Aprendo por la experiencia

Una de las cosas que me caracteriza es mi metodología para aprender lecciones de vida en el ámbito emocional y sentimental. Tengo entendido que emoción no es lo mismo que sentimiento; que emoción es lo que surge automáticamente ante los estímulos del entorno, sin embargo, el sentimiento es el que se produce dependiendo de cómo proceso la emoción que surgió. No soy psicólogo, pero eso es lo que entiendo.

Hay veces en mi vida en las que no se me hace suficiente escuchar algo como: “No vayas por ahí”, porque mis emociones y sentimientos me impulsan con una fuerza descomunal a ir por ese camino, aunque se vislumbre que no me conviene; y es que, hay experiencias en la vida que si no las vivo, no me quedo tranquilo; yo tengo un ímpetu colosal por hacer aquellas cosas en las que creo, y aunque a veces sé que lo que creo no parece ser lo más oportuno para mí, voy de cabeza hacia ello.

Hay cosas en la vida que me gusta vivir, y probar por mi propia cuenta para verificar su funcionalidad. Me viene a la memoria esa frase popular: “Es mejor pedir perdón, que pedir permiso”. Puede parecer algo absurda esa frase, pero en efecto, la vida se trata de prueba y error. Creo que la clave para mí, es no quedarme paralizado, congelado en la vida sin tomar decisiones por miedo a equivocarme. La única manera de aprender que veo más eficiente es saliendo al mundo y experimentando según mi conciencia me dicte. Está claro que en ocasiones, lo que yo crea que es lo correcto, podría no serlo y que eso me puede conllevar consecuencias dolorosas; pero, ¿qué haré si no vivo bajo lo que dicta mi conciencia? A veces la conciencia distorsionada se endereza probando con los duros golpes de la vida, que lo que ella cree que está bien, en efecto, no lo está.

Se me quedan las frases de mi Padre Marco: “Vive en libertad y sin condicionamientos” y “vive bajo lo que dicta tu conciencia”.

Soy humano y puedo equivocarme, pero prefiero equivocarme intentando hacer lo correcto, que estar permanentemente inactivo por miedo a fallar.

Siento lo que siento

  • ¿Qué siento?
  • Siento lo que siento; no sé cómo describirlo, pero es algo parecido a una agitación interna que no se manifiesta en lo externo. La mente en su fluidez de pensamiento, se va de largo y recorre un largo camino de ideas, algunas con sentido y otras no. Al fin y al cabo, no hay claridad, pero sí una ligera y casi imperceptible respiración afanosa.

Hay momentos en los que hay en mí un poco de irritabilidad; nada que no pueda controlar, pero sí una mayor sensibilidad a los estímulos externos. Es como si quedara predispuesto para reaccionar agitadamente al entorno. 

En momentos como esos, pienso que un buen descanso me devolverá la serenidad interior; y en efecto, es así. La agitación que describo está relacionada con la falta de sueño reparador; es decir, dormir pocas horas en la noche.

A veces es difícil ver el mundo como es, con su naturalidad y fluidez; porque la turbación interior ofusca la mente, haciendo ver como si el entorno fuera agresivo o poco amigable. Sin embargo, fuera de lo que uno esté pasando internamente, el ambiente exterior es siempre el mismo, todo fluye. Son esos momentos de afán en los que es importante detenerse y dejar que los pensamientos acelerados fluyan sin ponerle barreras; porque entre más haga uno fuerza contra ellos, más se agitará la mente. Dejar fluir, y así como vienen los pensamientos, se irán. No es fácil hacerlo, pero es lo más conveniente. Es como cuando hay una gran tormenta; lo más seguro es quedarse resguardado en casa hasta que pase. Una vez que se calma la tempestad, puede uno salir a tomar aire fresco. 

Es importante ser paciente con uno mismo; principalmente cuando está exaltado, intranquilo, enojado; y una vez que pase ese diluvio interior, podrá uno ver con mayor claridad al mundo como es.

La vida a veces se torna como una montaña rusa. En mi caso sucede mucho por mis circunstancias vitales, aunque últimamente no ha pasado mucho. Pero a lo que me refiero es a lo siguiente: “Tres etapas”, la ansiedad, la calma y el desánimo.

