Los ojos de Dios

Creo que todos necesitamos ser vistos con ojos de misericordia. 

Hay dos palabras que me resuenan en relación a Dios: “justicia” y “misericordia”. La justicia sin misericordia, se volvería una carga de imposición; y la misericordia sin justicia, se transformaría en una actitud de permisividad para comportarse de cualquier manera.

Para mí, el factor clave aquí es encontrar el equilibrio. Porque es muy fácil volverse un juez y apuntar con dedo acusatorio a los demás; y por otra parte, puede uno optar por callar y dejar pasar cualquier injusticia de la que se es testigo.

Pero quiero centrarme en algo muy puntual con respecto a la misericordia. A veces he tenido la tendencia a ser poco tolerante con las personas, y lo primero que he hecho ha sido señalar y juzgar al que, según mi criterio, ha cometido un error o una falta grave. Me faltan ojos de misericordia para ser paciente con el prójimo y, más que acusarlo, ayudarle de manera amorosa y en la medida que me lo permita, para corregirlo fraternalmente.

Creo que el factor no es hacer caso omiso del hermano que yerra, sino ser sincero y no sincericida. Por ejemplo, no es lo mismo entregarle una piedra en la mano al hermano (ser sincero) a tirársela en la cara (ser sincericida); una corrección, una verdad puede decirse de dos maneras:

  • En una puede ser bien recibida y edificar a la persona.
  • En la otra puede causar una respuesta defensiva y recibir rechazo de parte de la persona.

Todo radica en si se hace con amor y con la sincera intención de ayudar, más que echar en cara las faltas. También considero importante respetar a la persona; en cuanto, si permite que se le aconseje o si no quiere consejos.

Pido a Dios que me ayude poco a poco a mirar con sus ojos a los demás, ojos de justicia, pero sobre todo de misericordia; recordando aquel mandamiento, el más importante que nos dejó Jesús: “Ámense unos a otros como yo los he amado”.

Y precisamente me pone a pensar mucho esto: “Ver con los ojos de Dios”. Me pongo a reflexionar, ¿cómo me mirara Dios? ¿qué pensará de mí? Preguntas así me planteaba una amiga quien decía que le causaba curiosidad eso mismo y que ella quisiera verse a sí misma con los ojos de Jesús, de Dios.

Hago la pregunta y se me eriza la piel: “¿Qué pensará Dios de mí?” Bueno, solo sé que los ojos de Dios están llenos de amor y su ternura me envuelve, al igual que a todos sus hijos. Quiero dejarme siempre mirar por Él, y dejarlo amarme en plenitud.

Cuando me equivoco

Qué agradable es recibir aplausos y elogios cuando uno hace las cosas bien; pero qué difícil es reconocer cuando uno se equivoca.

Dicen por ahí: “Errar es de humanos”. Pero, cómo es de desagradable para el ego, que a uno lo corrijan o le llamen la atención por hacer algo mal, ¿no crees?; sobre todo cuando en tu interior sabes que fallaste.

Hay muchas ocasiones en las que, como decimos en buen panameño, “meto la pata”, y esto trae consecuencias para mí y algunas veces para terceros también. A veces quisiera no equivocarme, sobre todo, pensando en que otros pueden salir perjudicados al fin y al cabo; y me causa pesar que por mis malas decisiones, otros tengan que pagar las consecuencias.

Escucho en ocasiones, esta frase de mi papá: “Te lo dije, pero no haces caso”. Mi papá tiene una gran intuición sobre lo que conllevarán algunas decisiones en mi vida y me advierte sobre cuáles son las consecuencias que habrá como resultado. Yo, que soy cabeza dura, le entiendo y doy fe de que va a ser así, porque tiene sentido lo que me dice. Pero, de todas formas, voy y me estrello contra la pared, para al final escuchar la frase mencionada: “Te lo dije”.

