Lo que Tú quieras, Señor

El título inicial de este artículo era: «Esto es lo que quiero». Tenía el artículo en mi lista de pendientes; y hoy cuando lo tomé para redactarlo, había algo que no me cuadraba, por lo que me pareció más adecuado llamarlo: «Lo que Tú quieras, Señor.»

A lo largo de mi vida, me he dado cuenta que no es conveniente buscar lo que yo quiero. Hice eso por varios años y tuve una clase de estrelladas horribles. Yo, que soy un hombre con mucha determinación para hacer las cosas, me propuse proyectos que, para mí, eran los que tenían que cumplirse en mi vida. Me fui de cabeza hacia ese futuro que yo sólo había predestinado para mí.

Esos años de mi vida fueron de enfrentamiento y desafío a Dios, poniendo a prueba qué voluntad era más fuerte, si la Suya o la mía. Me da risa, porque yo he sido bien descarado y desafiante ante Dios. Soy muy atrevido para tomar acción.

Aún así, Dios ha sido tan paciente conmigo. Lo siento como si dijera en aquel tiempo: «Ay mi Enoccito, te vas a golpear duro con esa testarudez, pero Yo te acompañaré y te sostendré».

Mi Padre Dios se ha portado de maravilla conmigo y ha sido tan empático, comprensivo y un apoyo absolutamente incondicional para mí, que en momentos en los que mi orgullo propio me llevaba a la frustración, decepción y desesperación, Él me brindaba un bálsamo de esperanza para levantarme, secarme las lágrimas, para yo poder seguir.

La dificultad más grande que he tenido durante toda mi juventud y parte de mi adultez, ha sido a causa de mi ego. Es curioso como el egocentrismo tan exagerado que he poseído, sumado a mi determinación, me ha hecho irme derechito al acantilado. He caído en el barranco de las desilusiones, llantos, tristezas y angustias por mi ignorancia; y Dios como Padre bueno, llegaba a ese agujero a tomarme de la mano, volviéndome a levantar, esperando pacientemente a que yo dejara de luchar contra Él y contra mí.

Cuando me cansé de tanto luchar en vano, cuando decidí dejar de hacer la carrera del hamster, que no iba para ninguna parte, le dije: «Señor, que se haga Tu Voluntad».

Hacer eso, fue soltar una pesada carga que llevaba sobre mis hombros y adquirir una paz inexplicablemente maravillosa. Ya no me hace falta ir por lo que yo quiera. Me basta con vivir para lo que Dios quiera de mí. Eso me da felicidad y paz.

Avatar de Desconocido

Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

2 opiniones en “Lo que Tú quieras, Señor”

Replica a Cuentos de una Ciudad Real Cancelar la respuesta