Decía una madre a su hijo: «No te engañes mi amor.»
Esas palabras las veo muy importantes para cada uno de nosotros. En este caminar que se llama vida, me he dado cuenta que vivir engañándome a mí mismo solo me trae angustia, intranquilidad e inseguridad.
Pienso que es muy importante ser fiel a quien eres. Si no te gusta tomar licor, no tienes que hacerlo para encajar entre tus amigos; si eres hiperactivo o muy pasivo, ese eres tú.
Vivir en la verdad de tu auténtico ser, fiel a tu personalidad, te dará paz. Cuán lamentable es vivir fingiendo ser alguien que no soy para encajar en algún entorno social.
No te engañes, vivir de las apariencias lo único que hará es privarte de tener paz en tu mente y corazón. Sé fiel a ti mismo y vive bajo el dictamen de tu conciencia, asume los valores de Cristo que se resumen en el amor y servicio. Pero no te impongas esa carga innecesaria de aparentar.
Muchos piensan que caminar con Dios trae como consecuencia: tener riqueza material, no tener problemas ni enfermedades, estar siempre alegres, etc… etc… etc…
No hay nada más alejado de la realidad que eso. El creyente vive las mismas circunstancias de la vida que el no creyente, los problemas son los mismos; puede enfermarse e incluso morir a causa de ello; puede deprimirse, enojarse, frustrarse, estar desempleado, perder a sus seres queridos y también ser víctima de grandes injusticias.
Dirán algunos: Entonces, si Dios no me quita las cargas y problemas, ¿para qué buscarlo? Pues precisamente puedes buscarlo para que asumas las adversidades de forma distinta. Lo que para alguien pueda ser causa de suicidio, para ti que crees en Dios, será una prueba que Dios permitió para hacerte más fuerte y también para darte sensibilidad y compasión con aquellos que pasen lo mismo que tú.
Si ves la vida con los ojos de la fe, verás que nada de lo que te sucede termina siendo algo malo, sino que son oportunidades para poner tu mirada en Dios, para dejar de confiar en tus propias fuerzas limitadas y poner toda tu confianza en el Creador.
No te olvides de este pasaje bíblico que resume todo lo escrito aquí:
Todo lo permite Dios para el bien de los que ama.
Dios no te condena. Los problemas de la vida, al igual que los momentos de gozo son simplemente circunstancias de la vida. La vida no es buena o mala, simplemente es la vida. Vívela al máximo: si estás feliz, vive esa felicidad con plenitud; si estás triste, vive esa tristeza con plenitud.
Estoy aquí sentado en una noche tranquila, rodeado de la naturaleza; acordándome de ese Enoc de hace más de 15 años. Me impresiona ver lo mucho que he cambiado. Antes estaba arraigado a muchas cosas efímeras como el deseo de ser famoso y el más querido entre mis amigos, familiares y conocidos.
Sobre todo recuerdo como crecí siendo un muchacho muy reprimido cuando de expresar mis sentimientos se trataba. Tenía un autoestima muy baja y recuerdo que temía a las personas de cierta manera, porque veía a todos como superiores a mi.
Hoy en día pienso: «Cuánto potencial he tenido yo siempre y antes solo me limitaba a ser un simple espectador de la vida de los demás, sin entrar a jugar en el partido de la mía.»
Si me preguntas a mi: ¿Qué frutos pueden surgir de poner a Dios en el centro de tu vida? Yo te diré que muchísimos frutos dará en tu completa existencia, a nivel físico, emocional y espiritual. Hoy yo me siento tan pleno, tan lleno de Dios y con paz en mi corazón, con mucha alegría que quiero compartir. Sobre todo unas ganas inmensas de explotar todo el potencial que Dios me ha dado a través de mis dones y talentos.
Dios no me ha transformado en una persona nueva. Sino que Dios me ha hecho llegar a ser mi auténtico yo. Creo que no hay nada que haga más feliz en esta vida que ser uno mismo, con sus virtudes y defectos, sin tapar nada, solo SER.
