Permiso para sentir, pero no para quejarse

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Uno de los hábitos que he adquirido desde hace ya mucho tiempo, ha sido el de escribir sobre lo que siento y mis experiencias personales. Dentro de esta costumbre, incluía la tendencia a expresar en esos manuscritos, mis quejas o inconformidades con ciertos acontecimientos que había vivido en determinados momentos. Era como imprimir en el papel todas las emociones turbulentas que surgían en mí, ya fuera por una palabra o un gesto hacia mí, que no me hubiera caido bien o de algún contratiempo o inconveniente que me hubiera ocurrido.

Hoy en día, en medio de mi cotidianidad, han seguido sucediendo situaciones, a veces, adversas que me hacen considerar descargar reclamos a través de la escritura, pensando tal vez que así dejaré de sentir la incomodidad que esos eventos me provocaron. Pero llegué a una conclusión diferente al respecto. Mi dictamen fue: «Me permitiré sentir esta inconformidad y cualquier emoción incómoda provocada por los sucesos que en cualquier momento se puedan dar y que no sean de mi total agrado, pero no me quejaré». Una cosa es sentir abiertamente y otra es verbalizar esa inconformidad en forma de queja.

Me permito hablar sobre aquellas cosas que me angustian, pero no con un tono de reclamo, sino con un tono objetivo de la experiencia como tal, sin ocultar lo que me haya hecho sentir. La queja no sirve de nada, pero, fuera de eso, sí ayuda mucho expresar las emociones y sentimientos que producen los sucesos en la vida de uno; pues son una manera de solventar cualquier conflicto interno que esté turbando el alma.

Permítete sentir todo lo que te provoquen las circunstancias de tu vida, desde lo más agradable, hasta lo más incómodo; pero que estas situaciones no te conviertan en alguien quejumbroso, pesimista, rencoroso o iracundo; más bien, que puedas manejar todo en medio de la sabiduría, expresando aquello que cargas dentro, con el fin de que aquellas cosas en tu interior que te incomodan, se disuelvan y te devuelvan la serenidad.

Si te cuesta sobrellevar tus emociones cuando tu vida se turba con los vaivenes de la vida, atrévete a pedirle al Espíritu Santo que te brinde su ayuda; recuerda que el Espíritu Santo no es una fuerza ni una energía, es una Persona con la que te puedes relacionar, y con quien puedes contar, en la medida que dialogues con Él y establezcas una relación íntima. En la medida que te familiarices con Él y le hables, Él podrá actuar y darte esas herramientas interiores para asumir tu realidad de la manera más oportuna y conveniente. Él siempre está dispuesto a ayudarte, pero no te va a forzar; si tú no le permites entrar y actuar en tu vida, Él no se impondrá, depende de ti al final.

Recuerda también que el Espíritu Santo no necesariamente va a quitarte los problemas, sino que te va a dar la capacidad para enfrentarlos de una manera diferente, dándote sus Dones, y también puede ayudarte a través de personas que pueden servirte de guías y soporte. La oración y la ayuda humana van de la mano, ninguna contradice a la otra. Tenlo en cuenta. Y acude al Espíritu Santo, verás que no te arrepentirás y lo agradecerás.

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Autor: Cuentos de una ciudad real

Un historiador de la cotidianidad.

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