En los ires y venires de la vida me encontré…

En los ires y venires me encontré cara a cara con la soledad. Ella me saludó amablemente y me acompañó durante un largo tiempo. Pasados unos cuantos años la soledad decidió partir; le di un gran abrazo y se fue.

En los ires y venires me encontré con la alegría. Ella venía de muy buen humor, me miró y me dijo un chiste; me reí efusivamente y me pidió hospedaje. Yo la recibí en mi casa y comenzamos a convivir amablemente. La alegría decidió quedarse en mi casa; saldría de vez en cuando, pero cuando menos me lo esperaba, estaría de regreso en el que ahora era el hogar de los dos.

En los ires y venires me encontré con la tristeza. Caminaba yo hacia la farmacia cuando de pronto veo al fondo de un callejón sin salida a la tristeza, sentada en el suelo con su cara escondida entre sus rodillas y llorando desconsoladamente. Algo me impulsó hacia ella y me acerqué para consolarla y darle un abrazo. En cuanto la abracé, comencé a llorar y no sabía por qué. Aún en medio de las lágrimas le ofrecí hospedaje en mi casa y ella, que no dejaba de llorar, aceptó. Desde allí la tristeza comenzó a formar parte de nuestro hogar junto con la alegría y conmigo.

En los ires y venires me encontré con la ira. Yo estaba caminando frente a un bar y, de pronto, escucho y veo a alguien que sale gritando del local; al parecer lo habían echado de aquel sitio por haber causado problemas. Impulsivamente crucé la calle para acercarme al sujeto y, en efecto, con verlo, se me hacía fácil entender que lo hubieran echado. La ira me miró con los ojos encendidos, parecía que iba a explotar de la rabia que contenía. Antes de que la ira me gritara o dijera alguna palabra hiriente, le ofrecí hospedaje en mi casa. La ira se enojó porque le hice tal ofrecimiento y me dijo que si acaso pensaba que él era un desdichado sin hogar; se puso rojo del enojo, aunque a los dos minutos de vociferar y hacer rabietas, me dijo que estaba bien, que iría a hospedarse en mi hogar. En cuanto comenzó a caminar junto a mí, comencé a sentir un poco de enojo, pero no me explicaba por qué.

Fue así como llegamos a ser cuatro miembros en el hogar. La convivencia a veces se tornaba algo complicada pues, la alegría no soportaba estar con la tristeza; intentaba animarla, pero eso solo ocasionaba que la tristeza comenzara a llorar. Por otro lado, a la ira le molestaba que la alegría estuviera siempre de buen humor. No concebía que alguien pudiera estar reído todo el tiempo. El día a día era algo complicado, pero yo siempre intervenía para evitar conflictos.

Un día me senté en mi mecedora favorita, allí en el portal de mi casa y me quedé contemplando el denso y frondoso bosque de pinos cipreses que se agrupaban en el panorama frente a mi hogar. Entre mi casa y el bosque, cruzaba un río de aguas celestes en las que, de un momento a otro, saltaba uno que otro salmón. Cada vez que me sentaba en la mecedora una suave brisa del oriente acariciaba mi mejilla. La paz que me inundaba en momentos así era sobrecogedora.

Seguía allí sentado disfrutando del panorama, la brisa, la paz y el silencio. De pronto, divisé a lo lejos, entre los pinos, una silueta de un niño que estaba escondido y se asomaba constantemente en dirección hacia mí. Me causó mucha curiosidad y, al principio pensé que tal vez era producto de mi imaginación. Pero seguí observando y pude corroborar que, en efecto, se trataba de un niño. Me levanté y comencé a caminar en dirección hacia el bosque para dar con él. En la medida que me iba acercando, el niño a quien ya le podía ver el rostro, comenzaba a mostrar signos de pánico. Seguí caminando hacia él, crucé el río y finalmente llegué adonde se encontraba; él me vió y cayó sentado en la tierra; su rostro palidecía, sudaba y estaba paralizado. No podía decir ni una sola palabra. Fue allí cuando comprendí que aquel niño era el Miedo.

Me senté junto al pequeño Miedo, lo abracé y le dije que todo iba a estar bien. Recuerdo que lo abrazaba fuertemente, pero él no dejaba de temblar. Lo cargué en mis brazos y sin siquiera preguntarle, me lo llevé a mi casa para darle hospedaje.