  • En momentos de ansiedad, mi solución es hacer lo menos posible; simplemente lo que me corresponde con respecto a responsabilidades. Por lo demás, evito tomar decisiones precipitadas en los demás aspectos (personal y social principalmente).
  • En los momentos de calma, me dejo llevar por la naturalidad de mis iniciativas e impulsos creativos, además de cumplir cabalmente con mis responsabilidades y dar una milla extra si es posible.
  • En los momentos de desánimo, me toca hacer un esfuerzo sobrehumano, pero lo hago para cumplir mis deberes, añado a fuerza algo de ejercicio y entretenimiento para sobrellevar el desaliento distrayendo mi atención.

Escuchaba a alguien hablar del concepto de esperanza, como aquella convicción de que lo que está guardado en nuestra esencia, se va a desarrollar con el tiempo. En otras palabras, el propósito para el que fuiste creado, se va a cumplir de una u otra manera; solo has de dejar fluir tu vida en su ritmo natural. Yo veo mi vida, en medio de las tres etapas mencionadas arriba, como parte de un Proyecto Divino, que sea como sea, va a ir avanzando por la vía del sentido vital por el cual he nacido.

Mi oración sigue y seguirá siendo: “Señor, que se haga tu Voluntad”.

Falta de empatía

Cuando he estado inmerso en la satisfacción de mis deseos materialistas y físicos, me he sumergido de tal manera que, pierdo la sensibilidad ante las circunstancias de las personas con las que interactúo. Mi carisma sigue siendo el mismo, me mantengo sociable, pero no termino de conectar con las emociones de aquella persona con la que hablo y a la que escucho.

Podría decir como manifiesta la Palabra: “Oyen, pero no escuchan”. En casos así, oigo las palabras de las personas, pero no escucho. Estoy en una predisposición automática para responder a los estímulos del entorno. 

En circunstancias así, he salido como es de costumbre, con mi papá a tomar un café y, a diferencia de otros momentos, cuando me encuentro en ese trance de ensimismamiento, me siento con mi papá y estoy ansío terminar ese rato para irme a la casa a estar solo. Y es que cuando me vuelvo egocéntrico y pienso solamente en la satisfacción de mis impulsos primitivos, me pesa la conciencia y se vuelve una carga difícil de sostener, sobre todo cuando se acompaña con la necesidad de socializar. Es por eso, que en esas circunstancias, solo reacciono, no reflexiono ante las palabras y actitudes de las personas a mi alrededor.

Una vez que he salido de ese ciclo nocivo de autoengaño y egocentrismo, vuelvo a resucitar y a recuperar la serenidad del alma y la mente. Entonces, tomar café con mi papá, se vuelve otra vez, una experiencia sumamente placentera en la que, no mido el tiempo; puedo permanecer con él horas sentado, escuchándolo y hablando sin apuros ni cansancio.

Entonces, ya recuperado, vuelvo a las relaciones interpersonales, socializando de una manera diferente y más profunda. Ahora sí escucho a la persona que me habla, reflexiono sobre sus palabras, empatizo y hago preguntas con interés para indagar más en lo que siente. Ahora no me incomoda guardar silencio cuando estoy frente a alguien; ya no me pesa la conciencia y no tengo apuro para huir a buscar refugio en mi espacio de soledad.

Que triste es encerrarse en el ensimismamiento y perderse de la riqueza que aporta escuchar con plena atención e interés al prójimo. Espero poder siempre tener la apertura y receptividad para que las personas puedan manifestar su vida en palabras y yo aprender y aportar de la mejor manera para el bienestar de la sociedad.

Cada cosa encuentra su lugar

De pronto, les ofrecía café y me ponía a parlotear de temas y temas sin parar, procurando generar alguna distracción y evitar que hubiera silencio incómodo.

Pero había una razón por la cual no quería silencio en esos espacios; y es que mi conciencia tenía una pesada carga encima, porque no había sido fiel a ella. Ella me estaba reclamando por traicionarla y yo, queriendo resistirme y mantener mi infidelidad a ella, buscaba temas, ruidos y distracciones para no tener que escucharla.

