
Hubo un período de mi temprana adultez en el que me daba susto convivir o interactuar con cualquier persona; había en mí un sentimiento de inferioridad que me provocaba terror ante el simple hecho de existir. Sentía que mi vida como tal ya era una ofensa para los demás o un motivo de burla.
Vivir era el ejercicio más arduo y pesado que me tocaba llevar a cabo. Es difícil vivir sin ningún punto de apoyo seguro, sin ninguna base de confianza y amor. Siempre estuve rodeado de personas, pero nunca me sentí profundamente mirado. Mi idea de felicidad se medía con base en el nivel de reputación o fama que pudiera adquirir ante los ojos de los demás. Dependía de lo que vieran los demás en mí.
Del susto de vivir, pasé a la alegría de existir cuando me sentí mirado, escuchado y acompañado por quienes me manifestaron un amor sincero e ilimitado; fue a través de esas personas que pude descubrir el eterno amor de Dios, y su presencia en mi vida desde siempre. Hoy me sé amado por Dios, por los demás y por mí mismo.
No todos tienen la dicha de ser escuchados y mirados. Es por eso que podemos comenzar por dedicar tiempo de calidad a quienes lo demandan y a quienes podemos brindárselo. Y si somos nosotros los que lo necesitamos, atrevámonos a pedir el acompañamiento y la ayuda a quien creamos oportuno para ello. Dios no abandona y siempre nos dará una Mano si acudimos a Él.
