Una tardanza sin miedos

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Como mencionaba en un artículo pasado, he adquirido el hábito de madrugar y llegar muy temprano al trabajo. Ha sido una serie de días con esa costumbre de comenzar la jornada con bastante anticipación.

En mi manera de expresar esa nueva costumbre, había una idea de que ya no volvería a tener inconvenientes con esa lucha que tuve en el pasado en la que me costaba levantarme y que, por lo tanto, llegaba rayando en la hora de entrada al trabajo.

¿Qué pasó? Curiosamente, después de un tiempo considerable en el que no ocurría dicho suceso, volvió a ocurrir. Me levanté tarde, y no solo una vez, sino varios días. Mi pensamiento fue: «No entiendo, pensé que esto ya había sido superado». Pero lo acepté y asumí sin ningún problema.

Llegué tarde y, para mi sorpresa, tenía a un cliente esperando. Me disculpé por haberlo hecho esperar, pero él lo tomó con serenidad y no se molestó, más bien aceptó mis disculpas y procedí a facturarle y entregarle su material.

En mi cabeza hubo un contraste del antes y después con esta situación de llegar tarde. Antes cuando me pasaba esto y sabía que había un cliente o por el simple hecho de saber que llegaría después de la hora de entrada, me llenaba de miedo y mi mente se ponía en blanco, era como un pequeño ataque de pánico por pensar que me regañarían o me dirían algo; me sentía predispuesto esperando la peor consecuencia. Al margen de ese panorama de mi pasado, me auto-observaba ahora y percibía que, aún con la tardanza, no tenía miedo ni estaba asustado, no estaba preocupado. Sí estaba claro de que venía tarde y que no era lo correcto, pero no había rastro de pánico o predisposición defensiva.

No me enorgullezco de haber llegado tarde y espero seguir con el anterior hábito de madrugar y venir temprano, pero me alegra saber que ese miedo traumático que tenía por las tardanzas ya pasó.

Gracias Padre porque a través de la tardanza de hoy me has enseñado que se ha sanado una herida que tenía desde hace muchos años en mi interior.

Aquí estoy, Espíritu Santo, para que tomes el control de mi vida.

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Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

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