
Hace poco me acordé de un suceso de mi infancia. Y todo porque una amiga me invitó a un helado, y yo, que estaba muy lleno, le dije que no, gracias. Una oferta tentadora rechazada. El recuerdo fue el siguiente:
«Podría tener yo unos seis años y se acercaba la Navidad; mi mamá me llevó a una tienda de juguetes y me mostró un casco de un personaje famoso en aquel entonces que se llamaba Robocop. Además del casco, había un cañón que se podía comprar en conjunto con el casco; mi mamá me preguntó si quería solo el casco o si prefería el casco y el cañón juntos. Yo le respondí que solamente quería el casco».
Recuerdo que después cuando jugaba con el casco puesto, lamentaba no haber pedido también el cañón. Sentí que había desaprovechado una gran oportunidad.
Ahora me pongo a reflexionar sobre esa reserva que tuve para no aprovechar aquella oportunidad de tener más de lo que hubiera podido recibir. ¿Por qué, siendo un niño tan impulsivo y siempre con el ansia de tener todos los juguetes, videojuegos y cosas dulces posibles, aquel día dije que me conformaba con lo menos posible?
Hace muchos años de aquel suceso y, ciertamente, no podré descubrir con certeza y claridad el trasfondo de mi decisión. Lo que sí puedo reconocer es que, aún a una edad tan temprana pude contener mi impulso de los caprichos y mantener un comportamiento de moderación.
Veo fundamental para todo ser humano fortalecer el hábito de moderación ante los impulsos materialistas y en forma general, todos aquellos que incitan a buscar lo placentero.
Señor, que tu Gracia nos ayude a vivir con prudencia aferrados a Ti, para que nos fortalezcas en este camino lleno de tantas propuestas del mundo, que sin el dominio apropiado de nosotros mismos, nos pueden llevar por un camino perjudicial.
