Cuando pierdo la paz, el mundo se vuelve turbio ante mis ojos.
Cuando desaparece la paz, la fluidez de mis pensamientos se detienen y tengo que empezar a forzarlos para que transiten por mi cabeza. Surge un bloqueo en el cauce de la naturaleza de mi personalidad, aquella que me hace especial.
Cuando pierdo la paz, la alegría se desvanece y sonreír se vuelve un arduo trabajo que requiere mucho esfuerzo; como si estuviera aplicando fuerza contra un resorte.
No tener paz, es no tener vida; es vivir absorbido por la angustia y la desesperación. Cuando la paz no está presente, toca fingir y luchar por mantener una postura serena para enfrentar los afanes del día.
Cuando no hay paz, no hay espacio en la mente para enfocarse en las tareas que se deben cumplir en la jornada. Cuando ha sido así, he ansiado entonces que se acabara el día para buscar aquella fuente que, como una droga, me embriagaba, pero que a la vez, me quitaba la paz.
No le deseo a nadie la ausencia de paz. Creo que no hay nada peor que eso. Que pueda mantener la fidelidad a mi conciencia para siempre estar rebosante de paz y vitalidad.
He estado levantándome a las 4:30 a.m. con la finalidad de sentarme a rezar los veinte misterios del rosario. Tenía una motivación puntual que me daba la fuerza para despegarme de la cama prácticamente con la activación de la alarma.
Esa motivación se esfumó, pero tengo la determinación y voluntad para seguir haciéndolo aunque mi cuerpo no quiera; aunque mi ánimo no de para ello. Sé que ahora va a ser más difícil. Pero creo que tengo que seguir con mi rutina de rezo matutino y vespertino.
Hay una fuerza en mi interior que me está impulsando a seguir con ese hábito. Algo me dice que ese va a ser el medio por el cual Dios me irá descubriendo el camino auténtico; mi sentido y propósito en la vida.
El deseo sexual desenfrenado es un animal encadenado, al que si sueltas, devora todo lo que se encuentra a su paso; no escatima en consecuencias, no es estable ni tiene equilibrio, es totalmente desmesurado y cuando avanza, es equivalente a un tsunami. Dejarlo fluir causa un placer intenso y fugaz; se despierta y al rato, desaparece dejando un vacío; aquella plenitud momentánea se transforma en una ausencia agobiante.
El amor es diferente, es como una brisa casi imperceptible, que no ves, pero que refresca. Te provoca bienestar, calma, respiración profunda y un estado de paz constante. El amor es tan sutil que suelta al animal encadenado y lo acaricia, lo trata con dulzura y dicho animal se vuelve manso, obediente y tierno. Dejar fluir al amor causa un estado de embriaguez en la tranquilidad del espíritu y te envuelve en la plenitud de sentirse uno con todo lo que te rodea. El amor deja armonía y una sonrisa de gratitud por donde pasa.
Este sentimiento es un impulso que despierta en mí un deseo carnal que me invita a dejarme llevar por mis instintos primitivos, haciendo que pierda la razón y traicione mis principios y a mi conciencia.
A primera vista se ve como una oferta atractiva, prometedora que llenará los deseos de la pasión corporal y sentimental. Pero en la medida que voy entrando en ese ámbito, las otras dimensiones, las del alma, se van deteriorando y frustrando.
Esto causa una sensación mixta: «el gusto emocional y físico vs. la turbación existencial». Es una contradicción del ser, un choque de dos realidades que provocan el caos interior.
Han sido varias las ocasiones en las que he aceptado la oferta y me he metido de lleno en área restringida. Las consecuencias, en absolutamente todos los casos, han sido nefastas.
En cada uno de los siguientes intentos, iba justificando las relaciones anteriores, diciendo que la tribulación era porque no tenía la madurez para llevar la relación como debía ser, pero que en la nueva oportunidad, estaba preparado para sobrellevar el vínculo y ahora sí iba a funcionar.
