
En algún momento de mi infancia me perdí en medio de tantas personalidades que me rodeaban; me entretuve viendo a esta y otra persona con sus carismas y peculiaridades. Después de los años de aquella niñez en los que pasé contemplando la vida como una película llena de personajes, me había convertido, inconscientemente en un espectador; se me perdió la identidad propia. Todos tenían un personaje que desempeñar, pero yo no tenía lugar en la película de la vida. Ni me di cuenta cuando me sentí fuera de la vida misma. ¿Quién era yo? No sabía; y como me había convertido en un don nadie a la luz de mis ojos, mi único acompañante en el camino, era el miedo y el sentido de inferioridad. Mi cotidianidad era como estar en Hollywood lleno de famosos, siendo yo un simple ser sin relevancia en medio de toda aquella farándula.
La consecuencia de ser un simple espectador de la vida, fue que mi autoestima no existía; no había confianza en mí mismo ni claridad sobre mi propósito y el rumbo de mi ser. Inconscientemente buscaba verme a través de los ojos de las demás personas, esperando que alguien me valorara tanto, que me mirara con un interés y amor auténtico, para así, yo sentirme como un ser humano, con dignidad, con valor y sobre todo, con identidad.
Llegó una etapa de mi adolescencia en la que toda aquella falta de sentido existencial, hizo un enorme vacío en mi alma; sentía que me ahogaba, aunque mis pulmones estuvieran llenos de aire. Veía a la muerte como un personaje más en medio de todos aquellos que me rodeaban. Ella estaba allí, acechándome, diciéndome que yo no era importante y que cuanto antes me fuera con ella, mejor estaría el mundo. Un mundo sin mí, sería un mundo más feliz. En varias ocasiones traté de irme con la Muerte que tanto me esperaba; pero los intentos fueron fallidos.
Después de haber fracasado en mi intento de partir a otro mundo, me resigné y me encerré en mí mismo. Estaba rodeado de seres humanos, pero mi mente y mi corazón se habían cerrado, y no había espacio para que nadie se acercara a mí. Podía hablar con quien fuera, pero no había contacto visual, no me vinculaba afectivamente con nadie; era un ermitaño en medio de la ciudad. Un colosal sentimiento de soledad se asentaba sobre mí, y los días se me hacían cada vez más insoportables. Vivía por vivir; ante las dificultades de la vida, no tenía en quién apoyarme, más que en mi propio ego carente de seguridad e identidad. Yo era un caos en todos los sentidos.
Me encontré con personas que, más que tratar de comprenderme, se enojaban conmigo y me trataban con mucha rudeza, regañándome, gritándome y recalcándome lo mal que yo estaba; que estaba haciendo todo de un mal modo y que tenía que corregir mi vida si quería salir adelante. La intención de ellos era la de ayudarme, pero la manera en la que lo hacían no era eficiente; por lo que lo único que lograban era frustrarme más y hacer que me enojara conmigo mismo por ser como era. Yo entendía lo que me decían y por qué me regañaban fuertemente, pero no sabía como cambiar, como verme con ojos de aprecio; no sentía ningún poco de autoconfianza; puesto que había crecido con la convicción de que era un Don Nadie. Fueron muchas las lágrimas que derramé, intensas las angustias que pasaba porque no sabía cómo salir de aquel callejón sin salida. Me pedían cambiar mis comportamientos de inutilidad, pero nadie se fijaba en las heridas y miedos que cargaba dentro de mí, aquellos que eran la verdadera causa de mi inutilidad.
Un día como cualquier otro para mí, apareció alguien a quien no veía desde hacía muchos años. Una persona que me conoció teniendo yo tres añitos. Esa persona, al verme, siendo yo ese niño pequeño, quedó cautivado con mis ojos. Decía que mi mirada era profunda y con una gran apertura hacia lo divino. Desde ese momento, sintió un amor paternal por mí. Pero él se había ido por mucho tiempo, y desde lejos, oraba por mí; hasta ese momento en el que se pudo reencontrar conmigo. Me miró y se emocionó de manera muy efusiva; se acercó a mí y, sin pensarlo dos veces, me dio un fuerte y apretado abrazo que duró un largo espacio de tiempo. Me di cuenta de lo mucho que me amaba por ese abrazo cargado de afecto y amor auténtico de padre.
Desde ese día, esa figura paternal me dijo que estaría disponible para mí las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana. En cualquier momento que lo necesitara, solo tenía que marcar el número y él contestaría. Dormiría con el teléfono al lado suyo por si acaso me daba por llamar.
Comenzamos a salir para hablar de temas esporádicos; sin embargo, en esos encuentros comenzó a surgir algo inesperado. La conversación empezaba con temas casuales, cosas del día a día. Pero de pronto, salía de lo más profundo de mi ser, un grito de dolor, la verbalización de un miedo, de mis inseguridades, mis aflicciones. Cuando dichas palabras salían, el llanto era inevitable; rompía a llorar con mucha fuerza y emoción. Era como si mi interior hubiera sido una represa que se había llenado de agua contaminada; una contaminación de emociones negativas, que me habían estado carcomiendo durante todos esos años pasados. Pero, había llegado el momento en el que todo eso podía salir de mi pecho para que, finalmente fuera libre y pudiera desprenderme de aquella opresión que me acompañó desde pequeño.
Pasaron meses, años y después de tantas conversaciones con aquel papá que me había regalado la vida, pude abrir los ojos; me comencé a ver como un ser humano con dignidad, ahora me amaba a mí mismo; sentía regocijo y satisfacción de ser yo. Por primera vez pude sentir el aire que respiraba. Durante toda mi preadolescencia y adolescencia, había sentido como si hubiera estado aguantando la respiración; a tal punto era mi angustia. Estuve muchos años sintiendo que me asfixiaba. Pero ahora era diferente, podía respirar, podía verme con claridad, podía amarme y amar. Ya no era una isla, ahora veía a los ojos a quienes me rodeaban. Ahora sí era consciente de que habían personas junto a mí que me querían y me apoyaban; ellos siempre habían estado allí, simplemente era yo quien, por tener los ojos puestos en mi ombligo, no me había percatado de ello.
El vacío desapareció, la vida me dio una oportunidad de saber lo que era vivir; y hoy en día vivo cada día al máximo, sin miedo; por el contrario, lleno de entusiasmo y la disposición de dejarme sorprender por lo que cada nuevo día trae consigo.
