
Esta es una percepción muy personal. Pienso que todos necesitamos sabernos y sentirnos amados por alguien; el amor es algo que nos vivifica, nos revitaliza y nos da entusiasmo para seguir viviendo y luchando para salir adelante. Es innegable que el amor sana cualquier herida y alegra a todos los corazones.
Sin embargo, he percibido algo a lo largo del tiempo. Parece que, en efecto, todos necesitamos ser amados, pero muchos ponemos barreras para que nadie penetre en nuestro corazón. Es como un mecanismo de defensa para protegerse de una aparente amenaza, que al final no es más que un gesto de bondad que no queremos recibir.
Este sistema de defensiva puede ser producto de una historia de dolor, en la que desde nuestra naturaleza infantil y juvenil estuvimos abiertos a la necesidad de ser amados, buscamos aquel amor que nos daría la plenitud de existir, pero no recibimos más que palabras, gestos y acciones que nos lastimaron profundamente; creando así un corazón herido, con miedo, cerrado a los demás y con mucha sensibilidad a cualquier gesto que nos parezca negativo.
Sí, todos necesitamos ser amados, pero muchas veces la vida misma nos lleva a cerrarnos a esa necesidad intrínseca, por miedo, rencores, inseguridad o falta de confianza en la bondad de las personas. Qué fuerte es ver que una persona se cierre a ser amada a causa de una historia de violencia y agresiones recibidas desde lo físico a lo emocional.
Señor, te encomendamos nuestras vidas, mira nuestras heridas y con la Gracia de tu Espíritu Santo, renuévanos y restaura nuestros corazones, para que aprendamos a recuperar ese deseo inherente de ser amados y amar. Enséñanos a abrir nuestros corazones a tu amor manifestado en nuestro prójimo. Nos encomendamos a Ti, Padre Celestial.