Lo único que pido a Dios y que te invito a pedirle cada día es esto: Padre, que se haga tu Voluntad. Pedirle eso a Dios, es pedirle todo lo que necesita el mundo y lo que necesitas tú.
Me gusta como suena esto: Estoy en las Manos de Dios.
Si hay algo de lo que estoy seguro, es que tengo una gran responsabilidadcon sobre todo aquello que me corresponde hacer en cada ámbito de mi vida: laboral, familiar, eclesial, personal y social.
Creo firmemente en la existencia de Dios y de que Él tiene un Propósito claro para mí vida y a través de ella. Eso me brinda serenidad ante los acontecimientos de mi existencia. Me hace suspirar con alivio para afirmar: Señor, Tú estás al volante de mi vida.
Dentro de mis posibilidades, procuro aportar cosas buenas en la sociedad. Creo que para eso Dios me ha traido al mundo; para hacer el bien. Considero que la vida no tendría sentido si no se utilizará para ayudar a los demás para alcanzar un bien mayor.
Allí es precisamente donde veo la Mano de Dios, puesto que creo que Él me va poniendo cada día una serie de oportunidades para hacer el bien a otros. Mi deber como hijo suyo está en aprovechar cada una de esas oportunidades para recordar a las personas que no están solas, que alguien se preocupa por ellas y que sepan que son seres humanos amados por Dios. Pero considero importante que las personas vean ese amor de Dios reflejado en el prójimo que se preocupa por ellos para que así puedan ver a Dios como el Padre amoroso.
Dice la Palabra de Dios: ¿Cómo puedes decir que amas a Dios a quien no ves, si no amas a tu hermano a quien ves?
Creo que estoy en Manos de Dios y que Él pone en mis manos ayudar a otros a darse cuenta de ello en sus vidas también.
Cuando señalo, un dedo apunta a quien me dirijo y los otros tres me apuntan a mí.
Hoy en día estoy claro de que soy un hombre imperfecto, lo cual no quita que tenga virtudes.
Antes pensaba que la Iglesia Católica era solo para personas perfectas o con cierta cantidad de virtudes. Sin embargo, una vez leí este pasaje que se me ha grabado y es ahora mi favorito. Decía Jesús: «No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos. No he venido por los justos, sino por los pecadores». Marcos 2, 17.
Cuando entré a ser miembro activo de la Iglesia en el año 2009, se me ocurrió que yo como católico ya era bueno e intachable (se me metió la locura de la perfección soberbia) y considerada que tenía la responsabilidad de cambiar a las personas que pecaban y que tomaban decisiones que, según mi criterio, eran malas. Y la manera de hacerlo era echarles en cara sus errores.
Poco a poco fui descubriendo lo equivocado de mi proceder. Comencé a vivir las consecuencias de esa actitud que me llevó a la soledad. En vez de acercar a las personas, lo que causaba era rechazo y alejamiento.
Un día me llegué a hacer este cuestionamiento: si Jesús, siendo Dios, no vino a juzgarnos, ¿por qué yo lo hago? Abandoné la costumbre de querer cambiar a las personas, y preferí aprender a amarlas como son. He descubierto que el amor tiene un carácter transformador. Sintiéndome amado, me siento lleno de vitalidad. Entonces vi que la clave no es el juicio, sino la compasión.
Le escuchaba a un sacerdote amigo: No se trata de no pecar, sino de mucho amar. Porque el que ama, no procurará hacer mal a nadie.
Hace tres años yo afirmaba que confiaba plenamente en Dios y que estaba abandonado en su Voluntad; sin embargo, en mi corazón afirmaba: ¡Esto es lo que tiene que pasar en mi vida!
Confiaba en Dios aparentemente, pero a la vez, tenía definido lo qué tenía que suceder para mi porvenir. Esto me llevó a experimentar una inmensa desilusión al no darse los acontecimientos como yo esperaba.
