
Elena era una niña como cualquier otra, risueña, alegre, muy inquieta y cariñosa. Sin embargo, había algo muy peculiar en ella, lloraba mucho, diría que demasiado. Era extremadamente sensible ante los estímulos externos; si algo no le gustaba, formaba unas pataletas, se tiraba al piso y lloraba con gritos y quejas hasta que se hiciera lo que ella quería.
Elena nunca tuvo dificultades para expresar sus emociones, las manifestaba intensamente tanto en sus buenos estados de ánimo como en los de enojo y tristeza. Pero en la medida que fue creciendo, estas emociones se fueron tornando aún más intensas, lo cual estaba llegando al extremo. Su mamá se comenzaba a asustar de ver a Elena extremadamente exaltada cuando se enojaba o eufórica e imprudente cuando se llenaba de alegría.
Un día Elena se encontraba con su mamá en el carro y esta le dijo algo que no le gustó, de pronto Elena expresó unas palabras gritando con rabia, lo cual asustó a su madre. Después de esa experiencia, su madre decidió que sería conveniente llevar a su hija a un psiquiatra. Ella se resistía al principio, pero por la constante insistencia de su madre, hermanos y un tío médico, accedió a ir.
El día que Elena llegó a la cita con el psiquiatra junto a su mamá, este escuchó a la madre explicar la situación. Comenzaron a visitar regularmente a dicho doctor y este comenzó a recetar medicamentos a Elena, algunos eran para estabilizar sus emociones y otro era un antipsicótico ya que Elena había manifestado escuchar voces que la incentivaban a comportarse de maneras incoherentes.
Durante un tiempo prolongado Elena estuvo tomando medicamentos, el doctor le cambiaba unos por otros hasta que llegó a las medicinas y dosis con las cuales ella pudo estar totalmente estable. Hasta ese entonces el doctor no había definido un diagnóstico para Elena. Fue después de tres años de atenderse con aquel doctor, que este le dio un diagnóstico. Le dijo que ella padecía de trastorno bipolar. En ese momento Elena no supo cómo reaccionar, simplemente escuchó y al terminar la cita se fue en silencio. Por un lado se sentía aliviada de que lo que le sucedía tenía un nombre.
Después de haber recibido aquel diagnóstico, Elena comenzó a obsesionarse con ello, de manera que cualquier cosa que le pasara a nivel emocional lo relacionaba con el trastorno. Si se ponía muy alegre, decía que estaba desequilibrada mentalmente; si se ponía triste, era parte de la depresión bipolar. Comenzó a etiquetarse frente a cada circunstancia que vivía y ella misma se estigmatizó con aquel diagnóstico que le había dejado el psiquiatra. Elena comenzó a percibir su vida como una experiencia insípida, sin sentido ni gracia. Empezó a perder el deseo de vivir; hacer tareas sencillas se le hacía extremadamente difícil. Elena no quería hacer nada, solo quería dormir y nunca más despertar.
Las personas que convivían con Elena le reclamaban y exigían que tenía que despabilarse, que estaba demasiado despreocupada de las circunstancias; no trabajaba con entusiasmo, vivía muy ensimismada, nada le causaba alegría. Estaba constantemente en estado de alerta, con miedo a cualquier cosa. Tenía terror a las personas, a tener que convivir y estar en presencia de otros. Elena la estaba pasando muy mal.
Elena se miraba al espejo y veía en su frente las palabras: “enferma mental”. No se veía a ella misma como persona, sino como una bipolar. No era un ser humano normal, era una loca desequilibrada. Esta mentalidad la llevó a obsesionarse tanto que comenzó a comportarse así como se veía, teniendo comportamientos extraños que, a los ojos de los demás eran escandalosos. Elena veía en los ojos de las personas, miedo y rechazo a su persona, aunque no fuera real aquello que percibía. Se hacía la idea de que la gente le temía, la evadían o simplemente no quería estar con ella. Pero todos esos pensamientos eran producto de la imaginación de Elena; nadie la estaba rechazando, nadie le tenía miedo; era ella misma la que se temía y se rechazaba apartándose inconscientemente de todos.
Un día llegó una profesora a la vida de Elena; esta le comenzó a dar tutorías para mejorar su habla en el idioma inglés. Por alguna razón, Elena comenzó a sentir confianza cuando estaba con ella, porque sentía que la profesora la escuchaba con apertura y después de las clases se quedaban conversando por un amplio espacio de tiempo. La profesora fue tan abierta con ella que llegó un momento en el que Elena comenzó a expresarle sus inquietudes, miedos y preocupaciones. Los espacios posteriores a cada clase se transformaron en experiencias de psicoterapia. Elena lloraba amargamente mientras abría su corazón a la profesora y esta la abrazaba y daba consuelo.
Elena pudo sacar todo aquel dolor que tenía en su corazón hasta el punto que dijo a la profesora que, por primera vez podía sentir con disfrute el aire que respiraba. La profesora se había convertido en un bálsamo para Elena, dándole el abrazo que tanto había necesitado y disponiéndose a escucharla abiertamente como nunca nadie lo había hecho.