Se integró un nuevo miembro al hogar. Cuando entré a la casa estaban discutiendo la ira y la alegría, mientras que la tristeza lloraba pidiendo que se detuvieran. Me acerqué a los tres y les pedí que se calmaran y que dieran la bienvenida al nuevo integrante de nuestra familia. El miedo se mantenía aferrado a mí y no quería soltarme. Podía sentir la temperatura de su cuerpo muy baja y temblaba; no se atrevía a ver a los anfitriones. Les dije que después haríamos una merecida celebración de bienvenida, pero mientras tanto, llevaría al miedo a una habitación para que se recostara en una cama y así descansar un poco. Subí las escaleras, entré en una habitación y lo intenté recostar en la cama, aunque él no quería soltarme. Le dije: “Tranquilo, puedes soltarme, estar en un lugar seguro”. El pequeño dudó por unos segundos, pero después accedió y me soltó. Una vez acostado tomó la cobija y se escondió debajo de ella. Ya era de noche y hacía un clima fresco, le dejé la ventana semi abierta, apagué la luz y cerré la puerta del cuarto.

Cuando bajé las escaleras estaban sentados en el sofá de la sala, la alegría, la ira y la tristeza. Se encontraban en completo silencio. Me acerqué, me senté frente a ellos en un sofá individual reclinable y les pregunté: “¿Ahora sí me hicieron caso? Así es que me gusta verlos, serenos y en paz entre ustedes”. La ira me miró y me dijo: “Sé que a veces soy incontrolable con mis rabietas y me cuesta regularlas pero, cuando vi a ese niño que traías en los brazos, me ruboricé; sentí que mi enojo perdía todo su sentido frente a él, como si yo fuera insignificante ante la gravedad de lo que él sentía.

La tristeza también habló: “Yo estaba llorando por la discusión que tenían la alegría y la ira, pero al ver a ese niño, mi tristeza se intensificó y, comencé a sentir un profundo lamento que ni siquiera podía expresar con palabras; era como si hubiera tenido un nudo en la garganta y, por más que quería gritar y llorar, no podía.

Seguidamente habló la alegría: “Yo discutía con la ira con cierto tono de humor y, más que todo porque me hacía reír el ver cómo le enojaba cualquier cosa que yo dijera; en pocas palabras, no me parecía algo tan relevante el tema que se discutía. Pero, he de reconocer que cuando te escuché presentarnos al niño y lo vi, sentí que mi alegría se volvía obsoleta. Era como si alegrarme y reír no tuviera ningún sentido. Ese niño emanaba un aura oscuro que carcomía la alegría de la que soy autor.

Después de escuchar a los tres con respecto a sus impresiones del pequeño miedo les dije: “Entiendo que por lo que me dicen, este niño les causa algo de inquietud. Sé que no será algo sencillo convivir con él, pero ahora es parte de nuestra familia y les pido que se comporten de la mejor manera posible con él. Sean buenos hermanos para él, porque le ha tocado una vida muy difícil”.

En tanto dije esas últimas palabras, alguien tocó la puerta de entrada. Nos miramos los unos a los otros y fui a abrir; la ira, tristeza y alegría iban detrás de mí. Abrí la puerta y había allí un hombre alto, fornido y de buen aspecto. Le dije: “Buenas noches, ¿en qué puedo ayudarle?”

El extraño contestó: “Hola, mi nombre es valentía, estoy buscando a mi hermanito menor, el cual se me perdió; he buscado y buscado por estas zonas, ya que la última vez lo vi por los bosques cercanos a esta casa, pero no he dado con él. ¿Por casualidad no lo habrá visto? Es un niño chiquito que se esconde de todo el mundo y le aterra todo”.

Ví en ese robusto señor, a alguien honesto. Le pregunté para ponerlo a prueba: “¿Cómo se llama el niño?” Respondió: “Se llama miedo”.

“Comprendo, él está aquí. Cuando lo encontré estaba detrás de uno de los pinos de allá y se encontraba pálido y frío. Sentí compasión y lo traje. Ahora está durmiendo en el cuarto de arriba. ¿Quieres pasar a verlo?”

Respondió valentía: “No, no hace falta, si está dormido no quiero molestarlo. ¿Sería tan amable de darme hospedaje hasta mañana? Temprano me alistaré y me iré con mi pequeño hermano”.

“Sí claro, pasa adelante. Te presento a tres amigos: ira, tristeza y alegría”.

Los tres saludaron y dieron la bienvenida a valentía.

A la mañana siguiente me levanté, eran las 6 de la mañana y me fui a asomar al cuarto donde estaba el pequeño miedo. Vi que seguía cobijado hasta la cabeza y se escuchaban unos ronquidos, lo cual me dio a entender que dormía plácida y profundamente.

