
Hubo una etapa de mi adolescencia en la que vivía mis emociones a flor de piel; me enojaba con facilidad, me entristecía con cualquier cosa, era muy sensible a cualquier estímulo externo. Cualquier expresión o gesto de las personas alrededor podían generarme profundas heridas emocionales; me sentía muy inconforme incluso conmigo mismo. No encontraba descanso para mi mente en ningún lugar, ni siquiera en mi soledad. Más bien, la soledad agravaba mi angustia y malestar.
En esa época, aún no trabajaba, estaba yendo a la universidad, pero eran alrededor de cuatro clases por cuatrimestre y cada clase constaba de dos horas por semana. En resumidas cuentas, me tocaba ir a la Universidad, por lo general, solo dos veces a la semana y tenía en total, cuatro horas de clases cada uno de esos días. Es decir, que tenía mucho tiempo libre, porque, además, no hacía prácticamente nada de vida social. Salía de la universidad y me iba directo a mi casa a encerrarme y quedarme allí acostado tratando de dormir interminablemente, pues durmiendo era mi único modo de escapar del mundo que tanto me atormentaba. Existir era para mí la dificultad más grande que enfrentaba.
El gran inconveniente era que, una vez que ya había dormido lo suficiente y no tenía nada de cansancio, quería seguir durmiendo; y al forzarme a dormir, habiendo ya dormido más de la cuenta, comenzaba a tener pesadillas o dolores de cabeza. Pero me encontraba contra la espada y la pared; por un lado queriendo escapar de la realidad, y por otro, enfrentando duras incomodidades al forzar el sueño.
Recuerdo una noche en la que me disponía a dormir, habiendo ya pasado todo el día durmiendo; pero era de noche, por lo tanto, tenía que hacerlo. Estaba yo acostado, cerré los ojos y, estuve un buen rato allí, procurando conciliar el sueño; de pronto, abrí los ojos entre dormido y despierto, y me pareció ver a una señora vieja en bata, bailando arriba de mí. Me desperté del susto gritando. Como esta, tuve otras experiencias nocturnas con pesadillas similares que, luego me causaban terror de volver a intentar dormir.
Los miedos, tristezas, angustias y rabias que llevaba conmigo, repercutían en cada aspecto de mi vida, incluso en el sueño, de las maneras descritas. El ser humano es un todo, y todo lo que le afecte en una dimensión de su vida, intrínsecamente afecta el resto de los aspectos vitales. Así fue que todo mi cúmulo de emociones a flor de piel, me mantenían en un permanente estado de alerta y alteración.
Cuán importante fue para mí encontrar puntos de apoyo, personas de referencia para canalizar todas aquellas cosas de mi historia que callaba y que, al no expresar, me estaban matando. Hablar y soltar todos mis temores a personas que estuvieron abiertas a escucharme, me permitieron canalizar poco a poco mis emociones y encontrar la serenidad que tanto había buscado por innumerables medios vanos.
Es importante atreverse a pedir ayuda cuando se necesita, sobre todo cuando callamos muchas cosas que nos hieren por dentro. Tomando en cuenta esa célebre frase que dice: «Lo que no se habla, nunca muere. Lo que no se habla, te mata». Hay que hablar, hay que expresar nuestra historia, sobre todo cuando hay aspectos que han abierto heridas.
Dios también nos ayuda y nos escucha a través de las personas. Es importante en esos casos, saber con quién podemos contar y que tengamos la confianza y apertura para hablar para sanar.