Pero las cosas dieron un giro cuando decidí obedecerla. Me senté y concluí que estaba sufriendo innecesariamente. Me estaba castigando sin razón alguna. Es por eso que me reconcilié con mi conciencia y volví a serle fiel. Comencé a seguirla y de pronto, todo fue tomando su debido lugar. Les ofrecí café nuevamente; pero esta vez no fue necesario hablar más. Yo estaba en paz y simplemente saludé y despedí a las personas.

Fue allí cuando descubrí que no hay nada mejor y más conveniente que estar en paz con la conciencia. Solo así, cada cosa encuentra su lugar.

Qué difícil es sobrellevar el peso de las responsabilidades cuando se tiene una sensación de inestabilidad del ser. Cuando sabes que hay algo en ti que no está bien, pero aún así, tienes que esforzarte y poner tu atención en las tareas de la jornada que llevas a cabo.

La inestabilidad a la que me refiero, es la de una conciencia perturbada por las malas decisiones; por haber tomado un camino ajeno al de tu conveniencia y que sabes que no es el correcto. Cuando voy por un camino indebido, qué pesada se me hace la vida. Es como si me pusieran una mochila con 500 kilos sobre mis hombros.

Cuanto más he vivido con esa inestabilidad, más valoro la estabilidad y la tranquilidad de la conciencia cuando me encamino por la ruta correcta de mi conciencia,  mis principios y valores.

Me preguntaba: “¿Qué es lo que más valoro en la vida?” Y me respondí: “Una conciencia tranquila y en paz consigo misma”.

No hay nada que atesore más que estar en paz con mi conciencia.

¿Siento lástima o compasión?

Creo que existe una diferencia entre estas dos palabras que se parecen mucho: “lástima y compasión”. Por ejemplo:

Veo la lástima con un sentimiento de ver a otra persona que padece y simplemente percibir el dolor de esta, sin llevar a cabo una acción que ayude a esa persona a salir de su grave situación.

Por otro lado, la compasión es una identificación con el dolor y sufrimiento de la otra persona; y además, un impulso que lleva a ayudar a esa persona como sea posible.

A veces me he limitado a sentir lástima por otros y por alguna razón, no me he comprometido a ayudar como fuera posible.
En otras ocasiones, ver a una persona pasando necesidad, me ha llevado a buscar la manera de resolver su situación y aportar algo de valor para ella.

Creo que es importante siempre considerar qué puedo hacer por las personas de mi entorno. Siempre ver cómo aportar cosas positivas a los demás. Que ver a alguien en medio de una dificultad, no me haga simplemente decir: “Pobrecito”, sino que me lleve a preguntarme: “¿Qué puedo hacer para mejorar su situación?”

Ojalá todos podamos olvidarnos de la lástima e incorporar en nuestra vida la compasión.
Si vieras a una persona muy pobre, muriéndose de hambre y pidiéndote algo de comer; teniendo tú los recursos y la posibilidad de comprarle una buena comida.

¿Qué harías? ¿Le darías qué comer?
Yo creo que la naturaleza humana es la de ayudar y hacer el bien. Por el contrario, cuando una persona tiende a hacer daño a los demás o simplemente es indiferente, es porque algo no fluye con naturalidad dentro de ella; alguna herida, alguna inconformidad tiene consigo misma; un problema sin resolver en su interior que le causa esa tendencia antinatural de perjudicar o ignorar el sufrimiento de otros.

No hay nada más gratificante que ayudar al prójimo; lo cual considero que aporta un verdadero sentido de plenitud, a diferencia de cuando uno se dedica solamente a satisfacerse a sí mismo. Dicen por allí: “Mayor alegría hay en dar que en recibir”. Doy fe de esas palabras tan certeras.

Tenemos el tesoro frente a nosotros y muchas veces no lo vemos por estar cegados en el egocentrismo. Pensar solo en uno mismo hace que uno se aísle y pierda de vista su entorno social. Mirarse solo el ombligo, no permite servir a los demás y por lo tanto, se pierde la oportunidad de conectar con personas maravillosas y de crear lazos afectivos profundos de gran enriquecimiento.