A veces me molesto conmigo mismo por errores que cometo. Quisiera no tener que errar, desearía ser perfecto y acertar en todo; pero soy humano, sé que aunque puedo perseverar en hacer siempre lo correcto, alguna que otra vez caeré en algún bache del camino. Esto sonará bien fuerte pero, odio no ser perfecto ja, ja, ja. Tengo una mentalidad de perfeccionismo y me choca caer en cuenta de que soy un ser humano con flaquezas y algunas que otras torpezas en mi actuar.

¿Por qué será que me cuesta abrazar tanto mis imperfecciones y mis desaciertos? 

Tal vez ya estoy cansado de tanto fallar en algunos aspectos puntuales de mi vida.

Pido perdón por ser tan duro conmigo mismo, por exigirme con tanta dureza y enojarme con mi persona cuando hago algo mal. Odio lastimar a terceras personas más que a mí mismo; de verdad quisiera poder evitar hacerlo a toda costa. Lamentablemente sucede, a veces involuntariamente.

Que Dios me de su sabiduría para que las decisiones a tomar sean siempre pensando en favor de la dignidad del prójimo y de mí mismo.

No tengo pruebas, pero tampoco dudas

Hablaba con un compañero sobre fútbol. Él, aficionado del Real Madrid; 

  • Yo le decía: “Real Madrid va  a ganar la Champion en esta ocasión, ¿verdad?”
  • Él me respondía con esta frase: “No tengo pruebas, pero tampoco dudas”.

Me pareció una frase tan interesante y graciosa por la clara contradicción que hay en esta. Me pongo a pensar en esa oración: “No tengo certeza de que acontecerá, pero no dudo de que pasará”. Es demasiado curiosa esa frase ja, ja, ja.

Bueno, este es el momento en el que doy un salto drástico de un tema a otro, pero en torno a la misma frase. Salimos del fútbol para ir a la fe cristiana.

Quiero detenerme en este pasaje bíblico de la 1era Carta a los Corintios 15, 12-22.

Ahora bien, si se proclama que Cristo resucitó de la muerte, ¿cómo algunos de ustedes dicen que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo ha resucitado; y si Cristo no ha resucitado, es vana nuestra proclamación, es vana nuestra fe. Y nosotros resultamos ser testigos falsos de Dios, porque testimoniamos contra Dios diciendo que resucitó a Cristo siendo así que no lo resucitó, ya que los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, la fe de ustedes es ilusoria, y sus pecados no han sido perdonados, y los que murieron como cristianos perecieron para siempre. Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo sólo para esta vida, somos los hombres más dignos de compasión. Ahora bien, Cristo ha resucitado de entre los muertos, y resucitó como primer fruto ofrecido a Dios, el primero de los que han muerto. Porque, si por un hombre vino la muerte, por un hombre viene la resurrección de los muertos. Como todos mueren por Adán, todos recobrarán la vida por Cristo.

Vuelvo con la frase central de este artículo: “No tengo pruebas, pero tampoco dudas”.

Y es que así es la fe. La fe es lo que vemos caracterizado en la afirmación de San Pablo al final de este extracto del pasaje bíblico. San Pablo afirma por fe que Cristo ha resucitado y lo experimenta desde su propia vida; una experiencia que sobrepasa los sentidos; es algo que va más allá de la razón. Por eso se llama “fe”.

A mi me dirán: “Dame pruebas de que Dios existe”. Tal vez no te pueda mostrar una prueba tan clara como que mis ojos son marrón oscuro (ya que los puedes ver). Pero viendo mi historia de vida y todo lo que he ido viviendo, cómo he salido de oscuridades; puedo dar pruebas de que, en efecto, Él existe; que Jesucristo está vivo y guía mis pasos. No es tan sencillo como decir que 2 + 2 = 4. Pero la experiencia de vida de quien ha sido tocado por Dios habla con claridad de las maravillas que Cristo resucitado hace y que en efecto Él está y obra para nuestro bien.

