Con el diablo no se dialoga

Decía el Papa Francisco: «Con el diablo no se dialoga; se le aleja, se le mantiene a distancia». Y es que evidentemente, cuando se intercambian palabras con él, uno termina enredado. Inevitablemente se tienen todas las de perder.

Hay un dicho muy popular que dice: «el que juega con fuego se quema». Qué importante es buscar la Sabiduría de Dios, la guía del Espíritu y ser, como dice Jesús: «Mansos como corderos, pero astutos como serpientes». Tener claridad de los valores de Cristo para vivir acorde a ellos.

La vida es magníficamente bella y tiene tantas cosas por las que yo puedo agradecer. Sé que Dios busca darme ante todo la paz y la verdadera felicidad. Todo lo que me aleje de Él, me va a quitar esos regalos que Él quiere para mí.

Mi deseo es siempre optar por lo que me acerque a Él para conservar la paz en la conciencia y poder irradiar la alegría auténtica en su amor.

El demonio que habita en mí

Dice la Palabra que Jesús fue tentado en el desierto.

Si bien Jesús fue tentado, nunca tuvo ninguna inclinación o fuerza interior en esencia mala, por su naturaleza Divina.

A lo largo de los Evangelios leemos diversos sucesos de personas poseídas por las fuerzas malignas, quienes eran liberados por la Palabra de Jesús.

Hoy en día reconozco que en mi interior hay una lucha entre el bien y el mal. Estoy claro que así como Dios existe, satanás también. Y la forma en la que el demonio, quien odia a Dios, busca hacerle daño, es a través del perjuicio de sus hijos, que somos todos nosotros.

Una de las grandes herramientas que utilizo para mantenerme fuerte ante las tentaciones es el Rosario. Verdaderamente noto la diferencia entre rezarlo y no hacerlo. La Madre intercede poderosamente para que el pensamiento humano trascienda y acceda a la Sabiduría de Dios. De esta forma es una gran ayuda para no sucumbir a las provocaciones del maligno.

Aún con esa y otras herramientas espirituales, como lo son la Palabra de Dios y la Eucaristía, la lucha es constante y es importante estar despierto y atento, porque el enemigo, como león rugiente, espera al acecho el primer tropiezo para arremeter.

Mi vida es una lucha constante contra las inclinaciones pecaminosas y un ejercicio en el que he de ir fortaleciendo las virtudes para vivir según los valores de Cristo.

Sí, hay una fuerza maligna dentro de mí, fruto del pecado original; pero también está la Gracia de Dios, la cual me acompaña por ser creatura de sus Manos.

Me aferro a los Corazones de Jesús y María en busca de la santidad y la vida virtuosa.

La sabiduría de Dios

Lectura del libro de la Sabiduría 9, 13-19.

¿Qué hombre conocerá el designio de Dios?,
o ¿quién se imaginará lo que el Señor quiere?

Los pensamientos de los mortales son frágiles
e inseguros nuestros razonamientos,
porque el cuerpo mortal oprime el alma
y esta tienda terrena abruma la mente pensativa.

Si apenas vislumbramos lo que hay sobre la tierra
y con fatiga descubrimos lo que está a nuestro alcance,
¿quién rastreará lo que está en el cielo?,
¿quién conocerá tus designios, si tú no le das sabiduría
y le envías tu santo espíritu desde lo alto?

Así se enderezaron las sendas de los terrestres,
los hombres aprendieron lo que te agrada
y se salvaron por la sabiduría».

«Los pensamientos de los mortales son frágiles
e inseguros nuestros razonamientos,
porque el cuerpo mortal oprime el alma
y esta tienda terrena abruma la mente pensativa».

Ayer escuchaba este pasaje bíblico y me llamó demasiado la atención. Mis pensamientos y razonamientos por sí solos no son más que señal de fragilidad e inseguridad. Mi cuerpo oprime mi alma, el mundo abruma mi mente pensativa.

Pero, ¿cómo liberarme de las actitudes destructivas? Por mi propia fuerza no podré; necesito de la Sabiduría de Dios. Solo trascendiendo el pensamiento, elevando mi mente a lo alto, puedo recibir la Gracia de Dios para sobrepasar todas las costumbres pecaminosas y dañinas para el cuerpo y el alma.