Ya no hay tela de duda sobre la realidad. No fui creado para esa opción de vida, aunque sea un poco triste y difícil admitirlo; el último caso ha sido la advertencia definitiva para dejar de insistir en una alternativa que no funciona.
Ahora la pregunta es: «¿Cuál es la opción de vida para la que fui creado?»
Tú sabes que está mal y, aún así, lo haces. Sabes que no es lo correcto, pero tu necedad te mantiene en el lugar donde no deberías estar.
Así como tienes determinación para hacer cosas buenas, tienes la misma para desviarte y quedarte fuera del sendero que te corresponde.
No hay que dar grandes explicaciones, las cosas son como son. Tú sabes que estás mal.
Sí, yo sé que estoy mal. Sé que estoy haciendo algo que no quiero. No justifico mis acciones porque sé que no son las correctas.
Realmente estoy cansado de siempre estar bien; por eso, quiero estar mal también. ¿Seré masoquista? Sí, puede decirse así.
Yo estoy mal porque quiero estarlo, quiero sentirme mal por un tiempo. Quiero alejarme del camino que me corresponde. Estoy mal porque ese es mi deseo.
Padre, tú sabes que estoy mal, porque quiero estar mal.
No sé si estoy haciendo lo correcto al emprender ese negocio.
¿Cómo te sientes al respecto de lo que conlleva ese negocio? ¿te sientes preparado? ¿Crees que te llevaría a buen término este proyecto?
Doctora, la verdad creo que sí me llevaría a buen término; aunque mi abuelo duda y me ha advertido que ese negocio puede terminar mal. Estoy en un dilema sobre si le hago caso a mi abuelo o si sigo mi intuición.
¿Qué te dice tu intuición?
A pesar del susto que me genera la incertidumbre del futuro, mi corazón me dice que siga adelante con el plan, que no tenga miedo; y la verdad doctora, a pesar del temor que me embarga, hay una clara convicción en lo profundo de mi ser que me dice: ¡Avanza!
Entonces Roderic, creo que tienes clara tu respuesta y decisión sobre lo que harás.
Sí doctora, voy a avanzar con este emprendimiento, contra mis miedos y dudas, seguiré, porque tengo una certeza muy arraigada con respecto a esto.
Había una vez una sombra de miedo que rodeaba todo el bosque y lo envolvía en penumbras, desolación y agonía perpetua. Lo único que se alcanzaba a oír dentro del bosque eran lamentos, llantos eufóricos y gritos desconsolados de pánico. Al parecer no había dónde recostar la cabeza; la persona que se encontrara dentro de aquel frondoso bosque, no volvía a ver la luz del sol.
Estaba este joven guerrero que había llegado desde un lugar muy lejano, después de haber peleado arduamente en una batalla en la que su ejército había sido derrotado. Caminaba como una persona errante. Sin más, entró en el bosque sin fijarse siquiera en el panorama tenebroso que se contemplaba en la frondosidad de este.
Cinco minutos después de haber entrado en el bosque, el guerrero comenzó a sentir que le faltaba el oxígeno; le costaba respirar y lo hacía con una gran agitación; empezó a sudar excesivamente; su mente se dispersó notablemente y no lograba centrarse en nada; estaba totalmente desprendido de la realidad.
El guerrero comenzó a tener visiones distorsionadas de personas y a escuchar voces. Pensó: «¿qué me está pasando? Desde que entré a este bosque me he comenzado a sentir de manera muy extraña; ¿qué es lo que tiene este lugar?»
Por un momento, el guerrero pensó que iba a perder los estribos, pero se quedó sentado, apoyó sus brazos sobre los muslos, agachó la cabeza y estuvo en silencio guardando esa postura, como queriendo dejar que su mente fluyera sin ponerle ninguna traba con sus prejuicios y percepciones.