Termino con un cambio en la frase inicial con respecto a la existencia de Cristo vivo: “Mi vida es la prueba de que Jesús está vivo, y no tengo duda alguna de ello”.

¿Qué define si está bien o mal?

Veía la serie de “Chespirito: Sin querer queriendo”, basada en la autobiografía de Roberto Gómez Bolaños.

Me encanta ver cómo nació ese gran Proyecto de “El Chavo del 8”. También hay muchos detalles bellos dentro de la historia en su contexto general. Pero hay una circunstancia que me genera un gran cuestionamiento.

Roberto tenía una bella esposa y varios hijos, fruto de ese matrimonio. Esa mujer lo conoció desde antes que fuera famoso y le inspiró en todo su proceso creativo de cara a ese gran proyecto. Fue un pilar para él durante esos primeros pasos.

Según veía en la serie, Roberto, en la medida que fue creciendo con el programa que iba alcanzando fama mundial, se sumergió más y más en su vida profesional y así mismo fue descuidando su matrimonio y a su familia.

Por otro lado, en su ambiente laboral fue interactuando cada vez más con Florinda, con quien hubo cierta  química. En el lenguaje de la profesión en que se desenvolvían, ellos se entendían, por decirlo de alguna manera, hablaban el mismo idioma.

A todo esto que Roberto era casado, Florinda estaba comprometida con otro miembro del equipo de producción de los programas de Chespirito. Y en la medida que fue avanzando el tiempo, Roberto y Florinda comenzaron a ser cada vez más expresivos en el afecto mutuo, de manera que ya no podía pasar desapercibido. Esto trajo un gran conflicto entre Florinda y su prometido; a la vez, que entre Chespiro (como le decía Don Ramón) y su esposa.

Al final ambas relaciones se rompieron y Florinda, quien estaba decidida en que quería hacer su vida con Roberto, le exigió que tomara una decisión. Él quedó entre la espada y la pared, por un lado ya no sentía nada por su esposa y por otro, Florinda lo tenía enamorado. Fue un momento muy crítico para él, puesto que irse con Margarita y rehacer su vida implicaría destruir un proyecto de vida que llevaba ya 23 años junto con su esposa.

Al final, la mujer de Chespirito, viendo lo frío que se había puesto su esposo con la relación y teniendo evidencias de que incluso ya había tenido intimidad con Florinda, le puso el ultimátum; lo echó de la casa y él tuvo que irse a vivir donde su hermano.

Al cabo de más de un año, la esposa lo llamó para que fuera a recoger sus últimas pertenencias en casa. Él llegó y entró al que había sido su estudio, en donde tenía todos sus equipos de trabajo, máquina de escribir, documentos; y en medio de todo, en la pared, había un cuadro que Roberto había pintado con el retrato de su esposa. Comenzó a mirarlo detenidamente y pensó en guardarlo entre las cosas que se llevaría. La esposa se asomó y estuvieron intercambiando miradas, silencios y, en esos momentos,


– Roberto le dice: “Detenme, dame razones para quedarme”.
– A lo que ella responde: “Razones tenías suficientes; allí están tus hijos”; y continuó: “Ve a rehacer y construir tu vida”.
– Él le respondió: “No quiero rehacer mi vida teniendo que destruir otras vidas”.
– Ella le dijo: “Cada quién ha de asumir la responsabilidad que le corresponde. Ve y sigue a tu corazón”.

Al final, Roberto saca el cuadro del retrato de su esposa y lo vuelve a poner en donde estaba, y se va.

Después se ve a Chespirito y su equipo en una marcha solidaria en Brasil. En una toma sale la ex esposa con sus hijos viéndolo por televisión. Los hijos emocionados de verlo; y la ex esposa con una sonrisa en el semblante, de cierta manera orgullosa de los logros de aquel hombre con el que un día se casó.