Qué importante es reconocer mi pequeñez y mi fragilidad; saber que no puedo nada si no es por la asistencia divina. Dependo totalmente de Dios; mi corazón está dispuesto a servirle; pero le pido su Sabiduría, su Espíritu Santo para que me de cada día las fuerzas que me permitan tomar las mejores decisiones en pro de los demás y de mi propia salvación.

Él va dejando heridos y su madre los va sanando.

Él va recorriendo el camino de la vida. Se encuentra con distintas personas en la ruta, con quienes dialoga, ríe, canta, llora, discute y algunos de ellos terminan heridos en el camino; ya sea por un malentendido o cualquier otra de esas razones que causan división.

Él sigue su camino, pero lo que no sabe es que detrás, a una distancia de treinta pasos, viene su madre; va encontrando a cada una de las personas que su hijo dejó heridas, las toma en los brazos, los lleva a un hospital y se asegura que reciban todos los cuidados y atenciones que requieran para sanar.

Él sigue tras sus objetivos, no es su intención dañar a nadie. Pero en ocasiones hay que decir «no» a ciertas personas que no prometen nada bueno y que más bien le pueden perjudicar; sin embargo, su madre no escatima en quienes sean esas personas que quedan a la orilla del camino. Ella sin distinción alguna, va abrazando a los que quedaron rezagados y con ternura y delicadeza los ayuda a levantarse y seguir adelante.

Que madre tan atenta, que madre tan preocupada por enmendar las pisadas de su hijo que, sin mala intención, termina dejando heridos a lo largo del sendero.

El hijo agradecido se termina enterando y le dice: «Gracias madre por tu gran amor y ternura que me sobrepasa y llega hasta las terceras personas con las que me encuentro en el camino».

Le doy sentido hasta a lo que no lo tiene

Una realidad en la que me encuentro de forma opcional; una decisión vital que resulta ser un callejón sin salida. Sin embargo, yo viendo esa pared frente a mí, dibujo una ruta en esta, simulando que sí hay un camino que seguir frente a mí.

Es una ilusión creada por mi mente creativa. Tengo una gran imaginación para crear hasta lo que no tiene razón de ser. Es impresionante las capacidades del ser humano para dar sentido a las cosas.

Tengo la capacidad de producir y dirigir una película ficticia con toda una serie de personajes involucrados y una compleja trama que puede radicar entre lo dramático, épico, fantasioso, romántico, cómico, nostálgico y con algo de suspenso.

Soy director de mi propia vida, pero esa es una autoridad que se me dio de arriba, de Dios Padre quien me otorgó el libre albedrío. Dice el libro de Génesis: “Allí está también el árbol del conocimiento del bien y el mal”.

Mi vida se trata de decisiones, decisiones que tienen consecuencias, las cuales he de asumir responsablemente. Decía un sacerdote: “Cargar la cruz no es más que asumir responsablemente las consecuencias de nuestras decisiones”.

Es por eso que, con mi capacidad creativa, mi entusiasmo y vitalidad he de decidir coherentemente los pasos a dar en la vida, para poder asumir con seguridad y satisfacción, lo que ha de venir como consecuencia.

¿Qué quieres que haga por ti?

Jesús me puso a pensar esta mañana.

Recordaba un pasaje bíblico del ciego Bartimeo, quien está a la orilla del camino. Pasa Jesús con una multitud; Bartimeo se entera y lo llama con efusividad: «¡JESÚS, HIJO DE DAVID!»

Saltándome la parte del medio de ese pasaje, me dirijo al final. Jesús lo mira y le pregunta: «¿Qué quieres que haga por ti?» Lo leíste bien, Jesús vio que el hombre evidentemente era ciego y le preguntó qué quería que hiciera por él. Bartimeo respondió: «Que vea Señor». Y así fue.

Aunque Bartimeo, aún siendo ciego, pudo haber pedido cualquier otra cosa si su deseo no hubiera sido recobrar la vista; como por ejemplo unas sandalias nuevas.

Lo que quiero enfatizar aquí es la actitud de Jesús. Jesús nunca impuso nada, siempre respetó la libertad de los demás. Por eso aunque la persona tuviera una carencia clara, Jesús en lugar de decir: «Te falta esto y esto, voy a resolver «, decía en su lugar: «¿Qué quieres que haga por ti?»

Ojalá que yo también pueda encarar a los demás sin decirles lo que tienen que hacer, sino respetando sus opciones de vida y preguntando: «¿Qué quieres que haga por ti?» Y si no quieren nada de mí, respetar sus decisiones sin entrometerme.

