
Tendría yo seis años cuando estaba en el área social del edificio en el que vivía, jugando con otros niños. Estaba corriendo de un lado al otro cuando, de pronto, me caí y me raspé la rodilla. Llegué corriendo al apartamento del piso 1-B de la Torre 1, en el que vivía con mis padres y hermanos y entré por la puerta de entrada que daba a la cocina llorando; me tiré al suelo agarrándome la pierna y con los ojos llenos de lágrimas; allí estaba mi papá, sentado en una banca hablando con alguien. Le expresé a mi papá que me había lastimado y él solo se quedó mirándome sin hacer nada. Me decía: «Levántate y deja de llorar, que tú eres un hombre».
Recuerdo con mucha claridad esa escena y, hoy entiendo la respuesta de mi papá. Él fue criado de esa manera por mi abuelo; con esa mentalidad de machismo, en la que el hombre no puede llorar ni mostrar ninguna debilidad; que siempre debe ser fuerte y aguantar el dolor callado.
Hoy en día, a pesar de que lo entiendo, no comparto esa forma de pensar, puesto que, independientemente de que uno sea hombre, no hace falta reprimir el dolor, el llanto o la tristeza; más bien creo que sería dañino y contra-producente para la persona, ocultar su malestar emocional. Mientras más podamos expresar y verbalizar el dolor y sufrimiento y, por el contrario, recibamos una respuesta empática de parte de las figuras de apego, mejor podremos crecer, madurar y aprender a sobrellevar nuestras emociones frente a las dificultades de cualquier tipo que se nos presenten en la vida.
El machismo del hombre que tiene que ser inmune y sin expresión de debilidad, me parece algo desfasado que nunca ha servido ni servirá para el bien de las personas.
Espero que podamos ser empáticos con aquellos que en su momento estén sufriendo por algo, pero también que tengamos el valor de expresar nuestra tristeza y dolor cuando sea necesario y, con las personas de confianza que sabemos que nos pueden dar una mano y escuchar con apertura y sin juzgarnos.