Al final se reencuentran solos Florinda y Roberto; y finalmente él le dice que va a rehacer su vida con ella. Entonces se dan un abrazo y un beso que sella la nueva relación que ha surgido.

Muchas personas han criticado duramente a Florinda, diciendo que ella fue la culpable de haber destruido el matrimonio de Roberto. Otros lo ven como algo que tarde o temprano iba a suceder.

La pregunta que me surge con todo esto es: ¿Qué define si lo sucedido estuvo bien o mal; o si Florinda fue culpable o no?

El hecho de que era casado y había construido una familia era una razón más que sólida para determinar que su deber estaba en cuidar de ellos. Pero, no sé si sea lo correcto ser tajantemente inquisitivo dando juicios sobre lo sucedido. Si bien es cierto, hubo un claro enfriamiento en el matrimonio; y dicen por allí que toda relación es como una planta que hay que ir regando para que se mantenga viva y florezca. A eso se le suma la llegada de una tercera persona que alimenta esa sed de amor que va aumentando como base del enfriamiento en el hogar; y entre una y otra cosa, se va llegando a lo que se veía venir; una ruptura y una nueva relación.

No me gustaría quedarme con una percepción del tipo: “Estuvo mal lo que hizo y su decisión terminó siendo un gran error”. Precisamente porque estaría yo haciendo de juez y creo que el único Juez con todo el  derecho es Dios. Yo también soy humano y tengo igualmente mis defectos y debilidades. Por lo que me quedo con el pasaje de Jesús: “Con la misma vara que midan, serán medidos”.

Solo Dios conoce los corazones de cada ser humano y Él sabe la verdad detrás de cada decisión y suceso en la vida de sus hijos. Por lo tanto, no juzgo ni de bueno ni de malo lo acontecido, lo dejo en manos de Dios y, reconozco que así como sucedió con Chespirito, yo también soy humano y tengo mis luchas internas. “Misericordia quiero y no sacrificios”, dice el Señor. Quiero ver siempre con ojos de Misericordia a la humanidad y dentro de lo posible y en la medida que me lo permitan, dar siempre una mano amiga a quien la necesite.

Cada quien a lo suyo – Demon Slayer

Kimetsu No Yaiba, una serie de anime japonesa cuya trama se desarrolla en un mundo en el que existen demonios que andan vagando por el mundo y devoran a los seres humanos. Pero estos demonios no pueden salir a la luz del día porque se quemarían y extinguirían.

Muchas han sido las víctimas devoradas por estos seres malignos, y unos de ellos  fueron los familiares de Tanjiro Kamado (protagonista de la serie). Entre los demonios existe una jerarquía: El líder se llama Muzan, y es quien hace surgir a dichos demonios, transformando a seres humanos comunes en estas entidades demoníacas. Y después de Muzan hay una jerarquía de demonios poderosos denominados las lunas crecientes; y sus poderes se catalogan por una numeración, del uno al siete.

Por el lado de los buenos, están los Pilares, que son unos cazadores del más alto rango quienes tienen la misión de acabar con Muzan y sus secuaces. Estos Pilares se clasifican por elementos de la naturaleza y valores; por ejemplo, están: el Pilar de la Roca, Pilar del Sonido, Pilar del Amor, Pilar del Viento, Pilar del Fuego, entre otros. Tanjiro se une con dos amigos más a colaborar con los Pilares en esta ardua misión de cacería.

En una de las misiones encomendadas al Pilar del Sonido, se le envía junto con Tanjiro y sus dos amigos: Zenitzu e Inosuke, a un pueblo en el que se dice que está una de las Lunas Crecientes, a la que se les asigna que deben cazar.

Cuando llegan al pueblo, suceden muchas cosas; tienen que pasar encubiertos disfrazándose para ir averiguando en dónde se encuentra el demonio que al parecer se hace pasar por un ser humano y en secreto tortura y hace gran mal a otras personas.

