Cuando reduje mi vida a lo carnal

En varias épocas de mi vida, centré el proposito de mi vida, en complacer los deseos de la carne. Me relacioné afectivamemte en noviazgos que no iban a ningún lado. 

Con el pasar de los años fui descubriendo que, detrás de cada una de esas relaciones que incluían momentos de intimidad, no había en mí, más que deseo de poseer a la otra persona.

En cada noviazgo que tuve, justificaba la relación con que era Voluntad de Dios que yo viviera dicha experiencia, para descubrir en carne propia, que ese no era el camino para el que me había llamado; pero que tenía que vivir la experiencia para disolver cualquier rastro de duda o curiosidad al respecto.

En ciertas relaciones tenía todavía dudas sobre si, estaba llamado a un proyecto de vida en pareja o si lo mío iba por otro estado de vida. En el tercer noviazgo, ya estaba casi cien por ciento claro de que no era mi vocación la vida en pareja. Pero el deseo del placer, era una fuerza a la que yo no me resistía, así que tuve un par de experiencias más de relacionarme con mujeres en otros períodos; unos de noviazgo y una última, durante un período muy corto y casual.

El final de cada relación era el mismo, terminaba con una amarga ruptura, y un profundo malestar para la mujer, mientras yo había estado sintiendo el malestar a lo largo de toda la relación, y la culminación me hacía sentir un profundo alivio y la paz regresaba a mi vida.

Hoy en día estoy claro de que Dios no me llama a la vida de pareja y estoy decidido en no inmiscuirme en ninguna otra relación íntima con nadie, ni siquiera de forma casual. Sea como sea, buscar satisfacer el deseo carnal, termina causándome una profunda perturbación que me quita las ganas de vivir y me hace perder el entusiasmo propio de mi personalidad.

Hoy en día, no hay nada que valore más que la paz en mi conciencia. Vivir bajo lo que dicta mi conciencia, buscando en todo, ser fiel a mi Dios, es lo que me da verdadera vida y plenitud.

Ya no quiero vivir para buscar los placeres del mundo. Quiero vivir únicamente por y para Dios. Por eso mi oración perpetua es: «Padre, que se haga tu Voluntad».

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Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

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