Bajé a la cocina y comencé a preparar el desayuno. Preparé unos omelette, tocinos, pancakes, avena de canela, pan con mermelada y unas empanadas de maíz con carne, coloqué cereal y leche en la mesa junto a todo el desayuno y jugo de naranja.

El primero en bajar fue valentía. Ya se había bañado y estaba con buen ánimo, se veía entusiasmado para iniciar aquella nueva jornada con emoción de saber qué le depararía ese nuevo día.

“Buenos días valentía”, le dije. “La comida está servida, ven y siéntate conmigo a desayunar”.

Valentía accedió y nos sentamos para comenzar a comer. Se adelantó a bendecir los alimentos, dimos gracias a Dios y comenzamos a comer. Entonces le dije: “Cuéntame un poco de ti, valentía”.

Valentía sonrió y me dijo: “Claro, con mucho gusto”.

Comenzó entonces a narrar: “Yo crecí en un orfanato, hasta el día de hoy desconozco quiénes son mis padres; pero dado el don que poseo y que denota mi nombre, pude sobreponerme a la vida con la ausencia de mis progenitores. En la medida que fui creciendo y destacando dentro del grupo por mi gran capacidad de resiliencia, llegué a mi mayoría de edad y me otorgaron un puesto para trabajar en dicho Orfanato. Comencé como asistente de limpieza, más tarde me tocó dar tutorías y acompañar a niños, sobre todo aquellos que les costaba más adaptarse al medio y al final terminé siendo mano derecha del director de aquel lugar. Llegó el día en que decidí salir de allí en busca  de nuevos horizontes, siempre lleno de valor y emocionado por la incertidumbre de lo que me esperaba en el porvenir. Me volví un peregrino viajando por muchas regiones, quedándome de casa en casa donde me recibieran. Un día, caminando por una llanura, me encontré a un niño mendigando a la orilla del camino. Este niño temblaba y se le veía en la cara que se encontraba en un estado de pánico. Me acerqué a él y al principio se asustó pensando que le iba a hacer algún daño, pero con voz suave le dije que no quería lastimarlo. Me compadecí profundamente de él y le dije que quería ayudarlo, que se animara a irse conmigo a las  aventuras inciertas que nos regalaran los caminos por recorrer. Él estaba sumamente asustado, pero viendo que el camino era poco transitado y que estaba muerto de hambre, decidió irse conmigo. Fueron muchos los lugares que visitamos juntos; dentro de las provisiones que conseguía, dividía a mitad con él y fue nutriéndose y recuperando su semblante, aunque siempre manifestaba miedo ante cualquier estímulo. Le pregunté una noche, si sabía su nombre. Él, con voz temblorosa, dijo que se llamaba miedo y que no siempre había estado sin compañía. Durante varios meses lo había acompañado una amiga llamada soledad; pero la desolación de miedo era tan deprimente que ni siquiera la soledad soportó estar con él y se fue”.

Le pregunté más o menos en qué época sucedió eso, y cuando me lo dijo, resolví que la fecha de partida de la soledad del lado de miedo, coincidía con el posterior encuentro conmigo; aunque soledad nunca me contó que había conocido a aquel niño, tal vez nunca sintió la confianza para contarlo o probablemente le parecía algo insignificante.

Valentía continúo: “En la medida que compartimos el pequeño miedo y yo, fuimos teniendo confianza mutua y él, a pesar de sus temores, me comenzó a tener un cariño de hermandad. Es por eso que de ahí en adelante lo adopté como mi hermano pequeño. Pero a pesar de que lo he cuidado siempre, el terror se apodera de él en ocasiones y termina corriendo sin dirección alguna a esconderse en algún rincón. Por eso lo encontraste allí en medio de la vegetación, había tenido un ataque de pánico y se escapó del lugar donde nos hospedábamos”.

Agradecí a Valentía por su confianza para contarme su historia y la del pequeño miedo. En lo que terminamos de conversar al respecto, bajaba por las escaleras miedo viendo con algo de recelo. Detrás de él venía tristeza, alegría e ira y lo animaron a reunirse en el comedor con todos. Se incorporaron los que faltaban en la mesa y continuó el desayuno, con largas conversaciones, risas, anécdotas y momentos memorables.

Invité a valentía y miedo a quedarse en mi hogar y después de conversarlo aceptaron.

Es así como surgió esta bella familia conformada por estas emociones, algunas contradictorias, pero todas aprendiendo a convivir en fraternidad.

En los ires y venires de la vida mi casa se transformó en un dulce hogar con aroma familiar.

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Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

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