Acercándonos al desenlace se descubre que la Luna Creciente no es solo un demonio, sino dos hermanos que juntos conforman dicha Luna. Aquí es donde el tema se pone difícil; porque para eliminar a los demonios, si no es con la luz del sol, se les debe cortar la cabeza y se mueren; sin embargo, al ser una Luna Creciente conformada por dos demonios, el hermano y la hermana, se requerirá que se les corte la cabeza a los dos demonios a la misma vez, porque de lo contrario, no morirán.

Al salir a relucir ambos demonios, la batalla se pone candente; El Pilar del Sonido (Tengen) y Tanjiro se enfrentan al Demonio varón y Zenitzu e Inosuke se enfrentan a la Demonio mujer (la hermana). Cada uno está enfocado en su batalla y no tiene noción de si la pareja de compañeros han o no cortado la cabeza de su correspondiente demonio aún.

Aquí es donde me detengo a reflexionar: “Cada uno estaba ocupándose de lo suyo”, confiando ciegamente en que los compañeros harían el trabajo que les correspondía. Es así como después de una larga batalla en la que a un demonio le cortaban la  cabeza y al otro no, de manera que volvía a regenerarse; llega el momento cumbre en que ambas parejas de cazadores logran simultáneamente cortar las cabezas de cada demonio hermano para así lograr que fueran vencidos.

Un panorama como ese me hace pensar en aquellas experiencias de trabajo en equipo. Cuando se levanta un proyecto, un plan de algo a ejecutar para lograr una meta, un sueño, un objetivo; este se logra con la colaboración de todo el equipo; se dividen las tareas, se asignan comisiones y encargados por comisión. De cierta forma puede haber alguien arriba con el fin de supervisar que todo se lleve a cabo de la mejor manera. Pero, ¿qué puede hacer un miembro del equipo para que el proyecto salga bien? No sería estar pendiente de que los del otro grupo hagan lo que les corresponde, sino que lo necesario sería que ese miembro se ocupe de su tarea a realizar, que se ocupe con todo el empeño en lo que le corresponde sin necesidad de ver el trabajo ajeno. 

Cada quien a lo suyo con la mejor actitud y disposición, puede lograr que los grandes proyectos conjuntos alcancen su realización.

Las alegrías de mi infancia

Cuando pienso en mi infancia, recuerdo un cúmulo de momentos vividos con los otros niños, en ese entonces, del edificio en el que vivía, Plaza Paitilla. Eran días en los que jugábamos fútbol en el área social, a escondidas, ladrón y policía, manejando carritos a control remoto, montando bicicleta, jugando a los superhéroes, ratos divertidos en la piscina y por supuesto, las birrias de videojuegos en la casa de alguno de ellos.

Son tantos los momentos que disfruté con mis amigos, sin contar las fiestas de halloween en las que nos disfrazabamos e íbamos de piso en piso tocando puertas para recibir caramelos. También las posadas navideñas y la noche de navidad en la que a la media noche, bajábamos todos al área social con nuestros regalos recién abiertos a mostrarlos al resto de los amigos y jugar con ellos.

Estoy muy agradecido con la niñez que viví, muy acompañado sintiendo la calidez de los amigos. Realmente fueron momentos muy felices para mí.

En la medida que fui creciendo y pasando por diversas crisis de adolescencia, fui viendo a esos amigos con los que compartí casi toda mi infancia y parte de mi preadolescencia, como influencias negativas en relación al estilo de vida que llevé de joven, con fiestas y bebida de alcohol sin control y de más. Pero creo que fue algo injusto culparlos o juzgarlos a ellos por mis hábitos desordenados. Tanto ellos como yo fuimos jóvenes y vivimos lo que muchos viven en esas etapas de hormonas por las nubes, testosterona y emociones a flor de piel. Momentos de mucha efusividad; acciones que se cometen sin pensar en las consecuencias, producto de la inmadurez.

