentos de mayor fragilidad, me hizo levantarme, secarme las lágrimas y seguir andando contra viento y marea.

Por otro lado, también me ha ido ayudando asincerarme conmigo mismo, ser transparente cuando me miro frente al espejo, sin ocultar mis defectos y reconociendo mis virtudes. Al irme conociendo he ido descubriendo realidades de mí que me han asustado mucho y que me ha costado aceptar. Pero ha sido esa transparencia propia la que me ha permitido ir amándome más y aceptándome para vivir con mayor plenitud.

Y para cerrar con «broche de oro», sé que la mayor fuente de paz y plenitud que siento hoy, ha sido estar cara a cara con Dios, mostrarme tal cual soy y saber que Él me ama así, que no me pide más nada que dejarme amar por Él.

A veces valiente, a veces cobarde

Algunas veces me siento con una seguridad tal, que me veo capaz de enfrentar cualquier circunstancia, por más difícil que sea; me percibo capaz de asumir con valentía cualquier adversidad y salir victorioso.

En otras ocasiones, me siento tan pequeño y vulnerable como una hormiga, que cualquiera que de un paso en falso, puede aplastarla y quebrantarla.

Qué interesante es la vida, en un momento me considero invencible, y en otro me siento frágil. Hoy en día no me gusta fingir que soy fuerte cuando estoy débil, pero tampoco soy de fingir debilidad cuando me siento fuerte.

Creo que es de vital importancia ser sincero conmigo mismo en cualquiera de las dos situaciones de vida. Lo más importante es cultivar humildad para reconocerse uno como es y también empatizar con los demás que pueden estar en cualquiera de los dos estados.

Reconocer que no soy invencible ni de acero me ayuda a ver que soy un ser humano y que si me hieren, duele, que puedo sangrar y entristecerme ante una ofensa o mala respuesta; pero también hay una parte de mí que es fuerte y puede resistir malos gestos ajenos, empatizando y entendiendo la historia y el por qué de las actitudes de otros.

Soy fuerte, sí, a veces; pero soy débil y cobarde en otras ocasiones. Eso es lo que me hace ser humano, y es lo que me hace reconocer que necesito de Dios y que necesito de las demás personas.

¿Qué sientes?

Psicóloga: ¿Qué sientes?

Paciente: Para empezar, esta madrugada me entró un malestar estomacal muy pronunciado. Me pareció curioso porque no comí nada que pudiera decir, fue causa de ello.

Psicóloga: ¿Crees que pudo ser por otra causa diferente a los alimentos que consumiste el día anterior?

Paciente: Hace aproximadamente diez años, me pasó algo similar, pero mucho peor. Me acosté sintiéndome de lo más normal, pero a las tres de la mañana me levanté con dolor de cabeza, malestar estomacal y náuseas, fue horrible.

Psicóloga: Y ¿sabes qué lo pudo ocasionar aquella vez?

Paciente: Sí, curiosamente, el día anterior, había terminado un retiro de novios, con la que en aquel entonces era mi novia. Ella y yo habíamos ido a ese retiro para hacer un discernimiento de por dónde iba la relación; y finalmente, quedamos claros en que ese no era mi proyecto de vida. Todo en mí, demostraba que no era lo que verdaderamente quería para mi porvenir, aunque me esforzara por que así fuera. Mi mente decía que sí, pero las respuestas fisiológicas y emocionales de mi cuerpo decían que no. Estuve prácticamente luchando contra mi mismo. Pero, al final del retiro, a pesar de que ella y yo quedamos claros de aquella realidad, decidimos mantener la relación de noviazgo. Curiosamente, en la madrugada del día siguiente, pasó eso que te conté.

Me levanté al día siguiente sintiéndome muy apesadumbrado y atribulado. Fui al trabajo y hablé con mis tíos, estaba totalmente abrumado y desconcertado. Ellos me dijeron que me tomara el día libre. Salí de allí y fui directo a la capilla de la iglesia a la que suelo ir. Me senté a rezar el rosario con mi cabeza llena de miedo y dudas. Mientras recitaba los Avemaría, decía al Señor que quería recuperar la paz que tenía tiempo atrás. En mitad del rezo me vino este pensamiento a la cabeza: «tengo que cortar con esa relación si quiero estar en paz». Me decidí determinantemente hacerlo y hablé con mi novia para encontrarnos en la noche. Así fue, nos encontramos y en privado estuvimos hablando, le manifesté mi determinación, ambos lloramos, ella por la relación que terminaba y yo, por verla tan triste de esa conclusión.

