Desde pequeño he ido caminando con la mirada de niño explorador; tanteando cada realidad que aparecía frente a mis curiosos ojos. En ocasiones me topaba con muros que me hacían renegar y me veía forzado a tomar otro camino, aunque no fuera el deseado por mí.
Cuando crecí, ya siendo adolescente me encontraba con los mismos muros, pero entró en mí la típica rebeldía de esa etapa de la vida. Pero pronto vi que mi rebeldía no era una rebeldía común; venía con una furia incontrolable. Ese fuego descontrolado me llevó a romper cuantos muros me encontraba en el camino, sin importar que me llevaran por un camino indeseable.
Después de perder el control por tanto tiempo y romper muros sin razón alguna, más que por el malestar que causaban mis heridas, llegué al fondo del abismo, la desesperación, la tristeza, la desilusión, y comencé a tener miedo de la persona en la que me había convertido.
Ese miedo me hizo entrar en un oscuro rincón interior y esconderme del mundo y de mí mismo. Estaba en el mundo, pero aunque personas iban y venían en mi entorno, yo estaba psicológica y emocionalmente aislado, sin conectar con nadie. No había lazos, amistades ni relaciones profundas. Todo se volvió una superficialidad en mí, porque tenía miedo de mi pasado, de la peor versión de mí que había visto.
En ese oscuro aislamiento encontré una depresión extrema, un sentimiento de soledad y un ciclo de tribulación interminable. Me había construido una coraza en la que solamente entraba yo; cerrando el paso a cualquier otra persona que quisiera tener contacto conmigo. Las personas hablaban, pero las palabras no llegaban a mí, simplemente rebotaban en la coraza.
Estuve en ese encierro emocional durante varios años y me rehusaba a salir. Las personas me llamaban, me regañaban, me exigían, se mofaban, algunos trataban de ayudarme; pero yo no quería salir de mi encierro; no quería escuchar a nadie; inlcusive no quería escucharme a mí mismo. Solo quería morir en ese encierro sin pena ni gloria, simplemente quería dejar de existir y perderme en el olvido.
De pronto, llegó alguien con una fuerza amorosa descomunal que con su puño de acero golpeó la coraza y la rompió, al quedar yo descubierto, me tomó en sus brazos, me abrazó y me dio consuelo. En ese momento lloré amargamente dejando salir todo el veneno emocional que yo mismo había creado y que me había tomado. Esa persona me miró a los ojos y me dijo: «Tú vales mucho, eres importante y tienes mucho que aportar al mundo. Sal de tu encierro y vive la vida al máximo. Eres mi hijo y yo te amo».
Poco a poco, aquel ser de luz fue sanando mis heridas emocionales y fue sacándome del aislamiento en el que estuve por más de 15 años. Me devolvió las ganas de vivir y la ilusión de amar y ser amado.
Cuando finalmente restauré mis fuerzas y me reincorporé al mundo con mi entusiasmo y vitalidad natural, comencé a encontrar otros muros; pero esta vez eran diferentes. Cada muro tenía una puerta, y yo podía elegir si quería o no traspasarla. Ahora, en medio de la serenidad de mi alma, pensaba detenidamente adónde me llevaría dicha puerta y si sería provechoso pasar a través de ella.
Actualmente procuro caminar con cautela, pero sin miedo; con determinación, pero poniendo sobre la mesa el ingrediente clave que es el AMOR.
Seguirán habiendo muros en el camino, pero confío en mi intuición y con los ojos puestos en lo alto, la mirada fija en Dios, voy con pasos firmes hacia adelante; buscando la VERDAD de Jesús en mí.