Mi vida ha  sido como una montaña rusa, con subidas de gran alegría, euforia y efusividad; y profundas bajadas de desaliento, desesperanza, decepción y desilusión. Entre una y otra ha habido momentos de estabilidad, momentos neutros en los que he podido sentir en mi piel la suave brisa de una mañana; respirando con gran profundidad el maravilloso aire de la que trae la naturaleza; contemplando a un par de aves revoloteando en un pequeño charco; y así, espacios de pausa en los que el silencio se ha vuelto mi aliado y me ha permitido tomar un descanso de mis ajetreos emocionales.

Actualmente me siento muy feliz con todo lo vivido, porque todo me ha ayudado para ser la persona que soy. Como dice la Palabra en Romanos 8, 28: “Todo obra para bien de los que aman a Dios”. Así lo he sentido, nada de lo que he vivido se ha vuelto tiempo perdido; todo ha sido ganancia y Dios sigue construyendo mi vida hasta que llegue el día en el que quede moldeado perfectamente en la medida de su Propósito en mí.

El síndrome de: “ANTES TODO ERA MEJOR”

Hubo etapas de mi vida en las que no me sentía conforme conmigo mismo ni con las circunstancias. Era en esos momentos, en los que me sentaba a recordar años anteriores y decía: “Antes todo era mejor, de verdad que en el pasado sí era feliz”.

¿No te ha pasado eso? Que de pronto miras atrás y dices: “es que antes todo era mejor”. Yo le llamo “el Síndrome de antes todo era mejor”. Yo he sentido esa nostalgia como fruto de la molestia con respecto a mi propia vida. Decía cosas como: “¿por qué tengo que ser así? o ¿por qué las personas no me tratan como yo quisiera?” Todas mis quejas eran sobre aspectos muy poco relevantes y superfluos. Y la fuente de mi mal sentir radicaba en las reacciones de las personas. Mi foco de atención era: “¿Qué impresión estoy causando en los demás?” A partir de allí me sentía bien o mal; y en torno a eso, afirmaba cosas como: «Antes no me trataban así, la gente ha cambiado» o «yo ya no tengo la alegría que me caracterizaba».

A lo largo de mi vida he aprendido que el pasado no era mejor que hoy; el pasado tenía también sus cosas muy buenas y sus cosas no tan buenas. Así como el presente, tiene cosas muy lindas y otras que pueden no serlo tanto. Lo que sí sé es que el pasado no existe, el futuro tampoco. Solo está el presente, el cual es un regalo; y la clave para vivir en plenitud está en descubrir lo especial de este regalo que me entrega Dios aquí y ahora: EL GRAN PRESENTE.

Qué triste sería para mí llegar a anciano y no haber vivido el presente plenamente por pasarme la vida pensando que antes todo era mejor. Como dice Santa Teresa de Jesús: “La vida es un momento fugaz en medio de dos eternidades. La eternidad de la que venimos y la eternidad a la que vamos”.

Quiero vivir este momento fugaz con la mirada en el hoy para aprovechar al máximo el regalo de Dios y poder, al final del camino, mirar atrás y decir: “Valió la pena vivir”.

Paz superficial y paz profunda

Cuando estaba en la escuela secundaria yo era muy inseguro. No podía estar solo en los recreos o en la mañana mientras esperaba que iniciaran las clases, porque sentía un alto grado de nerviosismo, miedo y vulnerabilidad. Por lo tanto, mi solución era pegarme a mi hermano y sus amigos; con él me sentía seguro. No me importaba estar callado y que se mofaran de mí una que otra vez, porque aún así, me sentía acompañado y a salvo allí con ellos.

Eso es lo que yo llamaría un estado de paz superficial; era una tranquilidad condicionada por mi necesidad de hallarme acompañado; porque cuando volvía a estar solo, me sentía expuesto emocionalmente. Era algo extraño, pero sí que me asustaba verme sin nadie que me hiciera compañía. Es por eso que generalmente tenía la tendencia a pegarme a alguien, pero era siempre huyendo de la soledad, probablemente huyendo de estar conmigo mismo también.

