Tengo sed de ti

Mi boca se seca sin ti

Tengo sed de ti, Señor. Siento una vaciedad insaciable que solo Tú puedes llenar con la Gracia de tu amor.

Tengo hambre de ti, Padre. Siento un hueco en el estómago porque a mi cuerpo le faltan los nutrientes de tu Presencia.

Tengo un anhelo inconmersurable por Ti, mi Dios. Hay algo en mí que pide a gritos abrir el corazón para dejarte entrar y restaurar todo con tu infinitud.

Te quiero a Ti, Rey Celestial. Quiero tu aliento, tu suspiro, tu susurro, tu mirada, tu abrazo, tu ternura, tu compañía y tu misericordia.

Quiero ser rodeado de tu inmensa Gloria y fundirme dentro de tu Corazón Divino.

Te quiero a Ti, Padre, te amo a Ti, te adoro a Ti, te necesito a Ti. No puedo vivir sin Ti.

Tú eres mi TODO.

No lo estoy dejando entrar

Él quiere penetrar mi corazón.

Dios se da incondicionalmente y sin medida. No tengo dudas de que Él quiere traspasar mi alma con su amor.

Hace un rato pensaba que no hay amor humano ni nada en este mundo que llene el vacío de mi corazón. Meditaba en que lo único que podría darme la sensación de plenitud es el amor infinito de Dios.

Me preguntaba entonces: «Si Dios me regala su amor sin condiciones y no lo siento, ¿qué estoy haciendo mal, para no sentir ese amor divino en mi vida?»

Luego me acosté y reflexionaba sobre esa pregunta y esta otra que me hice: «¿qué tengo que hacer o dejar de hacer para dejarme amar por Dios?»

Después de divagar un poco en mis pensamientos, me puse a ver que Dios me está dando constantes manifestaciones de su amor, pero es mi forma de ver la vida, la que no me está permitiendo acoger esa Gracia amorosa del Padre.

En lugar de disfrutar el regalo de Dios, lo veo con nerviosismo y ansiedad, pensando que debo hacer o responder bien a sus manifestaciones. Es decir, no veo el regalo de su amor, sino la respuesta que doy a ello, buscando en todo quedar bien con Él.

Que curioso, no me centro en lo que Dios me da, sino en qué le doy yo a Él. Esto me parece una paradoja. Es como pensar que tengo que llenar las expectativas de Dios, por lo que tengo una constante tensión autoimpuesta sobre mis hombros.

¿Será sano pensar así? Me parece que no estoy creyendo en la Gratuidad de Dios. Creo que para que Él me de, yo tengo que darle. Como si fuera un trueque.

¿Qué puedo hacer para dejarme amar plenamente por Dios y que mi corazón se llene con su Gracia?

La pregunta queda en el aire. Y espero tu respuesta, Padre.

Ella es…

Ella es increíble

Esa mujer tiene tal pureza en su mirada, que me pierdo en el vasto océano de sus ojos.

Puedo verla sin cansarme de contemplar la belleza de su inocencia y la dulzura detrás de cada palabra que sus hermosos labios pronuncian.

Ella es una de las grandes maravillas que ha creado Dios; es una grandiosa obra de arte, elaborada por las Manos Divinas.

Ella es increíblemente bella en todos los aspectos; desde lo interior, de su alma, hasta lo exterior, sus cabellos, su sonrisa, su cuerpo.

Ella me hace ver el cielo de la mañana siempre azul; y en la noche ver el cielo abarrotado de estrellas.

Gracias por darme una nueva mirada con tu pureza y tu belleza, dulce y tierna princesa.

Traspasando el MURO

Desde pequeño he ido caminando con la mirada de niño explorador; tanteando cada realidad que aparecía frente a mis curiosos ojos. En ocasiones me topaba con muros que me hacían renegar y me veía forzado a tomar otro camino, aunque no fuera el deseado por mí.

Cuando crecí, ya siendo adolescente me encontraba con los mismos muros, pero entró en mí la típica rebeldía de esa etapa de la vida. Pero pronto vi que mi rebeldía no era una rebeldía común; venía con una furia incontrolable. Ese fuego descontrolado me llevó a romper cuantos muros me encontraba en el camino, sin importar que me llevaran por un camino indeseable.

Después de perder el control por tanto tiempo y romper muros sin razón alguna, más que por el malestar que causaban mis heridas, llegué al fondo del abismo, la desesperación, la tristeza, la desilusión, y comencé a tener miedo de la persona en la que me había convertido.

Ese miedo me hizo entrar en un oscuro rincón interior y esconderme del mundo y de mí mismo. Estaba en el mundo, pero aunque personas iban y venían en mi entorno, yo estaba psicológica y emocionalmente aislado, sin conectar con nadie. No había lazos, amistades ni relaciones profundas. Todo se volvió una superficialidad en mí, porque tenía miedo de mi pasado, de la peor versión de mí que había visto.

