
Es curioso, a pesar de mi forma de ser naturalmente alegre, jocosa y espontánea, hay una parte de mí que me asusta y me da algo de vértigo. Es como si intuyera un yo oculto y menos humano; un yo en el que sobresale el instinto del pecado, los deseos más íntimos y vanos; aquella inclinación a obrar de las maneras más inapropiadas.
Procuro en todo hacer el bien, vivir amando con sinceridad y buscando en cada acción, ser un ser humano en el que sobresalgan los valores cristianos. Me encanta poder ayudar y alegrar los corazones de mis prójimos.
Pero no puedo negar que, ocasionalmente, despiertan deseos deshonestos y mi imaginación me lleva por un mundo del despertar de los placeres, con el llamado sutil a descarrilarme y dejarme llevar por la carne.
Esto es lo que conozco como las tentaciones que cada ser humano tiene en su momento, cada uno con su lucha, de acuerdo a su debilidad; sin embargo, aunque sé que esa fuerza de concuspiscencia me quiere desviar del camino correcto y que solo no puedo contra ella, me aferro a mi Padre Celestial que es quien me puede dar la Gracia para salir victorioso.
Por un lado, Satanás jalando para que me pierda, y por otro, Jesús sosteniendome con fuerza para no alejarme de su Presencia Divina.
Gracias Padre por acompañarme en esta lucha que sé que tendré durante toda mi vida. Me encomiendo a Ti para que se haga tu Santa Voluntad. En tus Manos estoy y sé que solo tú tienes palabras de vida eterna. Solo en Ti encuentro la plenitud y la salvación.
