
Entré en la cocina sin que me lo hubieran pedido, me ofrecí para ayudar en lo que fuera necesario y me dejaron hacer una tarea, cortar las salchichas en rebanadas; después otra tarea más y así me fui involucrando en la preparación de la cena. Después de la cena, a fregar se ha dicho. Luego de terminar la jornada, todos a dormir y, llegué nuevamente a la cocina: «¿Van a amasar hojaldres?, les ayudo.» Aprendí a hacer algo nuevo; allí estuvimos, haciendo la masa.
«¿Vas a levantarte de madrugada para estirar la masa y preparar el desayuno? Yo madrugo contigo, vamos». Ahí estábamos a las 5:30 a.m. haciendo los preparativos de la primera comida de esa mañana. El desayuno, un éxito; después, a fregar.
Pasó la mañana y se llegaba la hora del almuerzo, nuevamente me asomaba por la cocina: «¿En qué puedo ayudar?», y como siempre había algo en qué colaborar, allí nos pusimos a trabajar para terminar de preparar el almuerzo. Comimos todos y finalmente, a fregar.
El resumen de toda esta experiencia fue que experimenté vivamente a Jesús durante todo el tiempo en el que estuve involucrado en las actividades de la cocina; lo vi en las personas con las que trabajaba y lo vi en la práctica de fregar los trastes. A lo largo de todos esos oficios, mi corazón estaba habitado por el Espíritu de Dios que me daba una paz y un regocijo para los cuales no existen palabras que puedan describirlos.
Gracias Jesús, por permitirme la experiencia de tener ese íntimo encuentro contigo en la cocina.
