
Estaba yo en segundo año de la Escuela Secundaria; ya era la hora de salida y estaba sentado esperando a que llegaran a buscarme. Yo, un joven tímido de doce años, me encontraba allí ensimismado, indagando en mis pensamientos de niño, explorando e imaginando mundos de fantasía.
De pronto, se sentó junto a mí una niña, podría tener dieciseis años y, al parecer, le caí en agrado. Ella se sentó y me preguntó que cómo me llamaba. Yo le dije mi nombre. Mientras ella me hacía preguntas, yo seguía ensimismado y sin creer que alguien se hubiera detenido solo para saber de mí.
Recuerdo con poca claridad ese momento, pero es imborrable lo que sentí, puedo sentir aquella sensación como si lo estuviera viviendo ahora mismo. Veía a una niña que solamente estaba concentrada en saber de mí y conversar conmigo. No era algo que me pasaba regularmente, o, prácticamente, eso no me sucedía casi nunca.
Puedo afirmar con certeza que ese día, en aquel momento, fui mirado con ojos de cariño y afecto sincero y espontáneo. No recuerdo a esa niña, más nunca la vi, o tal vez sí, pero no lo tengo guardado en mi memoria. Sin embargo, esa niña, aunque hubiera sido en un lapso tan corto de tiempo, me permitió sentirme querido de una manera única y especial.
Cuán importante es que saquemos de nuestro tiempo para detenernos por instantes a mirar a aquella persona con la que interactuamos en uno u otro momento. Soltar las distracciones para dedicarnos a escuchar atentamente al prójimo nos podrá parecer insignificante o de poca importancia, pero no sabemos el impacto emocional tan profundo y positivo que podemos causar en la persona escuchada y mirada por nosotros.
Abramos los ojos, los oídos y el corazón al prójimo, y seamos así, reflejo de Jesús que siempre estuvo abierto a las necesidades de los demás desinteresada e incondicionalmente. Esa podría convertirse en nuestra mayor obra de caridad.
