
No se me olvida un día en el que una frase que comenté en un grupo, generó un gran rechazo y críticas con tono violento y sarcástico. Lo que fue una simple opinión personal sobre un tema simple, se convirtió en la causa de una aversión grupal muy enfática.
Recuerdo esa experiencia y revivo lo que experimenté durante ese día y los siguientes. El comportamiento de ese grupo generó en mí un impacto emocional tan grande, que prácticamente la angustia me sobrepasaba; lloré mucho y sentí una gran soledad, como si el mundo se hubiera volcado contra mí.
Qué fuerte es sufrir desprecio y el rechazo de las personas que, en un momento dado, uno puede considerar como amigos o por lo menos conocidos amigables. Esa vez resolví no meter mi nariz adónde no me pidieran intervenir ni opinar.
Recuerdo esa vivencia y vienen a mi mente tantas personas de distintas edades que seguramente han experimentado o viven actualmente una situación similar, en la que se sienten incomprendidos, excluidos o denigrados. Reconozco que la angustia que eso causa es extramadamente fuerte y no me extraña que esta sea para muchos, causa de suicidio.
Espero que nosotros los seres humanos podamos aprender de Jesús que nos enseñó con su ejemplo a ser empáticos, a no juzgar y a amar incansable e incondicionalmente. Cuán necesario es que seamos comprensivos, pacientes y tolerantes con el prójimo. No le deseo a nadie esa sensación de desprecio de parte del entorno. Es algo que no se hace nada fácil de sobrellevar.
Padre, que seamos verdaderos hermanos como Jesús lo es con nosotros, y que, antes de criticar o señalar a alguien, nos miremos a nosotros mismos, que reconozcamos que también nos podemos equivocar y, por lo tanto, debemos entender eso mismo de los demás. Nadie es perfecto y estamos llamados a mirar sin prejuicios y con amor.