Esa fue la ocasión en la que viví un malestar físico parecido.

Psicóloga: Comprendo. Al parecer, como te mantenías en un estado de vida que no querías, tratando de engañarte de que en efecto ese era el camino que deseabas, tu cuerpo reaccionó ante tal contradicción existencial, con esa serie de malestares.

La pregunta ahora es, ¿estás viviendo algo similar ahora?

Paciente: Doctora, esto se trata de suposición, pero hoy simplemente me voy a ver con una amiga, no hay ningún plan ni indicio de ninguna de las dos partes, sobre una relación. Solamente se trata de pasar un rato compartiendo cuentos. Aunque le digo la verdad, percibo una atracción de ella hacia mí y no voy a negar que ella es bonita.

Ahora bien, no digo que esa sea la causa, pero haciendo relación de una cosa con otra, me pongo a pensar que podría tener algo que ver.

Psicóloga: Comprendo. ¿Verdaderamente quieres salir con esa amiga?

Paciente: Bueno, no quiero.

Psicóloga: Y ¿por qué vas a hacerlo?

Paciente: Porque lo prometí.

Psicóloga: Entonces considero ético y moralmente correcto que cumplas con el compromiso, aunque no quieras. Ahora bien, te queda de lección para pensar con la razón y el corazón, antes de comprometerte con algo.

Paciente: Es verdad doctora.

Querer sin poseer

Te quiero y me siento tentado a querer poseerte, pero sé que de ser así, no sería amor, sino deseo puro sin desenfreno.

Soy un ser muy apasionado y me encanta amar y querer. Junto con esta inclinación hay un impulso instintivo que trato de canalizar para que no se vaya por un camino diferente.

Te deseo, es la verdad; pero también te quiero de verdad, como quiero a cada persona por el simple hecho de ser persona.

Arde en mí una llama de pasión que, como tormenta, sopla a todas partes abrasando el aire alrededor.

Señor, ¿para qué has encendido este fuego ardiente en mí? ¿Qué propósito tienes con esto?

Yo no lo sé, pero como siempre te digo, sobre todo cuando no entiendo nada: «Que se haga tu voluntad».

Me permito estar triste

Me permito estar triste y ver las nubes grises en el cielo; me permito contemplar la lluvia tormentosa con truenos y relámpagos. No hace falta fingir que el día está bonito y soleado, simplemente prefiero verlo y aceptarlo tal cual es, agitado y descontrolado.

La tristeza es una de las tantas emociones que como humano he experimentado; cuando la tengo en mi mente y corazón, le abro la puerta y la abrazo como a un hermano. La paz y la tribulación son dos caras de una misma moneda; la tristeza y la alegría son los dos rostros de géminis. Una complementa a la otra, las dos forman un equilibrio emocional.

La alegría sin tristeza se vuelve euforia y manía; la tristeza sin alegría se transforma en depresión crónica. No es que tiene que faltar una de ellas para estar bien; sino que han de confluir ambas en la naturaleza del ser y el existir.

La vida se ve bonita con muchos matices de colores, pero también es bueno vivirla en la tonalidad del gris. ¿Por qué adorar la alegría y excluir a la tristeza de la vida? ¿Es que acaso una es buena y la otra mala? ¿O no será más bien que vivimos en una sociedad que tacha lo normal como algo anormal?

Creo en que es sano vivir las emociones asumiéndolas como vengan, canalizando su flujo con naturalidad y dejando que nuestra esencia humana se manifieste desde sus distintas perspectivas fisiológicas y psicológicas.

Permítete vivir la tristeza Enoc, así como te permites vivir la alegría. Verás que no te arrepentirás, porque cada una trae crecimiento y madurez para una mejor vida.

El explorador

Había en aquel lugar un explorador que buscaba la razón por la que existía. No podía conformarse con una respuesta simple. Buscaba incesantemente el sentido de su vida, viajando por todo el mundo, subiendo a las más altas cimas y adentrándose en los más profundos silencios.

El explorador quería encontrar la fuente del aliento vital de todo lo creado. Él no quería simplemente escuchar el nombre del autor de las maravillas existentes, él quería experimentarlo, adentrarse en ese manantial inagotable de vida.