Es curioso como yo inconscientemente asumía el papel de Dios en lo que se refería a mi vida y porvenir. Claro, sé que uno como ser humano se planifica, plantea sus sueños y metas personales y creo que es lo más lógico. Pero considero que uno controla sus planes, sin embargo, el futuro es incierto. Yo de cierta manera tenía un concepto de saber claramente lo que Dios iba a hacer a mi favor y lo que no. En mi mente, mi voluntad era un dictamen divino con carácter irrevocable.
No te afanes por el mañana. Cada día trae su propio afán. Mateo 6, 34
Por supuesto que esa actitud que ahora me parece que fue algo arrogante, me trajo unos golpes durísimos en la vida. Que la vida me bajara de mi nube de omnipotencia cuando lo que yo había predestinado no salía como esperaba, era un duro golpe para mi ego. Después de tantos estrellones llegué a una conclusión para tener paz. Me decía: Enoc, no te afanes por el mañana, ni te estreses por el pasado que ya no se puede cambiar. Recuerda que Jesús dice: Cada día trae su propio afán. Así que vive un día a la vez.
Esto ha traído como consecuencia, la serenidad inrerior que antes no había tenido.
Para aclarar el termino procrastinar en resumen entiendo que es algo así como: dejar las responsabilidades para último momento.
Pero me parece muy interesante aplicar este término de una forma poco habitual. Como ser procrastinador para amar; por ejemplo figurandome cuando mamá, papá, hermano/a, un amigo, etc. solicita de mi tiempo para hablar, escucharle, o simplemente estar allí para él o ella. De pronto podría yo decir: En otro momento será, ahora mismo estoy muy ocupado; y así me voy día tras día y al cabo de un mes, no he sacado de mi tiempo y espacio personal para dedicarle a aquel o aquella que me demanda atención.
Creo que por lo general las personas necesitamos sabernos y sentirnos amados. Por ejemplo lo veo en la siguiente realidad: Los niños usualmente buscan llamar la atención de papá y mamá. Años después el joven quiere destacar para que su papá le dé una palmada en la espalda y le reconozca.
Así mismo, a veces las personas de alguna u otra forma demandan cariño y atención y nos puede llevar a fijarnos en qué tanto tiempo estamos dispuestos a invertir en aquella persona. Es increíble el bien que podemos hacer a alguien con solo escucharle o simplemente compartir nuestro tiempo.
Es fácil decirlo, pero muchas veces parece hasta imposible poder hacerlo.
De adolescente, me era muy difícil perdonar y parecía que me encantaba guardar resentimiento y rencor hacia aquellos que de alguna manera, según mi percepción, me ofendían. Mi pan de cada día era la rabia y tener el odio como emoción fundamental en mi cotidianidad.
Pero ¿por qué nacía de mi este sentir tan dañino para mí y los demás? Pienso que una de las razones principales era que no me sentía a gusto conmigo mismo, solía envidiar a los demás por verlos como personas superiores a mí. Esta envidia me carcomía y de cierta forma no era para nada feliz, no había serenidad en mi corazón; siempre estaba anhelando ser o estar como otros.
De por sí, esta infelicidad e insatisfacción me llevaba a tener también odio por los demás porque, según mi percepción, eran mejores que yo y mi persona era insignificante. No me daba valor propio y por lo tanto, no sentía que los demás me dieran valor.
No era capaz de perdonar a aquel que me hiciera un daño o me hiciera sentir mal con alguna palabra o actitud. Peor aún, no era capaz de perdonarme a mi por mis errores.
Luego, con el pasar de los años fui viendo el perdón desde la perspectiva de Jesús que nos enseñan las Sagradas Escrituras.
A través de la vida y ejemplo de Jesús, evidencié la mayor lección: Aceptarme y amarme con mis miles de virtudes y defectos. Pero sobre todo a perdonarme primero a mi porque soy humano y me equivoco; y a perdonar a los demás, porque si Él, no sólo me ordenó amar hasta a los enemigos, sino que en la cruz perdonó a aquellos que lo llevaron a esa muerte tan atroz, no tengo excusas suficientemente pesadas para no perdonar.