Ser compasivo, amar, servir y darse a los demás. Jesús es el modelo perfecto de todo esto. Él se dio incansablemente por la humanidad, hasta el punto de dar su vida. Ojalá podamos aprender de Él y darnos también sin medida por el bien de la humanidad.

¿Por qué estoy inconforme?

Me preguntaba anoche ¿por qué me sentía inconforme con la vida? No me sentía satisfecho con mi existencia. Después descubrí que la inconformidad venía de la tristeza que sentía y de la cual no había sido consciente. Descubrí que mi corazón estaba lastimado por un suceso que ocurrió días atrás.

Cuando caí en cuenta de eso, dije: “Me permitiré estar triste y sentirme así como estoy, inconforme. Es verdad que no me gusta sentirme mal, pero reconozco que no siempre voy a estar con el mejor ánimo.

A veces uno quisiera que todo saliera de acuerdo a sus planes y pronósticos, pero la vida es impredecible; y no todo va a ser siempre como uno espera.

En medio de las circunstancias de bajón de ánimo, he descubierto que, como decía Santa Teresa de Jesús: “Todo se pasa, la paciencia todo lo alcanza. Sólo Dios basta”. He parafraseado desordenadamente y solo un extracto de esa bella oración de esa grandiosa Santa. Pero, en esa cita me centro porque, han sido muchas las veces que he pasado por desánimo; pero al final, esos bajones pasan y llega un nuevo amanecer y, con este, se dibuja una sonrisa renovadora en mi rostro.

Algo que me permite levantarme después de caer en la tristeza, es la certeza de que Dios tiene el control y que Él es mi Padre. Él nunca me deja solo y estoy en sus Manos. Por eso cito esa frase de Santa Teresa de Avila: “Solo Dios basta”.

Seguramente tendré otros momentos de inconformidad en mi vida, pero sé que así cómo vendrán, se irán, porque siempre triunfará la certeza del amor de Dios que me acompaña.

Creí, creo y creeré en el amor

  • ¿Creías que era amor?
  • Sí, lo creía y lo sigo creyendo.
  • Entonces ¿qué sucedió? No veo que permanezca ese amor.
  • No es que no permanezca; es que se ha transformado.
  • ¿Cómo se ha transformado?
  • Ha evolucionado en su esencia.
  • Pero, ¿por qué no sigue la relación?
  • ¿Crees que para que el amor sea real y permanezca, debe mantenerse perpetuamente la relación? ¿Acaso no sabes que, a veces, amar también significa soltar y dejar ir? El amor no es sinónimo de caricias y cercanía solamente. El amor es más que el contacto físico; es una fuerza que trasciende y mueve al ser a asumir y también a renunciar.
  • ¿Cómo puedo aprender a actuar por amor y no por egoísmo?
  • Puedes ir aprendiendo en la medida que te mantengas en el camino de las decisiones que generen paz en tu conciencia y en el corazón. En la medida que sigas tu intuición y no te dejes llevar por senderos que, de alguna manera te atribulan, podrás actuar con base en el amor. Y es que el amor me ha llevado a andar por rutas que me han permitido encontrarme con sonrisas de gratitud, abrazos sinceros, silencios acogedores y paz profunda. Es por eso que creí, creo y creeré siempre en el amor.

Mi mirada en el horizonte

Tengo mi mirada puesta en el horizonte. Veo el sol salir y el cielo anaranjado; una magnífica obra de arte me regala Dios en la naturaleza.

Observando el mundo creado por Dios, percibo que en cada instante me brinda destellos de su amor y ternura; me hace notar que Él siempre me tiene presente y es muy detallista conmigo.

Nace un nuevo día y nuevamente, ubico mi mirada hacia adelante; esta vez veo simplemente la pared de mi oficina; pero lo esencial no es la pared, sino lo que está surgiendo en mi mente; pensamientos de gratitud, una sensación de paz profunda y el gozo de saberme resguardado en el abrazo amoroso de mi Padre.

Los ojos de mi alma, ven el horizonte de la infinitud de la Misericordia de Jesucristo y, como desde la cruz, me abraza, me consuela y me da fuerzas y ánimos para seguir adelante con la frente en alto.

