
Hoy siento mi corazón cargado de ternura, es algo imposible de explicar con palabras. Esto que siento rebasa mi alma, me llena de plenitud y un gozo muy profundo en mi interior.
Me siento amado, me siento parte de Dios, siento que soy amor con Dios; mi corazón está cálido por una llama que no se extingue y que me hace sentir acogido y en lugar seguro.
Tengo paz, tengo regocijo, tengo amor. La noche anterior me acosté tranquilo, fue fácil dormirme. Había regresado de un fin de semana maravilloso de encuentro con Jesús y con personas extraordinarias; luego, hice una visita a mi madre para estar con ella y ese compartir fue un cierre con broche de oro para aquel fin de semana.
En la mañana siguiente, no me levanté como de costumbre, en la madrugada, sino que, me pasó, como me solía suceder tiempo atrás, que no lograba levantarme al instante, sino que le daba larga y larga, hasta que me levantaba tarde para ir a trabajar. Por unos instantes me comencé a inquietar un poco pensando que tal vez algo había pasado que me había generado intranquilidad y me había hecho volver atrás a mi antigua dificultad mañanera.
Con el pasar del día, fui cayendo en cuenta de que, en efecto, no estaba muy tranquilo en el fondo, ya que había ciertas cosas del pasado reciente que me hacían sentir algo insatisfecho conmigo mismo. Pero así como estuvo presente dicha isnatisfacción, dejé que se fuera sin ponerle trabas ni fijarme en ella. Y lo que había venido a inquietarme, se fue sin avisar y me permitió calmarme.
Pero, por encima de esa pequeña inquietud interior que tuve, ha permanecido una sensación de satisfacción en lo profundo de mi alma, que me da la certeza de que el Espíritu Santo me tiene abrazadito y apretadito contra su pecho. Es como si le hubiera dado un ataque de dulzura y me apapachara hasta dejarme sin aire.
Gracias Espíritu Santo por abrazarme y llenarme de la ternura de tu infinito amor.
