
En la vida, desde mi corta experiencia, diviso dos maneras de actuar desde el aspecto moral, una de ellas es aprovechando todas las oportunidades para hacer artimañas, engaños y acciones por conveniencia, en perjuicio de otros, con el fin de sacar un beneficio, por lo común, a nivel material, pero también en otros aspectos. Otra manera es la de vivir teniendo presente los principios éticos y morales, los valores humanos y la dignidad de los demás y la propia, procurando ser en todo, recto y justo, sin aprovecharse de situaciones, sino, actuando desde la bondad, transparencia y benevolencia, incluso cuando nadie está viendo.
Hoy en día es muy común ver que la actitud egoísta o egocéntrica adquiere un valor muy presente en la sociedad. La sociedad del consumo, el placer instantáneo y el éxito material, reinan en muchos ámbitos y algunas personas hacen cualquier cosa por alcanzar estas metas superficiales y efímeras.
Pero la verdadera riqueza es menos visible a los ojos, es una que tal vez no dé frutos instantáneos, pero que a largo plazo, construye un mundo más ameno y fraterno en el que se puede habitar con gusto y paz, tanto en la conciencia, como a nivel colectivo.
Es importante, como cristianos, que promovamos los valores de Cristo, quien nos enseñó que el mandamiento principal y que encierra el resto, es el amor. El amor de Dios combina la misericordia y la justicia. Todos somos hijos de Dios y estamos llamados a respetar la dignidad de los demás, buscando en todo, el bien común. Por eso, es importante que también, como parte de ese amor que estamos llamado a dar, consideremos también corregir fraternamente a aquellos que, producto del ensimismamiento, excluyen, desprecian o se aprovechan de otras personas.
La justicia es necesaria, para que la misericordia no se vuelva una práctica persmisiva y sumisa. Recordemos que hemos de practicar estas dos acciones en conjunto: Hemos de ser misericordiosos, pero también justos en nuestros comportamientos para que seamos verdaderos reflejos de Cristo.
