
Era un miércoles 1 de marzo de 1989 a las 8 de la noche, día en que nací. Crecí en un entorno familiar de padre y madre, siendo el último de cuatro hermanos: Dos mujeres y dos varones. Desde temprana edad adopté el rol de espectador del entorno y las personas. No supe lo que era tener una identidad propia por lo que vivía identificándome con los de mi alrededor. No había autoestima, no había seguridad, solo había miedo, incertidumbre y dependencia emocional de los demás.
Crecí con esa forma de ser; miraba a mis amigos, los catalogaba en mi mente, a uno como el protagonista, otro como personaje secundario, aquella otra como la princesa, aquel otro como el villano; y así me hacía todo un elenco de personajes. Yo seguía siendo el espectador de la gran película de la vida. Me sentía tan ajeno a mi entorno que, estar con cualquier persona era como tener a un famoso frente a mí, por lo que me sentía inferior y lleno de timidez.
Pasaron los años y me acostumbré a no sentirme importante, a no tener dignidad ni valorarme como persona; yo no era nadie, mi única actitud era la de ver cómo las demás personas vivían alcanzando sus logros, teniendo sus fracasos y en fin, sobrellevando la existencia de diversas maneras. Pero como todo tiene su causa y efecto, vivir con esa inconsciencia de mi identidad me pasó factura con el tiempo. Me fui llenando de rabia y resentimientos porque no me valoraba y consecuentemente no me sentía valorado por nadie.
Es evidente que todo ser humano necesita sentirse amado y mirado, sobre todo por aquellos con los que convive de cerca. Una persona que no se siente amada, puede sufrir de maneras inexplicables; así sufría yo. No me explico cómo sucedió todo aquello, cómo fue que desde temprana edad e inconscientemente adopté esa costumbre de no verme como persona, sino crecer a la sombra de los demás, ¿cuándo pasó aquello? ¿en qué momento comencé a sentirme como alguien sin identidad? ¿cómo es que tenía la convicción de no ser reconocido ni amado?
Volviendo a la acumulación de ira y rencores, llegó el momento en el que surgió desde lo más profundo de mi ser un grito de desesperación que clamaba por encontrar mi identidad y abandonar a ese viejo yo sin rostro ni amor propio. Aquel clamor reflejó el profundo dolor que durante toda la infancia y adolescencia se fue sembrando y creciendo en mí por haberme acostumbrado a ser invisible, sin valor, sin confianza y sin reconocimiento.
De pronto me encontraba en una habitación en completo silencio, meditando y buscando muy dentro a mi verdadero yo; entré en un estado de calma y discernimiento, tocando las puertas de mi corazón para llamar y sacar la identidad de la que era poseedor y que siempre había escondido. Ya no quería ser invisible; quería descubrir quién era yo y darme un papel en la película de la vida. No podía seguir siendo un simple espectador, era momento de adquirir el protagonismo de mi existencia. Finalmente encontré a ese niño temeroso que se había mantenido escondido desde que tuve uso de razón. Aquel pequeño estaba flaco y desnutrido, casi muerto; había pasado toda su vida allí, abandonado sin comer, sin ser atendido. Yo lo dejé sólo desde siempre y él había crecido huérfano sin saber lo que era ser mirado. Lo vi y sentí un profundo dolor; pensé: “Nunca reconocí mi identidad. Pero no fue porque no hubiera querido, sino porque no me enseñaron a hacerlo”.
Entré en la habitación en la que se encontraba ese niño desconsolado, lo tomé de la mano y lo abracé fuertemente; le dije que de ahora en adelante le daría el lugar que merecía; ya no pondría mi mirada en otros actores, ahora lo vería a él y le daría el protagonismo. Lo alimentaría, lo cuidaría y estaría con él de ahora en adelante.
Fue así como finalmente encontré mi identidad, ya supe quién era yo y me prometí fidelidad perpetua. Me despedí del viejo yo, aquel que no era importante, para dar paso a la esencia de mi ser; me abracé con mucha fuerza y sentí un inmenso regocijo y gratitud. Finalmente descubrí al protagonista de mi película y comenzó, ahora sí, la trama más importante de mi vida.
