
Esto que voy a narrar ha sido lo más sobrenatural que he experimentado a lo largo de toda mi corta vida.
Era el mes de agosto del año 2011; me encontraba en una capilla próxima a mi Parroquia, en donde nos estábamos disfrazando para dramatizar el Evangelio que se proclamaría aquel día en la misa que ya estaba próxima a comenzar. A mí me tocaba disfrazarme de Jesús, como solía hacerlo.
Llegó de pronto un sacerdote extranjero junto con un acompañante a la Capilla. Comenzó a saludar a unas cuantas personas que, al parecer, lo conocían y luego se acercó a mí; sin conocerme, me tomó por los hombros mientras me miraba fijamente; recuerdo que era un hombre bajo, algo gordito, con los ojos claros y de piel canela, se encontraba con su vestimenta de cura. Mientras me miraba llamó a su acompañante y le dijo: «Mírale la frente» (refiriéndose a mí), luego le dijo: «La Virgen lo marcó dos veces». A todo esto, yo estupefacto, sin decir nada y sin entender absolutamente nada, me quedaba quieto.
El sacerdote me preguntó: «¿Tú rezas el Rosario?» (yo rezaba el Rosario con regularidad, pero ya hace tiempo había dejado de hacerlo). Ante su pregunta, yo me quedé callado y él me preguntó: «¿Cuáles son los Misterios de Luz?», a lo que yo se los dije, ya que por el largo período que estuve rezándolos, ya me los había memorizado todos, por lo menos los títulos. Luego el sacerdote me dijo: «Sí sabes cuáles son, pero no lo estás rezando, tienes que rezar el Rosario».
Luego de esto, el sacerdote se volteó y siguió hablando con algunas personas que se encontraban allí; yo sin encontrar sentido de lo que había pasado, me quedé callado y no me nació preguntarle nada al respecto a ese cura ni a su acompañante.
Justo cuando se iba, volvió a hablarme y decirme: «Dios tiene cosas muy grandes preparadas para ti». Después añadió en tono que yo interpreté entre en serio y broma: «Ven conmigo a la misión». Yo me quedé callado y no respondí nada, y después el sacerdote y su acompañante se fueron.
Esa fue la primera y última vez que vi a ese sacerdote y, si lo volviera a ver, no lograría reconocerlo porque no recuerdo con claridad su rostro. Pero reconozco que ese suceso nunca lo olvidaré; incluso hubo épocas de mi vida en las que me desanimé de la vida misma y ese recuerdo me devolvía algo de esperanza para seguir adelante, sabiendo que los momentos malos no serían eternos; que vendrían tiempos mejores.
Hoy en día no dudo de eso que afirmó ese sacerdote, puedo ver como el Señor está llevando mi vida por un camino en el que cada día me acerca más a ese gran Propósito que tiene definido para mí y a través de mí. Dios tiene algo grande preparado para mí, puedo sentirlo por medio de la fe.
Padre, no sé qué me espera más adelante y no me inquieta ni me da curiosidad saberlo. Yo solamente te digo y te diré siempre: «Que se haga tu Voluntad».
