
Un día me llamaron para dar una exposición a unos jóvenes, sobre el Espíritu Santo. Recuerdo que me preparé con una semana de anticipación, investigando en las fuentes de nuestra doctrina católica, profundizando y estudiando aquel contenido que finalmente recopilé.
Cuando se llegó el día, aunque había repasado el tema, no me sentía preparado; realmente era como si estuviera en blanco. Poco antes de dictar el tema, oraba al Espíritu Santo diciéndole: «Tú eres quien me ha llamado a esto, así que encárgate Tú, habla Tú, actúa Tú, sé Tú en mí; yo me pongo a tu entera y total disposición para que te valgas de mí y hagas en mí lo que quieras».
Cuando comencé a dar el tema, me sentía inseguro, como que eso no iba para ningún lado; realmente me sentí perdido. Fui entre luces y sombras avanzando en ese proceso de la exposición, improvisaba algunas cosas; no me ayudaba ver que los chicos estaban algo cansados ya que se habían acostado tarde la noche anterior y sus caras no me invitaban a seguir hablando. Más bien parecía que querían que acabara rápido para irse a dormir.
De pronto, en medio de las dinámicas que los puse a realizar, las cuales fueron surgiendo en el momento, me fui llenando de una seguridad y sentí arder un fuego en mi corazón; de pronto, me vi hablando y hablando a los chicos mientras sentía mi corazón ardiente; me llené de seguridad y había un profundo sentimiento en cada palabra que salía de mi boca. No era yo, ahora sí, el Espíritu Santo había cumplido lo que le había pedido, ahora Él tenía el control. Así me fui, hablando y hablando hasta que nuevamente el fuego se fue disminuyendo; y allí lo entendí, ya el Espíritu había dicho lo que quería decir, era hora de ir terminando. Y así fue, terminé la exposición y, aunque no sentí que fue la gran cosa de forma general, aseguré que por ese momento de ardor del corazón, valió la pena, porque el Espíritu Santo hizo su obra, por grande o pequeña que pudiera ser para esos chicos.
Encomienda tu vida al Espíritu Santo. No hay nadie más dinámico y proactivo que Él, déjalo actuar en tu vida y verás las maravillas que hará a través de Ti. Puedes empezar con estas sencillas palabras: «Espíritu Santo, aquí estoy para Ti, haz conmigo lo que Tú quieras. Me pongo a tu disposición».
No te arrepentirás de entregarle tu libertad y tu voluntad a Él, te lo puedo asegurar.