Después de un par de años de haber conocido a aquella profesora la cual ahora era su amiga, Elena se olvidó del diagnóstico de aquel trastorno, aunque seguía fielmente tomando sus medicamentos y obedeciendo al psiquiatra con quien ahora se veía una vez al año. Elena ya no giraba en torno al trastorno bipolar; aceptaba que lo tenía, pero dejó de mirarlo para enfocarse en vivir plenamente. Ella había asumido el hecho de que ese trastorno la acompañaría el resto de su vida, aunque este no le robaría su paz ni su felicidad.
Elena había sentido una inquietud muy particular desde temprana edad, ella quería ser monja. Pero los lugares en los que intentó ser admitida le dijeron siempre lo mismo, que debido a su diagnóstico no podía ser admitida, puesto que para ejercer esa vocación tenía que estar en un óptimo estado de salud mental, ya que las responsabilidades que conllevaba ese llamado eran delicados, principalmente porque en ocasiones requería dar acompañamiento espiritual a otras personas, lo cual demandaba un estado mental apropiado para asumir dicha tarea.
Dado el caso de que Elena no podía seguir el camino vocacional al que se sentía llamada, decidió vivir una vida soltera, dedicada de lleno a su trabajo como contadora y sirviendo fielmente como fuera posible en la parroquia donde se congregaba. Así estableció que llevaría su vida hasta el final de sus días.
Un día, Elena fue referida a un doctor que necesitaba quien le llevara la contabilidad personal. Este doctor era un psicoterapeuta que tenía su propia sociedad que se especializaba en el ámbito psicosomático. El doctor llamó a Elena para solicitarle su servicio como contadora y estos acordaron una cita para conversar sobre el tema para consolidar un acuerdo.
Llegó el día en que se encontraron, conversaron sobre temas profesionales y llegaron al acuerdo en el que ella manejaría la contabilidad de su negocio. Mensualmente se comunicaban, ya que el doctor le iba facilitando los informes y datos necesarios para que Elena fuera haciendo los procesos contables correspondientes.
En ocasiones el doctor hallaba necesario reunirse con Elena en persona para aclarar ciertos procesos de trámites gubernamentales, procesos financieros, entre otros. Naturalmente se daba la oportunidad para tocar alguno que otro tema ajeno a lo meramente profesional, como por ejemplo, la salud mental. El doctor escuchó un poco la historia de Elena, quien, al igual que con la profesora, encontró en aquel señor a alguien de buen corazón cuyo fin en la vida no era más que ayudar a los demás a través de su vocación. Habiendo conocido sobre la trayectoria de Elena, le explicó lo siguiente: “Te pusieron una etiqueta en un momento dado y esta tuvo suficiente poder para condicionar tu vida, tus pensamientos, palabras y acciones. Te fuiste liberando de dicho condicionamiento una vez que pudiste hablar y sacar todo aquello que te angustiaba y te atormentaba. Hay una clara diferencia del antes y el después de que encontraras a aquella profesora y descargaras lo que tuviste tanto tiempo reprimido en tu interior. Eso me hace pensar que tal vez tu diagnóstico no fue acertado. Podría ser que en lugar de un trastorno, tenías una profunda herida emocional desde un principio, la cual no supiste identificar y que te provocaba toda aquella inestabilidad emocional. Está claro que ante una situación así en la que parece que las cosas se salen de control, tu madre haya recurrido a la ayuda psiquiátrica, puesto que los medicamentos rápidamente harían su trabajo para calmar tus estados de ánimo. Sin embargo, ahora eres otra persona, haber hablado aquellas cosas que nunca te atreviste a decir, ha traído serenidad, confianza y ganas de vivir”.
Elena escuchó estas palabras y, mientras el doctor le explicaba todo aquello, pasaba una sola idea por su cabeza: “tal vez sí podré ser monja”. Era verdad, si aquel diagnóstico no había sido más que una falsa alarma, ella podría ser aceptada en el convento e ir tras el llamado a esa vida que tanto había anhelado.
Pasó un tiempo en el que el doctor seguía acompañándola y aconsejándola; ella habló con su psiquiatra sobre todas estas cosas que había conversado con aquel psicoterapeuta y este aceptó hacer la prueba de ir reduciendo los medicamentos de Elena. Comenzaron a hacer las reducciones de forma muy lenta y gradual y, pasados tres años, Elena ya estaba libre de medicamentos y sin ningún síntoma de aquel trastorno que alguna vez le habían diagnosticado. Elena estaba sana y equilibrada mental y físicamente. Finalmente volvió a intentar entrar en el Convento para dedicarse a la vida religiosa y fue aceptada. Elena se convirtió en monja y ejerció su vocación con mucha dedicación y amor.
Después de su muerte fue recordada por muchísimos con gran fervor y cariño, ya que había dado un amor incansable en favor de todos aquellos con los que convivió, sobre todo ayudando y dando consuelo a los enfermos quienes vieron en ella a alguien que entendía lo que era vivir con el peso de un diagnóstico en su vida.