Cuando las heridas hablan

He escuchado por ahí esta frase: «Lo exterior es la consecuencia de que hay adentro».

Mucho tiempo atrás hubo etapas de mi vida en las que descargaba una gran carga de ira hacia otras personas, entre ellas, hacia mi papá.

Veía razones para odiarlo acusándolo de no quererme ni demostrarme afecto de verdad. Yo era una víctima al no haber recibido el amor que merecía como hijo.

Hoy veo que el problema no estaba en mi papá, sino en mis heridas con base en mi percepción e interpretación de los acontecimientos de mi historia vital.

El día que comencé a excarvar adentro de mí, limpiar el desorden de mi corazón y comenzar a sanar, fue cuando las rabias y los grandes desencantos fueron desapareciendo.

He vivido esta frase bíblica de Jesús: «Vengan a mí los que están cansados y agobiados, porque yo les daré alivio».

Sí, Jesús me ha dado alivio a través de personas concretas que me han abierto los ojos para ver la realidad de forma clara y objetiva.

A veces no se trata de que las cosas afuera cambien para estar mejor, sino cambiar uno mismo para que así todo lo externo se vea con otros ojos y se sobrelleve de otro modo.

El cielo llora, pero se alegrará

Una tormenta hoy por un nuevo amanecer.

El cielo está de luto. Un alma muere y se pierde en la oscuridad su esencia.

El cielo sabe que es parte del proceso, que ese alma se sumerja en la profundidad del silencio fúnebre para que ocurra la metamorfosis, el renacimiento.

A veces hay que morir para vivir. El cielo llora hoy, pero sé alegrará mañana,  porque como dice Romanos 8, 28: «Todo lo permite Dios para el bien de los que lo aman».

El cielo llora hoy, pero sabe que cada lágrima vale la pena por lo que existirá en el porvenir.

Estoy descubriendo el Propósito

Estoy vislumbrando el propósito.

Querido Propósito,

Estoy comenzando a sentirte. No te veo aún, pero ya huelo tu aroma y percibo tu presencia cerca de mí. Me falta poco para tocarte, abrazarte y conocerte finalmente.

Te me has hecho el escurridizo. Eres muy hábil y sutil; tienes la capacidad de pasar desapercibido. Pero sé que lo haces a propósito querido Propósito. Sé que requieres que yo agudice mis sentidos para verte con total claridad y poder aprovecharte al máximo.

Ya mi corazón se comenzó a acelerar y a encender en el fuego del sentido de mi vida, porque estoy cercano a ti, mi querido Propósito. Puedo percatarme de que has dejado huellas en el camino y logro identificar tus pasos. Voy tras de ti Propósito amado. Esta vez sí será real, sí te tendré en mis manos y caminaré contigo hacia donde me tienes predestinado.

Todos en la vida vinimos con un propósito, con un plan que cumplir. Hoy estoy más cerca que nunca de encontrar el mío. Y tú, ¿ya encontraste tu Propósito?

Aferrado al pasado, me cerraba al presente y al futuro

Vivía condicionado por mi pasado

Cada vez que hacía algo, fruto de los dones y talentos que Dios me regaló, las personas me felicitaban y daban buenos comentarios. Sin embargo, yo ponía en tela de duda que realmente yo tuviera siquiera un talento o don en realidad.

Estas dudas sobre mis capacidades tenían una razón que se remontaba a mi infancia y preadolescencia. Cuando era chico, recuerdo haber experimentado muchos momentos de burlas hacia mí, de parte de amigos (lo que hoy en día llamaríamos bullying). Muchas de esas vivencias fueron creando en mí un autoconcepto de que yo era torpe y simplemente el hazme reír de los demás.

Haberme creído esas falsas teorías, me hacía dudar de que yo fuera capaz de hacer algo bien o de ser talentoso. Como decía un amigo por allí: «yo me autosaboteaba».

Me ha tocado ir abriendo los ojos, conociéndome y descubriendo que soy un hombre capaz, para poder disfrutar verdaderamente de la vida y sacar a relucir mi auténtico yo.

Hoy en día vivo agradecido por la persona que soy y no tengo duda que Dios me ha brindado muchos talentos, los cuales con mucha alegría dispongo a su servicio.

Todos tenemos algo bueno que aportar al mundo, solo hace falta descubrir qué es aquello para lo que somos buenos. Y tú, ¿ya descubriste lo que se te da bien?