En ese oscuro aislamiento encontré una depresión extrema, un sentimiento de soledad y un ciclo de tribulación interminable. Me había construido una coraza en la que solamente entraba yo; cerrando el paso a cualquier otra persona que quisiera tener contacto conmigo. Las personas hablaban, pero las palabras no llegaban a mí, simplemente rebotaban en la coraza.

Estuve en ese encierro emocional durante varios años y me rehusaba a salir. Las personas me llamaban, me regañaban, me exigían, se mofaban, algunos trataban de ayudarme; pero yo no quería salir de mi encierro; no quería escuchar a nadie; inlcusive no quería escucharme a mí mismo. Solo quería morir en ese encierro sin pena ni gloria, simplemente quería dejar de existir y perderme en el olvido.

De pronto, llegó alguien con una fuerza amorosa descomunal que con su puño de acero golpeó la coraza y la rompió, al quedar yo descubierto, me tomó en sus brazos, me abrazó y me dio consuelo. En ese momento lloré amargamente dejando salir todo el veneno emocional que yo mismo había creado y que me había tomado. Esa persona me miró a los ojos y me dijo: «Tú vales mucho, eres importante y tienes mucho que aportar al mundo. Sal de tu encierro y vive la vida al máximo. Eres mi hijo y yo te amo».

Poco a poco, aquel ser de luz fue sanando mis heridas emocionales y fue sacándome del aislamiento en el que estuve por más de 15 años. Me devolvió las ganas de vivir y la ilusión de amar y ser amado.

Cuando finalmente restauré mis fuerzas y me reincorporé al mundo con mi entusiasmo y vitalidad natural, comencé a encontrar otros muros; pero esta vez eran diferentes. Cada muro tenía una puerta, y yo podía elegir si quería o no traspasarla. Ahora, en medio de la serenidad de mi alma, pensaba detenidamente adónde me llevaría dicha puerta y si sería provechoso pasar a través de ella.

Actualmente procuro caminar con cautela, pero sin miedo; con determinación, pero poniendo sobre la mesa el ingrediente clave que es el AMOR.

Seguirán habiendo muros en el camino, pero confío en mi intuición y con los ojos puestos en lo alto, la mirada fija en Dios, voy con pasos firmes hacia adelante; buscando la VERDAD de Jesús en mí.

Dios lo acomoda todo

Dios va poniendo cada cosa en su lugar.

En mi vida se ha vuelto fundamental vivir con esta oración como lema: «Señor, que se haga tu voluntad». Y soy consciente de que no es fácil asumir las consecuencias de esta oración; pero lo que sí sé, es que Dios dirigirá mi vida por el mejor camino, no el más fácil, pero el que más me conviene.

Ha habido veces en las que me he visto tentado a renegar de mis circunstancias, las cuales son para un bien mayor, pero que me cuesta aceptar. Sin embargo, en esos momentos recuerdo mi lema de vida: «Señor, que se haga tu voluntad».

Un amigo fraile franciscano me decía que lo esencial de la fe cristiana es: «dejarse amar por Dios». Y en efecto, yo creo que lo que me toca hacer es poner mi vida y mi voluntad a disposición de la Omnipotente Voluntad de Dios. Solo de esa manera, permitiré que Él dirija mis pasos por el sendero que a la larga será del mayor beneficio para mí y, a través de mí, para los que me rodean.

Yo sé que mi vida no es perfecta, que estoy lleno de defectos, así como de virtudes. Pero con todo y mis debilidades, confío en que Dios, poco a poco, va acomodando todas las piezas de mi vida y poniendo cada cosa en su lugar.

Voy tras mi verdad

¿Cuál es la verdad?

Preguntaba Pilatos a Jesús: «Y ¿Qué es la verdad?». Jesús no respondía nada puesto que Pilatos tenía la verdad frente a Él. Era la persona misma de Jesús.

Durante muchos años de mi vida he ido tras mis verdades. Jesús es la Verdad; he buscado la Verdad en distintos lugares, y me he encontrado con una tras otra mentira.

Entre los tantos rincones que he buscado, no he encontrado a la Verdad (Jesús). Sí, claro, alguno me dirá: «Míralo en la Eucaristía, en el Sagrario». Y yo sé que, en efecto, el Señor está allí.

Pero no busco simplemente a la Persona de Jesús, busco su Verdad en mí.

¿Cuál es mi Verdad? ¿Para qué estoy en este mundo? ¿Qué sentido tiene mi sola existencia?

Estoy cansado de perseguir mi verdad. Nunca me lleva a nada bueno mi andanza.

Ya me cansé de buscar. Señor, búscame Tu a mí, porque yo no doy más.

¿Qué tipo de perfección busco?

¿Busco ser intachable?

Me pregunto, ¿qué tipo de perfección busco? Y es que es cierto, yo deseo ser perfecto, pero me choco siempre con la misma realidad: «No soy perfecto».

