
Tenía yo dieciocho años y solía ir a encontrarme con un grupo de jóvenes de edades de dos o tres años menores que yo. El pasatiempo era de jugar videojuegos, ir a una que otra fiesta, jugar futbol o simplemente echar cuentos.
Entre ellos establecieron un vínculo de amistad sólido, sin embargo yo, a pesar de estar frecuentándolos en los encuentros grupales, nunca lograba hacer clic con ellos; pero, aún así, yo seguía yendo a sus reuniones.
Durante ese período en el que solía pasar gran parte de mis días con ellos, me encontraba en medio de una insatisfacción profunda por la vida; estaba realmente exhausto y cansado de mí mismo; no me valoraba y ponía todo mi esmero en adquirir un sentido de pertenencia con aquel grupo de jóvenes. Y a pesar de que yo me sentía como un cero a la izquierda, por lo general callado mientras ellos se desenvolvían, reían e interactuaban de muchas maneras, yo seguía estando en el grupo, pero sin sentirme parte de él, aunque no por eso dejaba de frecuentarlos.
En el transcurso de ese período de salidas habituales, sentí permanentemente la sensación de vacío y seguía sintiéndome aislado y sin tener un vínculo con nadie. Eso con el pasar de las semanas y meses fue generando en mí un angustia cada vez más profunda y la amargura se comenzaba a intensificar.
Llegó el punto en el que exploté de rabia, porque yo quería ser querido, amado, escuchado, y no sucedía aquello. Ese grupo de jóvenes no tenía culpa de nada, puesto que ellos simplemente hacían sus vidas y se divertían, cada uno poniendo su parte, proyectando sus personalidades y peculiaridades; pero yo no lo hacía, yo me quedaba callado esperando a que ellos se enfocaran en mí, en escucharme, hablarme, manifestarme un amor fraterno personalizado. Tal vez ellos desde sus modos lo hacían, pero yo buscaba una mirada más profunda, a alguien que se sentara únicamente a estar allí para mí y me dedicara todo el tiempo que fuera necesario para yo poder descargar las emociones que llevaba por dentro.
Por lo tanto, ante la negativa de recibir lo que yo esperaba y mi frustración por querer forzar la realidad a que fuera como yo esperaba, llegué a la mayor crisis emocional que he tenido en la historia de mi vida. En esa época, comencé a colapsar poco a poco, mi paciencia era prácticamente nula, hacía falta tan solo que dijeran «a» para yo volcarme con gritos y rabía contra las personas; de pronto, al embriagarme, me volvía violento, sarcástico y, aunque no agredía a nadie físicamente, sí era bastante duro con palabras o actitudes que tenía hacia los demás. A algunos les parecían graciosos mis comportamientos rústicos, pero a otros de pronto les asustaba un poco. A veces quería hacerme el gracioso con algun chiste negro o alguna broma pesada y terminaba causando disgusto o malestar en los otros.
Esa fue la época más dura que he vivido y sinceramente quedé algo traumado con la experiencia de aquellos años.
Muchos años después, me re-encontré con uno de aquellos jóvenes, uno con el que tuve una relación más cercana, sobre todo en la etapa infantil. Fuimos a un karaoke con otro grupo de personas y tuvimos una oportunidad para conversar sobre aquel pasado tan extraño de mi adolescencia. Él me contaba que todos ellos habían quedado muy impactados ante un acontecimiento que dejó traumatizado a uno de ellos y que había sido ocasionado por mí. Me quedé extrañado y le pregunté de qué se trataba. Él me dijo que yo había intentado ahogar a uno de ellos, y que quedó profundamente afectado por ello. Yo me asusté al escuchar eso, y más porque dentro de lo que yo recordaba, no estaba ese suceso en mi memoria.
Pasé muchos días dándole vueltas a aquello y también impactado de escuchar algo de esa magnitud, tomando en cuenta que ni siquiera lo recordaba. Después me pareció recordar aquel suceso, estábamos en el área social de la torre uno (eran dos torres edificadas sobre un mismo área social), y era de noche; yo quise hacerme el gracioso y traté de empujar al chico a la piscina, él forcejeó y al final no logré tirarlo; hasta allí todo iba acorde al tema de querer tirarlo en el agua. Pero, lo que no encajaba era lo que enfáticamente me decía esta persona: «Tú querías ahogarlo».
La verdad es que recuerdo muy poco de esa noche, puesto que tal vez no le hallé mucha importancia, pero no recuerdo haberle dicho que quería ahogarlo y, además, no era que él no sabía nadar, él nadaba perfectamente y la piscina no era muy honda, podríamos a esas edades entrar y ponernos de pie con el agua a los hombros o al cuello por lo más. Me quedaba analizando sobre esas cosas, con esa frase subrayada en mi cabeza: «intentaste ahogarlo». Esas palabras son muy pesadas y grandes.
En fin, independientemente de todo, logré dar con el contacto de aquel joven mucho tiempo después y le pedí perdón sin justificar nada; simplemente le pedí perdón y le dije que él sabía a qué me refería. No le encontraba sentido a ponerme a decir si yo quería o no quería ahogarlo y quién tenía la razón; probablemente, de tantos años que pasaron después de eso, ellos habrán creado toda una teoría en la barriada, asumiendo que yo quería matar al pobre hombre. Pero no me preocupo por ello, Dios conoce cada corazón y sabe la verdad de todo.
Esta experiencia me pone muy reflexivo, sobre todo en el aspecto de las narrativas que nos hacemos en la vida sobre otras personas. Un grupo, familia y la misma sociedad puede crear una narrativa sobre alguien, que condicione el pensamiento de las masas sobre un ser humano, ya sea para bien o para mal. Cuán importante es que, si se van a crear narrativas sobre las personas, no sean determinantes ni se conviertan en sentencias. Cada persona es una hoy, pero mañana no serán las mismas. Si nos quedamos con una idea sobre alguien y no estamos dispuestos a abrirnos a verle y escucharle más adelante, no podremos hablar con objetividad de aquel o aquella; puesto que nos quedamos con una versión que en su tiempo tal vez existió, pero que ahora no dejó ni rastro de lo que era.
En resumen destaco dos cosas:
– Primero, un suceso puede ser interpretado de muchas maneras y por más que afirmemos y repitamos que dicho suceso fue de un modo, no quiere decir que esa sea la verdad; por eso es bueno estar abiertos a escuchar, si es posible, y desmentir los hechos para llegar a la realidad de las cosas.
– Segundo, no es conveniente etiquetar a las personas por sus errores, todos nos equivocamos en algún momento y podemos arrepentirnos y enmendar nuestras faltas, pero eso no nos convierte en malos o fracasados, sino que más bien, hemos de saber que las fallas son oportunidades para madurar y aprender la manera correcta de hacer las cosas. Fallar y corregirse es parte de la vida.
Padre, no me importa ser visto como alguien bueno o malo, alguien de corazón grande o pequeño, alguien bonito o feo. No me importa Padre, lo único que me interesa es seguir viviendo por Ti y para Ti. Has de mí lo que Tú quieras, Señor. Aquí estoy para hacer tu Voluntad. En tus Manos encomiendo mi espíritu.