Me veo como creación de las Manos de Dios y pienso que el Padre Todopoderoso no se equivoca, lo hace todo perfecto, aunque a veces sea difícil de creer. Escuchaba esta frase que me gustó mucho: Dios escribe recto en renglones torcidos. Así creo que mi vida con todas sus oscuridades y luces, es la vida perfecta para cumplir un gran propósito para el que sé que he sido creado. Procuro ante todo confiar en Dios y decirle en medio de las alegrías y tormentas: «Señor, que se haga Tu Voluntad.»
Tal vez no entienda la situación que vivo a veces, pero tengo la seguridad que Jesús jamás me ha dejado solo y nunca lo hará.
Nada te turbe Nada te espante Todo se pasa Dios no se muda La paciencia todo lo alcanza Quien a Dios tiene nada le falta Solo Dios basta. Santa Teresa de Ávila
Considero que la conciencia es tan importante para vivir equilibradamente. Cuando uno es niño, papá y mamá van enseñando qué es bueno y qué es malo. El niño por su propia cuenta no logra distinguir que le conviene y qué le puede perjudicar; incluso el miedo puede ser un factor del que carezca; sin embargo, los progenitores son quienes van formándolo y él, en la medida que va creciendo, va adquiriendo la conciencia de lo correcto y lo incorrecto.
Considero esencial la formación desde niños en cuanto a los valores humanos, los principios para aprender a convivir sanamente y ser una persona íntegra. Pienso que la conciencia se va formando en la medida que vamos explorando en la vida y escuchando a otras personas que nos instruyen como la familia (principalmente), las instituciones académicas y la sociedad generalmente.
Mi recorrido durante la niñez y adolescencia fue de muchísimo aprendizaje, muchos golpes a raíz de malas decisiones. No es que he hecho las grandes equivocaciones, pero para mí, todo problema que pasaba era considerado de una gravedad colosal; me ahogaba en un vaso de agua.
Con el pasar de los años he ido adquiriendo una conciencia más clara de lo que es apropiado y lo que no. En fin de cuentas, creo que es el proceso normal del ser humano en la medida que crece y va madurando. Pero algo que destaco, es que independientemente de lo que me digan otros, procuro siempre ser fiel a mi conciencia. Tengo apertura y escucho opiniones, percepciones de vida distintas u cualquier otra realidad social; proceso en mi pensamiento todo lo que experimento y veo, pero al final me arraigo a lo que dicta mi conciencia.
Para mí, esa es la forma más práctica y sencilla para tener paz y ser verdaderamente feliz.
¿No te has preguntado alguna vez el propósito de la vida cristiana? Te confieso que yo desde los 18 años que inicie mi caminar serio en la iglesia, hasta los 30 años tenía un concepto muy diferente al que tengo hoy sobre la fe cristiana. Yo pensaba únicamente en NO PECAR. EN LO QUE ES Y LO QUE NO ES PECADO. Sí, vivía todo el tiempo pensando si estaba en pecado o si no lo estaba.
Creo que por tanto pensar en eso, me perdía de vivir plenamente mi vida. Por ahí dicen: No se trata de no pecar, sino de mucho amar. Cuando escucho esta frase de San Agustín: «Ama y haz lo que quieras». Le encuentro lógica, porque si amo, voy a buscar en todo el bien mío y el bien de los demás. No optaré por dañar a nadie.
Una frase que me llama la atención de Jesús es: «Misericordia quiero y no sacrificios». Por eso ahora, en lugar de tener fijación sobre si estoy o no en pecado, me fijo en cómo esta mi relación con los que me rodean: familiares, amigos, conocidos. Reviso si estoy haciendo algún bien a ellos o lo contrario. Pienso que la palabra amor está tan desgastada que a veces nos olvidamos de la esencia de la misma. Considero que el amor se manifiesta a través de obras concretas, no lo veo como algo de tono romántico, sino más bien lo veo ligado a lo que conlleva sacrificio, responsabilidad, paciencia, solidaridad y el resto de los principios, valores y virtudes humanas puestas en práctica.