
Me siento lleno de ganas de vivir, veo que he entrado en la corriente y el flujo natural de la vida; mi lengua habla naturalmente sin trabas ni predisposiciones; mi cuerpo se mueve solo sin obstáculos auto-impuestos, ni frenos de mano.
Es como si me hubiera montado en el vehículo sentándome en el puesto del pasajero y en el volante va Jesús diciéndome que no me preocupe, que solo me deje llevar. En efecto, solo he de dejarme llevar porque puse mi automóvil, mi vida, libertad y voluntad a su disposición. Ahora es Él quien dirige mis pensamientos, palabras, silencios y acciones.
Es interesante el ejercicio de dejarse llevar por Dios; un proceso en el cual toca ir con serenidad, pero discerniendo detrás de cada paso y cada decisión, para descubrir qué es fruto de la Voluntad de Dios y qué es fruto del ego o del mal.
Me encanta Dios, su infinito amor, su acción salvífica y restauradora; el Espíritu Santo lo hace todo nuevo y es capaz de renovar cualquier vida en cualquier condición. Tal vez las circunstancias sean física y materialmente irreparables, pero no hay corazón que el Espíritu de Dios no pueda restaurar en su amor y devolverle así la esperanza contra toda adversidad existente.
Dios me ha llenado de ganas de vivir, me siento al ciento por uno de entusiasmo, vitalidad y amor.
Aquí estoy Padre, para hacer tu Voluntad.
