Un silencio incómodo

Me encontraba en un encuentro de jóvenes, al cual había sido invitado para impartir un tema relacionado con la fidelidad de Dios. Se prestaba la oportunidad para interactuar con aquellos adolescentes sedientos del amor de Dios. Cada uno traía consigo una serie de dudas, cuestionamientos, inquietudes, espontaneidad y una auténtica necesidad de conocer más a Aquel que sopló en ellos la vida.

Llegué mientras ellos se encontraban en medio de una misa; todavía faltaba para que llegara mi turno de darles el tema que se me había asignado. Estuve sentado frente a un jardín central de aquella casa de retiros. En silencio contemplaba la naturaleza sin absolutamente nada que pedir ni expresar a Dios; simplemente habitaba en mí un silencio reverencial. No decía nada en mi mente pero, sí sentía agradecimiento de estar allí para hablarle a los jóvenes. Mi corazón estaba lleno de gozo porque el Señor Jesús me había llamado a ser su portavoz, llevando su mensaje de amor a aquellas personas que habían llegado a ese lugar a encontrarse con Él.

Terminó la Eucaristía y los jóvenes tenían cinco minutos antes de ir al salón de charlas. La coordinadora me dijo que seguía mi turno para impartir el tema de la Fidelidad de Dios, así que, me dirigí al salón y esperé pacientemente a que llegaran todos los jóvenes. En silencio y con un poco de nervios, observaba a aquella juventud que iba entrando, tratando de entender sus gestos, expresiones, lenguaje corporal y sus estados de ánimo. De alguna manera, buscaba familiarizarme con ellos mediante la observación y acercándome a saludar y comentar alguna que otra cosa sin relevancia.

Llegó el momento, el salón estaba lleno y la coordinadora me presentaba ante aquel salón repleto de jóvenes dispuestos a escuchar lo que yo les iba a decir sobre Dios y su fidelidad. Me dieron el micrófono y, haciendo un pequeño esfuerzo para mantener los nervios controlados, flui con naturalidad en la catequesis que comencé a dar. Poco a poco me fui sintiendo más cómodo, como pez en el agua, lleno de confianza en el Espíritu Santo que era quién me había llevado a ese lugar y de quién yo era simplemente un portavoz.

Terminada la hora de catequesis, llegó el momento de ir a almorzar. Fui junto con todo el grupo al comedor y busqué una mesa en un rincón donde me senté con otra catequista y un señor que vivía en aquella casa de retiros. Aquel señor comió con la catequista y conmigo, conversamos fluidamente sobre la historia de aquella casa, los innumerables grupos que habían pasado por allí a tener un fin de semana de retiro espiritual y algunos otros temas superficiales de cada uno. En un momento dado la catequista se fue y quedé con el señor conversando mientras daba las últimas bocanadas del almuerzo. Él me comentó que era una persona que le gustaba mucho el silencio; ese comentario venía seguido de espacios en los que callaba y miraba a sus alrededores. Pero cuando me dijo eso, percibí algo en ese silencio compartido; no lo sentí como un acallamiento espontáneo y fluido; tenía algo que por alguna razón me incomodaba. Sentía en ese silencio, una actuación magistral. No se trataba de un momento contemplativo, era un espacio callado lleno de expectativa, expectativa de que alguien hablara para llenar un vacío afectivo; un silencio con la esperanza de que alguien dijera una palabra de afecto y amistad. Ese señor no guardaba silencio porque amara estar callado, sino porque en medio de ese espacio mudo, necesitaba que alguien le hablara para ofrecerle una amistad. Él quería un amigo y simplemente se sentaba a esperar que rompieran su mudez para decirle: “estoy aquí y me comprometo a ser tu amigo”.

Claro, ya entendí porqué me sentía incómodo, porque estaba en medio de un silencio organizado por ese señor, en el cual dejaba abierta una expectativa de respuesta de mi parte. Pero como nada a la fuerza funciona, yo no hice más que unirme a la complicidad de aquel aquietamiento sonoro y, así como llegué, me retiré sin decir una sola palabra más que una amable despedida.

Un silencio con expectativas se transforma en un silencio incómodo, porque no te ofrece la paz de simplemente contemplar el entorno y la realidad en la que se habita, sino que genera la constante tensión de pensar: “¿qué están esperando de mí?” Le huyo a esos silencios expectantes, porque no generan más que una sublime imposición e intento de condicionamiento del comportamiento humano. Soy, por otra parte, amante del silencio libre y contemplativo, que no espera nada, ni exige nada; simplemente se da al momento presente y observa sin juzgar, ese silencio que llena el corazón de paz al permitirle a uno ser quién es, en libertad y sin condicionamientos.

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Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

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