Veo en el horizonte de mi corazón, al Espíritu Santo que, en los momentos que caigo desanimado por haber perdido otra batalla, me impulsa a levantarme para que, renovado por su fuego, vuelva a intentarlo y mantenga encendida la esperanza.

Por último, veo en el horizonte de mi ser, a la Virgen María, mi Madre, que me abraza tiernamente y logra que sobreabunde en mi corazón, un cálido y tierno amor por la humanidad, para vivir siempre la caridad hacia mi prójimo.

En fin, mi mirada puesta en el horizonte, me muestra todas las maravillas procedentes de Dios y despierta en mí su Gracia que me ayuda a ser reflejo de su amor.

Mirada prostituida

Mamá, prostituí mi mirada. Puse la luz de mis ojos a la merced de todas las personas, con intenciones de todo tipo. Me expuse a los deseos más bajos y primitivos con la vista del deseo.

Madre, quiero aprender de ti, que tienes una mirada pura y casta; de ti que tienes ojos sanos y de ellos surgen deseos de bien y de santidad. Enséñame a ver con esa luz de tu vista y evadir aquellas miradas qué despiertan el instinto animal.

Los ojos son la vía por la que entran y salen los deseos más profundos del corazón. Dice por ahí: “De lo que abunda en el corazón, habla la boca”. Creo que también aplica a la mirada: “Lo que hay en el corazón, es lo que manifiestan los ojos”.

A veces no se trata simplemente de lo que expresa la mirada, sino de qué es lo que miramos. También puede influir en nuestros sentidos, lo que observamos, provocando desde sentimientos de ternura y benevolencia, hasta perversidad y maldad.

Madre, me propongo cuidar mi corazón para que de mi mirada solo salga bondad y buena intención; de igual manera procuraré prevenir y cuidar mucho lo que miro en la cotidianidad.

Cuando habla el EGO

En la empresa en la que trabajo vendemos materiales de construcción, los cuales importamos de China. Cuando se hace la compra y pasa el período de producción y travesía del contenedor, llega el momento de la gestión en aduana y la liberación de dicho contenedor para llevarlo a la plaza en la que se encuentra nuestra oficina y bodega; de manera que podamos descargar las láminas. Toda la gestión aduanera nos la hace una empresa especializada en esas operaciones. 

Para la logística de descarga del contenedor, yo estoy encargado de llamar al personal de afuera para que ayude a los que trabajan de fijo con nosotros y puedan así, descargar en dos jornadas, es decir, dos días, el material. Por lo tanto, para mí es importante ir sabiendo el día en que se estima la liberación y traída de dicho contenedor, de manera que pueda agendar los días con los trabajadores que vendrán a colaborar.

Generalmente los corredores usan una vía de comunicación, que es con la Gerente de nuestra empresa; por lo que, en ocasiones, se le dice sobre el día estimado de traslado del contenedor al sitio de descarga; de esta manera, la Gerente me hace saber también dicho comunicado para ir coordinando con el personal externo.

A veces el EGO suele salir a relucir y hacerme pensar cosas como: “¿por qué los corredores no me pueden avisar directamente a mí sobre el proceso de liberación del contenedor? 

Realmente es algo tan insignificante e irrelevante. Pero quiero destacar con esto, que muchas veces uno se siente ninguneado sin razón alguna. Uno se ofende, simplemente por la interpretación que hace de la realidad. Cuando suceden situaciones cotidianas y comunes, alguna persona puede tomarse como personal y ofensivo, algo que no tiene ningún trasfondo negativo. 

Me recuerdo de unas palabras del P. Marco Pineda cmf: “La vida es la vida, y no tiene sentido. Somos nosotros quienes le damos el sentido a esta”. 

Esta frase me hace reflexionar en que yo puedo darle el sentido que quiera a los sucesos; puedo dar un sentido negativo, o puedo darles un sentido positivo. Puedo ver el mundo como una amenaza, o puedo verlo como un sitio amigable y benevolente.

El EGO muchas veces puede distorsionar las perspectivas de manera que crea conflictos donde no habría por qué tenerlos. Creo que el EGO como tal no es ni bueno, ni malo, simplemente es lo que es. Pero cómo interpretamos las circunstancias y comportamientos del entorno, es clave para no sentirnos ofendidos.