Luego de unos minutos así, el guerrero metió su mano derecha en el bolsillo y sacó una camándula. Se propuso rezar el Rosario para encontrar la paz que ya había comenzado a perder. Sus palabras, al iniciar, fueron: «Señor, que se haga en mí tu voluntad».
A los pocos minutos, el guerrero cayó en un profundo sueño. Al despertar, estuvo un poco desorientado hasta que se ubicó; parecía ser medianoche, puesto que la luna estaba en lo más alto. El guerrero se quedó mirando esa inmensa luna llena, la cual parecía que si ascendía un poco podría hasta tocarla.
En ese momento comenzó a reflexionar sobre su existencia, el sentido de su vida, el por qué y para qué de su ser y estar en el mundo. En el silencio de la noche, pasaba por su mente, su pasado; todas las batallas que había enfrentado tanto a nivel externo como en la dimensión emocional y existencial.
El guerrero encontró una respuesta clave: «No se había dado cuenta hasta ahora de que, aunque parecía estar en paz y conforme en su vida, la verdad era otra. Tenía una profunda inconformidad con quien era». Todo en su vida se veía en completo orden, a la vista de sus súbditos, era una persona realizada, claro en sus objetivos y con la determinación de vivir plenamente cumpliendo con su deber.
Pero el guerrero tenía una pequeña espina incrustada justo en la parte central de su corazón; aparentemente era un dolor imperceptible; pero eran en los momentos de quietud en los que levemente iba surgiendo la sensación de esa punzada.
Los extraños ruidos del bosque comenzaron a surgir, pero esta vez, el guerrero estaba tranquilo con sus ojos cerrados adentrado en su silencio interior; los sonidos externos se volvieron imperceptibles para sus oídos.
El guerrero, como por inercia, levantó su mano derecha a la altura del corazón y la insertó en su pecho, con el dedo índice y pulgar alcanzó a tomar la espina incrustada y suavemente la sacó. De pronto, sintió como si una carga pesadísima se le hubiera quitado de los hombros. Le dieron ganas de llorar, y se soltó a derramar lágrimas y un gran llanto. El guerrero se estaba liberando de esa herida que durante tantos años le había acompañado.
Luego de un largo espacio de desahogo, el guerrero sintió la verdadera paz; y fue así, como entendió que lo que él pensaba que era la serenidad, no fue más que una ilusión. Ahora sí sabía lo que era la calma interior. No podía entender cómo había pasado tantos años con ese dolor en su corazón pensando que sentirse así era lo normal.
El guerrero se puso de pie, ya había amanecido y extrañamente el bosque había abierto un camino. Al parecer fue benévolo con el guerrero y le permitió salir de allí. El camino lo dirigió a la cima de una montaña. El guerrero caminó sintiendo que flotaba de lo libre que se sentía. Al llegar a la cima se sentó y vio el amanecer. Allí comprendió que no tenía nada que buscar, todo lo que necesitaba estaba en la quietud de su corazón.
Eren, se está notando un cambio destacado en ti. No eres el mismo de hace tan solo unos días atrás.
La neuroplasticidad de tu cerebro ha comenzado a trabajar de manera que, toda tu perspectiva de la vida, miedos, preocupaciones y ansiedades se han ido disipando.
Eren, eres un joven renovado por la Gracia Divina. Tus prioridades ahora son diferentes; has ido encontrando el verdadero sentido de la vida. Cuando antes te quedabas inmerso en las banalidades de lo ilusorio, ahora estás entrando a la esencia de la vida.
Vive en plenitud, mantén los pies sobre la tierra aunque tu mirada esté dirigida al cielo. Grandes cosas te esperan, vas a ser autor de obras colosales en favor de la humanidad.
Prepárate Eren, ha comenzado una nueva época en tu vida, la del éxito rotundo, la prosperidad absoluta y la paz que proviene de lo alto. Ten fe, el Señor guía cada uno de tus pasos. No tengas miedo nunca más, estás bajo el control total de Dios.