Como ser humano que soy, trato de vivir una vida destacada por las virtudes y los valores de Cristo. El problema es que en algún momento determinado fallo y por consiguiente la frustración se vuelve mi pan de cada día.

Por naturaleza soy un hombre que proyecta mucha alegría y espontaneidad, pero esto fluye cuando siento que estoy en un estado intachable. Cuando me equivoco moralmente, me entra la confusión y el desánimo. Es como si me preguntara: «¿Cómo puedo yo fallar?»

Ahora que lo pienso, eso demuestra cierta falta de humildad ¿no crees? ¿Quién dijo que yo soy intachable o perfecto? ¿Por qué no puedo aceptar y tolerar que me equivoco en ocasiones?

¿Qué tipo de perfección busco? Esta es una pregunta sumamente importante para mí en este momento de mi vida. La verdad es que me siento mal por ser tan exigente conmigo mismo; por querer ser sin ninguna mancha de defecto. Por vivir con cierto orgullo, asumiendo que soy un ser de luz y sin oscuridades.

A través de este medio, me pido perdón por la falta de humildad y la sobre exigencia a mí mismo. Me comprometo a ser más humano y tolerante con respecto a mi humanidad.

La inseguridad de adentro

Ha habido momentos de mi vida en los que me he sentido tan inseguro. No es una inseguridad que se refleja claramente en mi cotidianidad; puesto que me desenvuelvo con seguridad en mis tareas diarias; pero dentro de mí, he tenido un signo de interrogación con una gran incertidumbre que me ha hecho temer un poco.

Antes vinculaba esa inseguridad interior con lo exterior; es decir, interpretaba que el mundo era hostil o diferente si yo estaba inestable emocionalmente. Lo sé, suena algo extraño, pero yo lo veía así. Por el contrario, asumía que si yo tenía paz interior, el mundo, por consiguiente, era amigable.

Después me di cuenta de que no era así, el entorno siempre es el mismo, independientemente de cómo me encuentre psicológica y emocionalmente.

En varias ocasiones, por alguna u otra razón, he salido de mi zona cómoda. En momentos como esos, he deseado volver a mi estado de confort; pero muchas veces no ha sido tan simple como caminar en retroceso y volver a acomodarme. En la mayoría de las ocasiones toca seguir caminando hacia adelante, esperando el momento en el que vuelva a encontrar una zona de reposo.

Ahora mismo voy caminando por el sendero, pienso que debo andar la mayor parte del tiempo posible y descansar poco, pero no dejar perder esos espacios de recuperación.

La inseguridad puede ir y venir, pero en el fondo tengo una luz que alumbra el mundo de mi corazón; esa luz es una certeza indestructible que me asegura que, Dios me tiene en la palma de su Mano y todo está bajo su control.

Procuro vivir con esta oración de Jesús en mi mente: «Padre, que se haga tu voluntad».

Espejismo del final y el descanso

Tengo un hábito mental que consiste en lo siguiente:

«Visualizo una meta a nivel de mi condición física; un objetivo en cuanto a mi alcance con las redes sociales; un sueño en el ámbito profesional; o un anhelo personal. La forma en la que visualizo cada una de esas cosas, tiene como complemento en mi cabeza, un final y un descanso después de haberlo logrado. Es como si el desarrollo del plan consistiera en lograr el objetivo y poder sentarme el resto de mis días a descansar hasta mi muerte».

Decía Pablo Motos, del programa «El hormiguero»: «En esta vida o subes o bajas», enfatizaba que no hay que poner foco en el resultado, sino en el proceso. Si se estudia para alcanzar un título, ese no es el final; hay que seguir estudiando para seguir en constante crecimiento; al igual pasa con el deporte, la profesión y todos los aspectos de la vida.

Espero mantener mi cabeza enfocada en el proceso; y que el resultado alcanzado sea el punto de partida del siguiente objetivo.

No ser tan poético en la vida

He tenido etapas de mi vida en las que he llenado los días de un romanticismo empalagoso. Esto me pasaba mucho en mi infancia y adolescencia. Veía el mundo como una serie de fantasías de películas animadas. Todo era lindura, belleza, rosas, mariposas, luna y estrellas.

Perderme en esas fantasías me hacía perder la noción de la realidad concreta con la que me tocaba enfrentarme y, consecuentemente venían grandes desilusiones al chocar con la verdad de las cosas.

A veces existe la tentación de ponerse muy poético en la vida, con la mente recostada sobre las nubes y los pies en el aire.

Un primo mío tiene tatuado en el brazo la frase: «Con la mirada en el cielo y los pies sobre la tierra». Me parece acertada esa frase. Y es que hoy en día veo que es muy bueno soñar y visualizar, pero nunca perder de vista mi realidad, para poder caminar hacia esos sueños con pasos firmes y sin falsas ilusiones.