
Una de las cosas que me caracteriza es mi metodología para aprender lecciones de vida en el ámbito emocional y sentimental. Tengo entendido que emoción no es lo mismo que sentimiento; que emoción es lo que surge automáticamente ante los estímulos del entorno, sin embargo, el sentimiento es el que se produce dependiendo de cómo proceso la emoción que surgió. No soy psicólogo, pero eso es lo que entiendo.
Hay veces en mi vida en las que no se me hace suficiente escuchar algo como: “No vayas por ahí”, porque mis emociones y sentimientos me impulsan con una fuerza descomunal a ir por ese camino, aunque se vislumbre que no me conviene; y es que, hay experiencias en la vida que si no las vivo, no me quedo tranquilo; yo tengo un ímpetu colosal por hacer aquellas cosas en las que creo, y aunque a veces sé que lo que creo no parece ser lo más oportuno para mí, voy de cabeza hacia ello.
Hay cosas en la vida que me gusta vivir, y probar por mi propia cuenta para verificar su funcionalidad. Me viene a la memoria esa frase popular: “Es mejor pedir perdón, que pedir permiso”. Puede parecer algo absurda esa frase, pero en efecto, la vida se trata de prueba y error. Creo que la clave para mí, es no quedarme paralizado, congelado en la vida sin tomar decisiones por miedo a equivocarme. La única manera de aprender que veo más eficiente es saliendo al mundo y experimentando según mi conciencia me dicte. Está claro que en ocasiones, lo que yo crea que es lo correcto, podría no serlo y que eso me puede conllevar consecuencias dolorosas; pero, ¿qué haré si no vivo bajo lo que dicta mi conciencia? A veces la conciencia distorsionada se endereza probando con los duros golpes de la vida, que lo que ella cree que está bien, en efecto, no lo está.
Se me quedan las frases de mi Padre Marco: “Vive en libertad y sin condicionamientos” y “vive bajo lo que dicta tu conciencia”.
Soy humano y puedo equivocarme, pero prefiero equivocarme intentando hacer lo correcto, que estar permanentemente inactivo por miedo a fallar.









