El niño que no fue mirado

Era un niño risueño, se reía por todo; pero así mismo, lloraba por todo. Al parecer, tenía una alta sensibilidad emocional. Sus risas contagiaban a los que le rodeaban, causando momentos de gozo. Por otra parte, cualquier cosa que no le gustara, ocasionaba llantos escandalosos, gritos, pataletas y rabias incontrolables. Cuando se ponía así, mamá le prometía que le compraría lo que quisiera, le complacería con tal de que dejara de hacer aquella rabieta. Muchas veces era vergonzoso porque aquellos espectáculos los hacía en lugares públicos y la gente se quedaba impresionada viendo aquello.

En la medida que fue creciendo, este niño careció de miradas. No se sintió mirado en ningún momento de su infancia ni adolescencia. Esto causó que fuera creciendo dentro de sí un profundo dolor del cual, nadie se daba cuenta. Solo aquel niño conocía el calvario que estaba pasando, en absoluto silencio. Aprendió a acallar la voz dentro de sí que gritaba pidiendo ayuda; se volvió un experto en reprimir sus miedos y angustias. Fue creciendo y las explosiones de ira eran cada vez más grandes; además de eso, le acompañaban posteriormente períodos de gran desánimo y pérdida de sentido en su vida.

Este joven, que ya había dejado atrás su etapa infantil, solamente quería ser mirado; es por eso que hacía tantas travesuras, agredía a otros, insultaba, se portaba mal; todo para llamar la atención, porque su niño interior clamaba de esta forma, el deseo ardiente de ser visto, escuchado y amado. Pasaron los años y seguía viviendo aquel calvario de su soledad interior, del silenciamiento del sufrimiento y la pérdida de ganas de seguir viviendo. Llegó al punto del colapso, en el que se rindió ante aquellos innumerables intentos de llamar la atención, porque más que miradas amorosas, recibía regaños y agresiones para que se calmara. El efecto no fue el esperado, sus actos de rebeldía llamaban la atención en un mal sentido. Es por eso, que adquirió fama de mala persona, atrevido, vulgar, y se quedó sólo. Había luchado tanto para ser querido y acompañado, a través de su agresividad, pero lo que ocasionó fue el efecto contrario, quedar aislado de la sociedad que lo rechazaba por ser rebelde.

Llegó el momento culmen de su tribulación en el que quiso acabar con su vida; no quería seguir luchando; ya nada valía la pena, su existencia había sido un error y una pérdida de tiempo y esfuerzo en vano. Hizo el intento de atentar contra  su vida, pero a la hora de dar el paso, no se atrevió. Se puso a llorar amargamente y clamó al cielo confesando que no sabía que más hacer. No quería morir, pero tampoco quería vivir, se encontraba en un callejón sin salida y no veía quién pudiera tenderle una mano para sacarle de allí.

En esos momentos, extendió la mano, esperando que alguien la tomara, aunque sabía que no había nadie allí. Lloraba con los ojos cerrados sin bajar su mano abierta. Unos minutos después sintió que alguien tomó su mano y lo levantó de un solo jalón. Él, sorprendido abrió los ojos, y vio a un viejo amigo, uno con el que no se había topado desde su temprana infancia. Este le dijo que ya era hora de comenzar  a vivir; su sufrimiento y sus clamores habían sido escuchados. Este era el momento de comenzar a experimentar un amor verdadero. Aquel amigo se sentó a escucharlo confesar poco a poco, todos aquellos miedos y angustias que había guardado y reprimido durante toda  su vida. Pasaron los días y aquel amigo aprovechaba cada oportunidad para sentarse a mirar a aquel joven que, se sentía extrañamente bien, puesto que por primera vez alguien se detenía a poner toda su atención en él, para atender todas sus inquietudes, dudas y heridas.

El proceso de mirada y escucha se mantuvo durante cinco años seguidos. Aquel joven que alguna vez estuvo tan cargado de dolor, soledad, rabia y tristeza, era ahora un adulto que se encontraba rebosante de paz, gratitud y alegría. Su existencia había adquirido un profundo sentido, porque ahora sabía lo que se sentía ser amado; por lo tanto, aprendió también a amarse a sí mismo y valorar su dignidad como ser humano. El simple hecho de existir ya era un regalo, y él era único, así como cada ser humano lo es.

La tristeza que lleva a muchos jóvenes a quitarse la vida cuando, aparentemente lo tienen todo (hogar, padres, comida, estudios, comodidades), es producto de un entorno familiar en el que los papás manifiestan el amor a ellos, únicamente proveyéndoles bienes materiales, pero que carecen de tiempo de escucha, mirada y afecto individualizado, en donde aquel niño o joven pueda descubrir el valor intrínseco del cual es poseedor por el simple hecho de ser y existir.

Avatar de Desconocido

Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

Deja un comentario

Descubre más desde Cuentos de una ciudad real

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo