
Hubo una época en mi vida en la que me sentí como el pueblo de Egipto en tiempos de Moisés, como si me hubieran caído siete plagas; parecía que todo me salía mal. No sé si te ha pasado; tal vez no era que todo me iba mal, sino que como algún inconveniente me pasaba, automáticamente mi mente se enfocaba en todas las cosas negativas y dejaba de ver las positivas.
Bueno, así estuve durante una etapa de mi vida. Sin embargo, a pesar de mi constante percepción de que todo me era desfavorable, me aferraba a una esperanza en vista del futuro. Decía: «esto no va a durar para siempre, de todas formas esta vida es temporal y el fin al que me dirijo es a la vida eterna donde todo será dicha y felicidad plena».
Ese pensamiento se transformaba en un bálsamo para mi alma y yo descansaba en esa reflexión aquellas mañanas que me levantaba con el ánimo de perros.
La esperanza en un mañana mejor puede alentarnos a seguir adelante cuando todo parece ir en contra nuestra. Sobre todo la certeza de que este mundo es temporal y, aunque a veces la vida se torne en color gris, hemos de perseverar en el amor y en aprender a convivir unos con otros, siendo ejemplo de buenos cristianos al practicar los valores de Cristo que siempre toman en cuenta la dignidad de los demás y la propia.
El Reino de Dios nos espera, recorramos este camino transitorio con la mirada puesta en Jesús, nuestra mayor esperanza, que nos guía y nos brinda a través de la Iglesia los recursos para hacernos semejantes a Él en el amor auténtico y entregado por el bien común.