Han pasado los años y hoy en día, no hay nada que disfrute más que estar solo. Incluso estando con grupos de amigos, no me cuesta estar solo conmigo mismo y sin involucrarme interactivamente con los demás. Hoy en día tengo lo que denominaría, una paz profunda.

Mientras no tuviera paz profunda, no soportaría estar solo conmigo mismo; dependería en cada momento del trato de los demás hacia mí. Sería una persona condicionada por las reacciones del entorno. Sin embargo, con paz en la conciencia y el corazón, he adquirido la capacidad de vivir libre y sin condicionamientos.

Qué importante es conocerse y descubrir la valía intrínseca que uno posee por el simple hecho de ser y existir. Solo así se verá uno libre de la dependencia emocional y podrá ser verdaderamente feliz.

«Quedar lleno» y «quedar satisfecho»

En ocasiones he comido tanto que quedo repleto con la barriga hinchada por la llenura. En momentos como esos comienzo a sentir remordimiento por haberme desbocado tanto, e incluso siento dolor en el estómago.

Otras veces, como me está sucediendo últimamente, como hasta quedar satisfecho; no termino lleno, pero sí sé que ya no me hace falta comer más. Con lo que he ingerido ha sido más que suficiente para seguir la jornada.

Algo parecido me pasa en los diferentes ámbitos de mi vida: sentimental, profesional, intelectual, económico y personal. Alcanzo logros, tengo experiencias gratificantes y satisfactorias; pero algo me dice muy dentro: «Esto no es suficiente, quiero más».

Pienso que ese hambre insaciable de más y más logros y gratificaciones que proviene de un vacío en el alma, no puede ser saciado por ninguna de esas fuentes existentes en este mundo. Es una necesidad que solo se llenará con aquel Manantial del que mi existencia proviene.

En efecto, pienso que: «Dios es el único que puede saciar ese hambre y esa sed».

Mientras no era consciente de ello, me afanaba exhaustivamente en conseguir placeres y bienes tratando de llenarme. Claro que lo que sucedía al final era que quedaba con el mismo vacío y angustiado por mi vano intento. Quedaba más bien, lleno de remordimientos por haberme sumergido en la ambición y otras actitudes superfluas.

Por otro lado, entender que Dios es el único con la capacidad para llenar el vacío, me permite que el disfrute de aquello que ofrece el mundo se vuelva más ameno y que pueda vivir y gozar de la vida con mayor prudencia y autocontrol.

La vida es para vivirla y disfrutar de ella desde los principios fundamentados en el amor, así como Jesús mismo lo enseñó en su mandamiento más importante: «Ámense unos a otros como yo los he amado».

Procuro vivir la vida con la mirada puesta  en el Portador de la vida y aprovechando cada minuto de sano placer, que no dañe la dignidad del prójimo ni la mía.

Estar enamorado es…

Todo adquiere matices de colores para el enamorado

Estar enamorado es mirar con ojos de ilusión a la vida y esperar siempre lo mejor de las circunstancias. Es sentarse a mirar incansablemente a esa persona y no dejar de sonreír ante la maravilla que se contempla.

Estar enamorado es escuchar una melodía clásica a través de la voz de aquella persona; es abrazarla y sentir que no hace falta nada más; que su abrazo es suficiente para sentirse protegido.

El enamoramiento puede ser fugaz; y la ventaja es que de allí parte el camino hacia el auténtico amor; aquel que implica compromiso y sacrificio por el ser amado.

Enamorarse es el punto de partida; y el compromiso entre los enamorados, es el recorrido de esos dos seres que se fusionan en un solo proyecto de vida común.

Estar enamorado es comenzar el emprendimiento juntos, basados en el amor; y este trae como fruto una nueva forma de vivir para ambos y, en muchos casos, otros seres que brotan de ese mutuo proyecto de amor.