
Desde hace muchos años me acechan esos dos monstruos. La mayor parte de mi vida han sido dominantes sobre mi cotidianidad; ellos han dirigido mis pasos a su antojo. Han roto mis hábitos sanos para desviarme del camino y perderme en las penumbras de la desesperación y la confusión. Año tras año, la batalla contra ellos ha sido en vano; siempre ha sido el primer monstruo el que más se ha hecho presente en mi existencia, atormentándome día y noche con sus imágenes y dramas. Y por otro lado, el segundo monstruo ha estado siempre de forma muy sutil atacándome, pero sin ser lo suficientemente incisivo como para hacerme sentir una gran culpa.
Hoy la historia es bastante diferente en comparación con años anteriores. Dios me ha hecho dominar más el campo de batalla frente al primer monstruo; antes no podía ni mantenerme en pie frente a él, sin embargo, ahora, aunque todavía me vence de vez en cuando de formas mínimas, he ganado un mayor dominio sobre él, y ahora tengo la capacidad de tumbarlo y ponerlo de rodillas frente a mí. Tengo la capacidad de derrotarlo, aunque sé que él nunca se irá y siempre intentará levantarse para volver a darme batalla. Lo que sé al respecto, es que ahora Dios me ha dado los guantes apropiados para darle su buen derechazo en el hígado y dejarlo sin aire siempre que sea necesario.
No obstante, ahora que tengo más dominio sobre el primer monstruo, ha aparecido con mayor fuerza el segundo; parece como si hubiera estado esperando su turno. Este monstruo, aunque parecía más inofensivo, ahora que el primero ha caido frente a mí, ha venido más fuerte e intenso con una energía que a veces me anonada y me deja de cara contra el piso. Este segundo monstruo tiene otras técnicas y sus debilidades no son las mismas que las del primero; estoy conociéndolo ahora, puesto que siempre había sido muy reservado. Hoy me atacó con todo y me dejó devastado. Pero espero con paciencia y sigo luchando; ahora me toca enfrentar a este con perseverancia, aguantando todos los golpes que me va a dar y, aunque sé que me derrotará muchas veces, me seguiré levantando, porque sé que Dios Padre me premiará con los guantes con los que podré hacerle frente y ponerlo de rodillas como ahora hago con el primer monstruo.
Señor, estoy listo para comenzar esta nueva batalla con este nuevo demonio que se ha aparecido. Mi lucha contra el primero seguirá y continuaré enfrentándolo hasta que tenga el dominio absoluto sobre él; además de eso, seré un luchador perseverante contra el segundo monstruo y no me rendiré aunque me derrumbe mil veces. Sé, Padre, que tú me estás viendo y te complacerá ver lo tenaz que seré en esta batalla contra las fuerzas del mal. No temo, porque aunque el mal puede derrotarme a mí, a Ti no puede vencerte. Por lo tanto, me aferró a Ti, Padre y me abro para que me llenes con tu Gracia y tu Fuerza Divina. Contigo venceré a estos dos grandes contrincantes una y otra vez hasta el día de mi muerte.
