Soltar el control

close up of person holding controllers of a gaming machine in an arcade
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A veces, desde muy temprana edad, el contexto social obliga a las personas a tener que asumir el control de las circunstancias, en el manejo de sus emociones, el dominio propio, la resolución de adversidades, el peso de responsabilidades que no deberían corresponderle; en fin, muchos crecen con esa costumbre impuesta de tener que tomar el control de muchas cosas que no debería cargar sobre sí.

Vemos después a personas adultas que, ante la falta de seguridad, acompañamiento y de un lugar seguro en donde soltar ese control, han transformado la actitud de dominar las circunstancias, como algo inherente en la personalidad, la forma natural de ser. De aquí que de pronto esa persona sufre de altos niveles de tensión, preocupación, angustia cuando algo se sale del alcance de sus manos y la consecuente frustración.

Recuerdo una experiencia de profunda angustia que pasé en el año 2016 cuando coordinaba un grupo de adultos en mi Parroquia. Yo tenía precisamente esa actitud de querer tener el control sobre todo. Así me manejé durante ese año en el que fui coordinador. Llegado el mes de agosto, ante una Feria Familiar en la que nos tocaba armar un stand y hacer nuestro espacio para promover nuestro grupo, se fueron sumando las tareas para prepararnos para ese día. Era la noche anterior y estabamos reunidos todos allí en la Parroquia organizando. De pronto me dio una crisis nerviosa ante las innumerables tareas que parecían avecinarse con los preparativos. Se acercó a mí una chica de la Comunidad, se llama Marisol Carías, no me olvido; y me preguntó que «¿qué había que hacer?». Yo me quedé pasmado, tenía un nudo en la garganta, había colapsado emocionalmente, no supe qué decir.

Seguido de eso me fui aparte a un salón y llamé a un sacerdote amigo, el P. Manuel Sánchez cmf, y me desahogué con él, expresándole mis miedos. A esa situación se sumaba una propuesta que me habían hecho de asumir un cargo gerencial en una empresa, para la cual tampoco me sentía preparado, pero que, a pesar de ello, había aceptado. Fue una suma de frustraciones que me llevaron al terror extremo. Cuando quería tener el control de todo, fue cuando más sentí que lo perdía. Recuerdo esa experiencia y puedo revivir un poco de esa amargura e impotencia tan grandes que sentí.

Aprendí mucho después, que no tengo que tener el control sobre nada. Más bien he de soltar para que todo pueda encauzarse por el camino correcto. Soltar el control y dejarlo en las Manos de Dios. Dejar que Dios sea el Guía y, de mi parte, poner mi voluntad y libertad a su disposición. Qué paz siento hoy que pongo en práctica aquello. Mi oración práctica para cuidar esa serenidad del alma es: «Padre, que se haga tu Voluntad». Y si quiero añadir algo más, le digo: «Padre, he aquí tu esclavo y tu siervo, en tus Manos encomiento mi espíritu».

¿Quieres tener paz verdadera? Suelta el control, deja todo en Manos de Dios, y simplemente has cada día lo que te toque hacer, y hazlo bien, Dios se encargará del resto.

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Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

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