  • «¿Dónde más puedo buscar?», decía el explorador. – He recorrido mar, cielo y tierra en búsqueda de ese ser escurridizo que no se deja encontrar.

Uno de aquellos días, el explorador se rindió y decidió no buscar más. Se fue a su hogar en la ermita de un valle en donde se había criado desde muy pequeño, y se planteó vivir allí el resto de sus días sin hacer caso a la curiosidad que lo había llevado por todos los rincones del mundo.

El explorador se acostó en una hamaca y se durmió profundamente. Caía un suave rocío que le rozaba la cara, pero sin causarle molestia, más bien, era como una suave caricia que lo adormecía más en un profundo y reconfortante sueño.

Mientras dormía, el explorador, en un sueño, escuchó una voz que le dijo lo siguiente: «Mi querido hijo, estaba esperando este momento, aquel en el que dejaras de buscar. Buscando y buscando, nunca me ibas a encontrar. Porque no eres tú quien tiene que dar conmigo, sino tú quien te has de dejar encontrar por mí. Para que yo salga a tu encuentro, tenías que soltar toda ansia de búsqueda y dejarte sorprender por mi presencia. Yo estoy aquí contigo, siempre lo estuve. Mientras mirabas el horizonte desde las más altas cimas, yo te susurraba al oído con una suave y tenue brisa. No me has encontrado tú a mí, he sido yo quien te ha encontrado y quien, de ahora en adelante, te permitirá darte cuenta del cuidado amoroso que te doy cada día».

El explorador se despertó de su profundo descanso, eran las 3 de la madrugada. Se quedó mirando el cielo estrellado, abarrotado de estrellas por la falta de luz en ese área rural y rodeado de tanta naturaleza. Comenzó a reflexionar sobre las palabras que había escuchado en su sueño.

El explorador descubrió que en efecto, el creador de todo lo visible e invisible, había estado con él desde antes que naciera; más bien, el explorador provenía de ese ser eterno e infinitamente amoroso. Se había dado cuenta que de ese ser venía y a ese mismo ser regresaría el último día de su vida en la tierra.

El explorador finalmente se dijo: «Claro, esto es mucho más sencillo de lo que imaginé. Vengo de él y él tiene un propósito por el cual me tiene aquí; no tengo por qué saber cuál es ese propósito, solo he de soltar las riendas de mi vida y dárselas a Él. El creador lleva mis pasos por la ruta que ya ha trazado para mí, desde antes que naciera. De ahora en adelante, no buscaré más, solo dejaré que tú cumplas tu voluntad, aquella por la cuál me tienes aquí. ¡Que se haga tu voluntad!

¡Madre!, ¡Me dio un SUSTO!

  • Hijo delfín: ¡Madre! Estoy asustado.
  • Madre delfín: ¿Por qué hijo?, ¿te pasó algo malo?
  • Hijo delfín: Bueno, no estoy seguro mamá. Hace unas semanas, cuando te dije que iba a salir a nadar en las afueras de nuestro hogar, como de costumbre, encontré por primera vez, otra manada de delfines. Tuve la oportunidad de interactuar un poco con ellos e incluso, me hablaron sobre ellos y jugamos un rato nadando por los alrededores.
  • Madre delfín: Oh, hijo mío, eso es muy bueno. Es importante que puedas hacer vida social y que conozcas a nuevas manadas.
  • Hijo delfín: Sí mamá, solo que conocí a una joven delfín como yo y llevo ya varios días que hemos estado compartiendo tiempo juntos y pasando buenos momentos. Ella es muy simpática y por alguna razón, se me hace fácil hacerla reír y terminamos disfrutanto mucho la experiencia de amistad que estamos creando.
  • Madre delfín: Que bueno hijo, eso me alegra mucho. Es importante que tengas presente que es algo normal, puede pasar que se vuelvan amigos muy cercanos e incluso, quien sabe si en un futuro llega a haber una química para formar una relación más profunda que una simple amistad. ¿Algo de eso es lo que te asusta?
  • Hijo delfín: Sí mamá, la verdad yo me he sentido bien solo, y sé que ya soy mayor de edad. Pero no me he visualizado antes en un proyecto de vida en pareja y menos en un posible apareamiento. Siempre me he visto solo en mi mente.
  • Madre delfín: Y ¿qué piensas actualmente con respecto a eso?
  • Hijo delfín: Bueno madre, te soy sincero, ella me parece muy agradable, no ha habido manifestación de nada más que una simple amistad. Confieso que aún así, hay una química especial entre los dos, a pesar de que apenas nos estamos conociendo. Ella tiene dos hijos delfines y es madre soltera; pero estoy viviendo la experiencia abierto a cualquier posibilidad. Sí es cierto que pensar en una posible futura relación de pareja es lo que me asusta, puesto que no lo había contemplado como una opción de vida. Pero no puedo negar que ella me gusta. Mi psicóloga me dijo que cuando uno se comienza a enamorar, la corteza prefrontal, que es la del razonamiento, se bloquea, de tal manera que uno no logra ver la realidad de forma objetiva, principalmente en la persona de la que se está enamorando; me decía que ese es un mecanismo natural de la biología para favorecer la consolidación de una relación y el apareamiento. Básicamente es un mecanismo de supervivencia para conducir a la procreación y continuidad de la existencia de nuestra especie. Madre, esto es algo nuevo para mí, pero pienso que es conveniente que no me cierre las puertas a otras posiblidades de vida, sobre todo si es algo que me genera bienestar.
  • Madre delfín: Wao hijo, cuánto has madurado, ¿te has dado cuenta que tienes una gran capacidad reflexiva?, de tal manera que me manifiestas tus inquietudes, pero encuentras las respuestas por tu propia cuenta. Me siento muy orgullosa de ti. Solo complementaré tu reflexión con lo siguiente: «no tengas miedo de vivir». Permítete experimentar lo que tu corazón y la razón te impulsen a explorar. Siempre mantén unidos al corazón y la razón; no dejes que se separen uno del otro. Pero tampoco te frenes si intuyes que vas por una buena ruta, una que, como dijiste, te genera bienestar y sobre todo, si eso te da paz.
  • Hijo delfín: ¡Gracias madre! Así será.

