Un sacrificio que vale la pena

black and white prayer with rosary beads
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Hace ya varios meses atrás cuando soltaba mi compromiso como servidor del altar en las misas dominicales, me visualizaba durmiendo los fines de semana hasta tarde sin planes de madrugar. Las noches de viernes y sábado serían las que se prestarían para dejarme dormir como un bebé y sin alarma.

Pero Dios, que no se queda quieto a la hora de llamar a uno a servirle, puso en mi corazón el anhelo de seguir sirviendo a través de otro compromiso. Fue así como, desde ese entonces hasta el día de hoy, adquirí el compromiso de cantar en las misas de sábados y domingos a las 6:30 a.m.

Que graciosa fue esa sorpresa, como dice el dicho: «El hombre propone y Dios dispone». Así que ahora, a diferencia de lo que había planeado en un principio, los fines de semana suelen ser los más trabajosos a la hora de madrugar, porque precisamente son las noches de los viernes y sábados en las que surgen los planes de salidas con amigos y de más. Entonces, a diferencia de la semana, en los fines de semana suelo acostarme más tarde de lo normal, pero de igual forma madrugo; de esta manera, los fines de semana se han convertido en los días en los que más cansado quedo.

Durante la semana también madrugo y acostumbro a rezar el Rosario cuando todavía no se ha asomado el sol; aunque procuro también acostarme temprano para no estar desvelado. Desde hoy sábado, estoy adoptando el hábito de madrugar también en estos días y los domingos, más temprano de lo normal, para rezar el Rosario antes de irme a la Iglesia para cumplir mi compromiso con don Winston de cantar.

Esto se ha convertido en un gran sacrificio, pero por alguna extraña razón, me siento en paz con esto y tengo una fuerte motivación y voluntad por mantener este hábito que, más allá del cansancio, me llena el corazón y me permite experimentar una plenitud interior que no podría comparar con nada que haya experimentado anteriormente. También se ha convertido en un gran hallazgo considerando que antes era prácticamente imposible levantarme de madrugada, sobre todo si me había desvelado.

Cada vez confirmo más que es Dios quién me ha ido llevando y me va haciendo crecer en muchos sentidos. Cada cosa se va dando y se dará en el tiempo perfecto de Dios. Yo, por mi parte, sigo orando con esas frases que para mí encierran todo lo que necesito: «Padre, he aquí a tu esclavo, que se haga en mí tu Voluntad» y «Padre, en tus Manos encomiento mi espíritu».

Señor Jesús, mi corazón está dispuesto para Ti. Que no viva yo, que vivas Tú en mí. No quiero nada Señor, si he de querer algo será tu querer. Has lo que quieras conmigo. He renunciado a mi voluntad y libertad y las he puesto en tus Manos. Tú decides lo que ha de ser para mi vida.

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Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

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