¡Se me va a acabar!

Una vez me regalaron unos cinco sobres de un té especial para ayudar a la digestión después de la comida. Tomé uno y, al segundo día, cuando estaba abriendo el otro, me vino una preocupación a la mente: «se me van a acabar».

¿No te ha pasado que cuando consigues algo que disfrutas mucho, tu pensamiento se adelanta a pensar en la decepción de que ese momento o ese algo se acabe?

Me parece muy cómica y curiosa esa tendencia a preveer una experiencia de desaliento o desánimo por la futura falta de algo que hoy tengo. ¿Y si en vez de viajar al porvenir, simplemente disfruto de lo que tengo hoy? Creo que sería mucho mejor aprovechado el tiempo y el goce se experimentaría con mayor plenitud.

Me parece tan acertado procurar vivir siempre en el presente, para que no se escape ninguna oportunidad de aprovechar al máximo la vida; y así, evitar darle paso a la preocupación y el afán por el mañana.

DIOS es tan BUENO, tan BUENO, demasiado BUENO

Vamos a ver cómo suena esto: «cada vez confío más en Dios».

¿Quién soy yo? Creo que esta simple pregunta no tiene una simple respuesta. Pero, ¿quién dijo que hay que tener una respuesta para cada pregunta? La verdad, no sé quién soy.

Lo que sí sé, es que confío en que Dios existe y es el responsable de que yo esté aquí hoy. Tengo la confianza plena en que Él está labrando el camino por el que voy andando.

No puedo ver el futuro, pero estoy plenamente convencido del cuidado amoroso de mi Creador y sé que el porvenir lo preveé Él. Cada vez confío más en esta creencia. Cada vez se confirma más mi fe.

¿Sonará con algo de orgullo o prepotencia tal vez? No me importa, así lo siento y lo pienso. Más bien me siento atrevido a la hora de pensar en Dios. Lo veo tan cercano y accesible; tan abierto para comprenderme y dirigir mis pasos; tan permisivo para educarme en libertad y sin condicionamientos; y tan recto para corregirme de una manera efectiva.

Dios es mi guía; sé que no tengo nada que temer ni de qué preocuparme. Sé que si sigo confiando en Él y dejando todo en sus Manos, Él mantendrá mis pisadas sobre terreno sólido.

Mientras más confío, más atrevido me vuelvo, mientras más me acerco a Él, más valiente me siento; mientras más lo miro, más especial me considero. Me siento tan amado por Él, que no me hace falta nada más. Tan solo suelto todo y le digo: «Señor, que se haga tu Voluntad».

DIOS es tan BUENO, tan BUENO, demasiado BUENO.